Nada hay peor repartido que el dinero, la suerte, los honores, la bondad y la razón

Por: Santiago Manzanal Bercedo 4 abril

Nada hay peor repartido en este mundo que el dinero, la suerte, los honores, la bondad y la razón. De esta última, René Descartes, en un alarde de angelismo sin igual, afirmaba todo lo contrario, pese al infinito número de tontos que pululan por todas partes desde siempre. Por si acaso, y para dejar claras las cosas, “tontos” es aquí un caritativo eufemismo de “imbéciles”.

Y algo parecido le ocurrió a otro insigne pensador, Jean-Jacques Rousseau, optimista y despistado exasperante, para quien la bondad corre a raudales por las venas del bicho humano desde el instante mismo de su nacimiento.

Para no llevarles la contraria a tan egregias lumbreras, zanjemos esta discrepancia salomónicamente: la distribución, generosa o tacaña, de sindéresis y buen corazón entre los mortales es un asunto discutible. Ahora sí: todos contentos. La estratagema de siempre, infalible y acomodadiza: una vela a Dios y otra al diablo.

Desde tiempos inmemoriales. Pero, eso sí, de lo que no hay duda es de que dinero, suerte y honores aciertan pocas veces y suelen ser pródigos con quienes menos lo merecen, una gloriosa victoria de la injusticia, una más de las tantísimas en su haber. Ejemplos sobran. Y sobran desde tiempos inmemoriales.

Tal vez por eso, Aristófanes, en el siglo IV a. C., comediógrafo griego de casta, sardónico, irreverente y muchas cosas más, entregó, hacia el año 388, Pluto, su última obra, en la que no deja títere con cabeza. Crémilo, uno de los protagonistas, hace sus cábalas.

“Es para mí claro y justo –dice Crémilo– que todos los hombres de bien deben vivir prósperamente y que los impíos y malvados sufran la suerte contraria. Anhelando ver cumplido nuestro propósito, hemos hallado, por fin, un bello, generoso y utilísimo modo de realizarlo. En efecto, si Pluto recobra la vista y deja de caminar a tientas, se dirigirá a las personas honradas para no abandonarlas nunca, huyendo siempre de los impíos y malvados. Ahora bien, ¿qué se conseguirá con esto? Se conseguirá que todos los hombres sean buenos, ricos y piadosos. ¿Creéis que pueda encontrarse nada mejor?”.

Y… Pluto, dios de la riqueza, más ciego que un topo, recobró la visión, y, entonces, Penia, diosa de la pobreza, se cabreó muchísimo. Unos se alegraron, otros protestaron, ardió Troya y se armó la de Dios es Cristo en medio de una enorme ironía y sátira… ¡Cosas de Aristófanes!

Total, que eso de tener buena o mala vista es más serio de lo que parece: Pluto, repartiendo riqueza indiscriminadamente a sinvergüenzas, y la Dama de la Justicia, subiéndose, más de una vez, la venda de los ojos tan disimuladamente como le es posible.

Indignante. En fin, tiene gracia la cosa. ¿Gracia? Ninguna. Indigna que, sobre todo en las sociedades dominadas por la puñetera envidia y la puñalada trapera, formidables seres humanos, aunque siempre, eso sí, una raquítica minoría, pasen ante los demás sin pena ni gloria, conocidos por unos pocos, desconocidos para la mayoría, en el anonimato o condenados a un perverso y forzado ostracismo. Poco dinero, poca suerte y pocos honores o ninguno. Profesionales de primerísima línea o gente llana, encantadoramente valiosa, todos, sin un espontáneo y hasta obligado reconocimiento social.

Ya se sabe: la impresentable condición humana, el “homo homini lupus” de Thomas Hobbes, la muy costarricense “serruchada de piso” de Yolanda Oreamuno, la “lucha por la sobrevivencia” de Darwin, el egoísmo o el “sálvese quien pueda” de los cobardes y villanos. Está claro: “Cuanto más conozco a la gente, más quiero a mi perro”. Hay aforismos con verdades como templos.

“El cobrador de la Caja”. ¿Ejemplos? Aquí va uno. Conocido como “El cobrador de la Caja”, al bloguero Roberto Mora Salazar se le debería nombrar, espontáneamente y en muestra de ineludible gratitud social, “benemérito de la patria”. Pero se trata de un benemérito que nunca lo será en un país donde casi nadie mueve un dedo por nadie.

