Opinión

La glorificación del fracaso del comunismo

Actualizado el 13 de marzo de 2014 a las 12:00 am

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La glorificación del fracaso del comunismo

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En plena campaña de la primera ronda electoral, don José María Villalta confesó ser el heredero del partido comunista de los años 40. Ninguna ley ni ningún testamento lo habían nombrado como sucesor. Él mismo se atribuyó ser el heredero, supongo que por afinidad política.

Sin embargo, vanagloriarse de ser comunista en el siglo XXI se le puede ocurrir a Hugo Chávez, pero me pareció extraño en un muchacho que había gozado de fama de culto. Todavía no lo entiendo.

Lo que pretendo con este artículo no es insinuar incultura de su parte, sino, más bien, dejar constancia de la insensatez de tratar de resucitar, mediante el socialismo del siglo XXI, un sistema que, teniendo el poder para imponerlo en los años 40, murió y fue sepultado en el intento. No fue que el capitalismo ganó, sino que el comunismo fracasó.

En 1947, la Unión Soviética, valiéndose de sus conquistas militares después de la Segunda Guerra Mundial, ejerció su dominio férreo sobre la mitad de Europa, y contaba con la lealtad sumisa de millones a través del resto del mundo. Cuarenta años más tarde, cayó el Muro de Berlín y, de la noche a la mañana, la Unión Soviética dejó de existir. La Guerra Fría había terminado.

Incapacidad para competir. Los que salieron de este encierro marxista-leninista no fueron liderados por un valiente grupo de luchadores por la libertad. La catástrofe geopolítica ocurrió porque los curtidos y viejos comunistas se habían quedado sin gas. Su clase política probó ser incapaz de competir con el capitalismo de Occidente.

La verdad es que el imperio soviético pudo haber colapsado antes. El presidente de la Academia Nacional de Economía de Rusia, Vladimir Mau, dijo que su sistema económico estaba marcado por el fracaso desde el inicio. Explica que su economía ineficiente “sobrevivió en las décadas tempranas de la Unión Soviética gracias a la represión, a la agricultura barata de los campesinos sometidos a trabajos forzados en los campamentos colectivos y al trabajo de los prisioneros que se utilizaron para construir las industrias del Estado”.

Sin embargo, comenzando la década de los 60, el Kremlin, incluso con esta mano de obra barata, tuvo que comenzar a importar, en lugar de exportar, granos básicos. Al no incorporarse tecnología avanzada, al no mejorar la gestión y los incentivos del trabajo, la economía se derrumbaba. Las colas para comprar productos se hicieron más largas, las escaseces eran cada vez más graves, el tipo de cambio del dólar en el mercado negro se duplicó en menos de tres años y el producto interno bruto (PIB) disminuyó en 1989.

Ya para inicios de los 70, el Estado soviético se pudo haber derrumbado, pero vino el embargo de petróleo de los países árabes en 1973 y se produjo un violento aumento en los precios de los hidrocarburos. Esto le dio a la Unión Soviética un nuevo aliento de vida, que duró 15 años.

Pero, para principios de la década de los 80, el precio del petróleo comenzó a disminuir gracias a los esfuerzos de Estados Unidos de conservarlo. Una de las alternativas del Kremlin era disminuir el consumo de todo, pero no lo pudieron hacer porque su pueblo no lo aceptó. Por lo tanto, comenzó a hacer préstamos en el extranjero, utilizando esos recursos para el consumo y los subsidios, con el fin de mantener la popularidad y la estabilidad.

Conforme los precios del petróleo siguieron cayendo, Gorbachov trató de reformar el comunismo, pero ya para entonces era demasiado tarde. La maraña de una economía centralizada, de represión y de controles estatales, cobraron su precio: el fracaso del sistema político llamado comunismo.

Ningún movimiento místico o mesiánico –y, en particular, el del Kremlin– podía enfrentarse a la frustración indefinidamente sin que eventualmente se tuviera que ajustar, en una forma u otra, a la lógica de la realidad.

Lo que más les puede interesar a los herederos del comunismo es que Stalin mismo intuyó el fracaso. En 1927, Stalin claramente estableció lo que estaba en juego: “En el curso del desarrollo de la revolución mundial, dos centros se organizarán en escala mundial… La lucha entre estos dos centros por la posesión de la economía mundial decidirá la suerte del capitalismo y del comunismo en todo el mundo”. La economía era la clave y el capitalismo ganó.

Eduardo Harriot caracterizó líricamente a los protagonistas del mundo bipolar como “dos héroes homéricos enfrentados en desafiante pose”. Uno de ellos perdió. El legado del que ganó la Guerra Fría fue reivindicar el sueño de Wilson: crear un mundo propicio para el auge de la democracia, un mundo nuevo donde existen las condiciones para universalizarla, si tenemos el coraje de consolidar el triunfo.

Represión y pobreza. Actualmente, los neoestalinistas no han comprendido la lección que deparó la Guerra Fría. La lección de que el comunismo no está para glorificarlo porque depara represión y pobreza. La lección de que, con decisión y sin complejos, hay que aplicar la fuerza económica, política y cívica –como la de los manifestantes ucranianos y venezolanos– para frenar movimientos mesiánicos internacionales como el de Venezuela. Las metas basadas en fines idealistas, pero impulsados por medios despiadados y brutales, siempre fracasarán.

Sin embargo, en definitiva, un individuo es tan libre como se merece o como tenga el coraje de serlo. Se requiere un heroísmo de una calidad extraordinaria: el heroísmo requerido para enfrentarse al martirio y desafiar a la Policía política de Stalin o de los cubanos que asesoran en Venezuela.

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