13 marzo, 2014

Por reiterado, el criterio se transforma en una verdad social, su común aparecer en los medios de prensa fortalece la idea de la ingobernabilidad del país. Pensadores y generadores de opinión, en sus análisis, producto de la reflexión, la experiencia, la cátedra etc., nos inquietan con sus ideas y sus predicciones. Como ciudadano “de a pie” en política me cuestiono si vale la pena gobernar lo ingobernable. Sintonizado con la idea de la ingobernabilidad e inmerso en su efecto, creo que es necesario buscar soluciones con el objetivo de mejorar ese clima adverso.

Me doy la oportunidad de emitir un criterio desde la llanura de cualquier habitante, que quizá otea una pequeña parte de la solución y quiere plantearla, como quien señala el camino, a riesgo de ser muy simplista, pero a fin de cuentas creyendo en mantener esa oportunidad de ser “igualiticos”.

Por asuntos de trabajo como funcionario público (estigmatizado, casi lacra social en tiempos de productividad y competencia), tuve que participar en algunos conversatorios sobre la ley 8801, Ley de Transferencia de Competencias a Municipalidades y su reglamento. Pocas cosas he visto tan atropelladas en su génesis como esa legislación. La impresión inicial fue la misma de estar ante el Guernica de Picasso.

Responsabilidad ciudadana. “Al que no quiere caldo, dos tazas”, reza un adagio popular. Tuve que representar a la institución donde laboro en una instancia generada por dicha ley. No he cambiado de idea: la ley y su reglamento son un adefesio atropellado; pero creo que su espíritu es bueno.

Ese convivir con el quehacer municipal tan cuestionado (donde algunos funcionarios consideran que la potestad de imperio del Estado es potestad personal) me ha llevado a plantearme que democracia no es solo elegir, sino asumir la responsabilidad ciudadana de marcar el rumbo que lleva al progreso.

La ley en cuestión plantea, desde mi óptica, la oportunidad de que los gobiernos asuman el desarrollo local con eficiencia; que los habitantes de una localidad, organizados, luchemos por un desarrollo propio, con programas preestablecidos; y que se elijan los políticos locales que sí realicen las obras.

Quiero elegir en mi comunidad al más capaz, sin distingo de género, ni de partido, que se comprometa a cumplir un programa de trabajo, previamente elaborado por los ciudadanos para que se ejecute.

Como ciudadano no quiero más elecciones en las que se me presente una lista de personas de un partido sin que se me exponga la historia, la capacidad y la ética de quienes pretenden dirigir.

La ley 8801 debe ser reformada, completada y mejorada en su reglamentación, no es de rápida aplicación. Pero, si los futuros gobernantes se comprometen, en cuatro años, es posible tener el entorno adecuado para dar el cambio que requerimos los de la llanura.

Tal vez la pregunta peca de omisa y quienes les acompañan en Cuesta de Moras deban reorientarla para saber si estarían dispuestos a ceder una parte del poder y el control, para que se ejecuten localmente en 81 cantones las obras que son necesarias. Sueño con que solo la mitad de cantones cambien y sean eficientes, que creen las bases de un desarrollo local que permita enrumbar al país, mejorar la producción, sembrar nuevas oportunidades.

Establecer un desarrollo local fuerte en cada comunidad es el objetivo.

Como soy de la llanura, puedo, inocentemente, soñar con que ese cambio, en el futuro, permita gobernarnos localmente. Creo que, para lograr este sueño, se deben tener hormonas para poner el interés del país por encima del interés partidario. ¿Las hay?