A él no le conozco personalmente. Le he visto en tres o cuatro fotografías y en otros tantos videos. También he leído y oído algunas declaraciones suyas. Nada más. Y, bueno, la prensa le ha entrevistado y reseñado lo que hace. Ahí está todo lo que sé de este hombre. Muy poco, demasiado poco, por cierto, como para echar uno su cuarto a espadas, menos todavía en los tiempos que corren.

Pero todo indica que Mora Salazar es un tipo fenomenal. Eso me parece, y estoy seguro de no equivocarme. Sin yelmo ni coraza, sin espada ni corcel, este quijotesco ciudadano arremete, a pecho descubierto, contra quienes no honran sus deudas y, caraduras de tomo y lomo, se tomaron en serio la broma de Groucho Marx: “¿Pagar la cuenta? ¡Qué costumbre!”.

Mora Salazar ha recuperado muchísimo dinero, millones y millones de colones, para la Caja Costarricense de Seguro Social, denunciando a los más poderosos e influyentes del país: políticos de todo pelaje, comerciantes, industriales, empresarios, particulares, clubes y asociaciones… Solo le falta meterse con la corte celestial. Pero, claro, que se sepa, Dios, los santos, los querubines y los serafines no deben nada a nadie y, menos aún, a la Caja.

Mora Salazar es un “indignado” valiente, de categoría y con señorío. No se anda por las ramas, no dice idioteces, no vocifera ni gesticula. Actúa. En este país, nunca será benemérito de nada, y nada a cambio ha pedido nunca por su extraordinaria y desprendida labor. Si no “benemérito”, al menos una estatua, un busto, el bautizo, con su nombre, del edificio administrativo de la Caja, o, quizás, un retrato suyo al óleo en el salón de sesiones de la Junta Directiva, con la mirada fija, severa, en los jerarcas de esa institución. Nada de nada… La gente, callada… Silencio sepulcral… ¡Vergonzoso!

Figueres y el “autosuicidio”. Aunque a años luz del anterior en fondo y forma, otro ejemplo de las muchas victorias de la injusticia es el reciente descubrimiento físico-biológico de José María Figueres. No son pocos los que, en vez de aplaudir ese gran y maravilloso hallazgo, han hecho una estúpida burla de él. ¡Cuánta mezquindad!

Se trata del “autosuicidio” (auto-sui-cidio). Resulta que, ahora, el bicho humano puede matarse dos veces. Esto pone en guardia a todos, pero con una enorme ventaja: uno se quita la vida una vez y, luego, puede pensarlo mejor y no repetirlo. No es para menos: dos funerales, dos lotes para que te entierren, o dos incineraciones con sus respectivos nichos para colocar las cenizas… ¡Un auténtico dineral! Además, la duplicación de amarguras y molestias para los dolientes: deben ir dos veces a la funeraria, a la iglesia y al cementerio, y dos veces, también, anegarse en llanto, aunque sea con lágrimas de cocodrilo.

No hay duda: amigos y parientes del suicida siempre le rogarán que se esfume de este planeta solamente una vez. Y con toda la razón. Pero no me extrañaría que, en la sociedad actual de exacerbado exhibicionismo, esa trágica decisión se convierta, igual que una casa o un carro, en un signo de estatus. Se suicidaría la gente pobre y de la clase media. Se “autosuicidarían” los ricos.

De nuevo: “Cuanto más conozco a la gente, más quiero a mi perro”. Patético y descorazonador, pero así es el bípedo implume, alias “hombre”… En fin, ¡para suicidarse!…

¡Vaya, vaya con las gloriosas victorias de la injusticia!... Mal estamos. Muy mal.

Posdata: Llevado a las arenas movedizas de la política, el “autosuicidio”, en su sentido figurado –tan doloroso como en su acepción real–, cobra un cariz social y colectivo: se aplica a gobernantes y a gobernados, a candidatos y a electores. En este ámbito, la repetitividad del acto no se limita a dos veces y puede ser infinita. Mucho de eso hubo en la pasada convención interna del PLN. O ¿no? (De dudosa autoría: “Cada pueblo tiene a los gobernantes que se le parecen”).

El autor es filósofo.