31 mayo, 2015

Las fotos provocaron un estremecimiento colectivo: un escáner reflejaba el contorno de un niño oculto en el interior de una pequeña maleta. En otra imagen, ya con la valija abierta, aparecía el pequeño encogido.

El pasado 7 de mayo los policías de aduana en el puesto fronterizo de Ceuta interceptaron a una joven marroquí que portaba la maleta con el niño dentro. Todo indicaba que se trataba de otro caso más de tráfico humano desde las zonas más deprimidas de África rumbo a Europa. Algo aturdido, pero sereno, el chiquillo respondió en francés que se llamaba Abou cuando le preguntaron su nombre.

Hoy la historia de Abou, de apenas ocho años, la siguen los medios en España porque ilustra el drama de tantos inmigrantes que, desesperados, recurren a alternativas extremas con el propósito de escapar de la miseria y lograr la reagrupación familiar.

En el caso de Abou, su padre, Ali Ouattare, natural de Costa de Marfil y residente en Fuerteventura desde hace unos años con su esposa y una hija de once años, se aventuró a pagarles a unos “coyotes” unos siete mil dólares para que su hijo ingresara a España.

Desde el principio el hombre ha sostenido que fue engañado, ya que le habían asegurado que el chico llegaría por avión a Madrid con una visa. Según él, fue el primer sorprendido cuando las autoridades le informaron de las condiciones en las que hallaron al niño.

Ahora Ali está en prisión preventiva mientras Abou permanece en un centro de acogida para menores, a la espera de poder reunirse con su madre y su hermana después de que Inmigración accediera a concederle un permiso temporal de un año. Entretanto, el abogado de la familia Ouattare hace gestiones para que el padre salga en libertad.

A fin de cuentas Ali, que tiene trabajo en una lavandería, llevaba tres años tratando de llevar al niño legalmente a España; sin embargo, la burocracia se lo había impedido porque le faltaban unos sesenta dólares para tener los ingresos necesarios que se requieren a la hora de reclamar a un familiar.

Reflejo de la realidad. Es verdad que la vida del pequeño Abou corrió peligro dentro de la claustrofóbica maleta, pero su padre no es el primero que se arriesga a buscar maneras de sacar a un ser querido de una situación precaria. La abuela paterna que cuidaba del niño en Costa de Marfil había muerto y el chiquillo estaba enfermo de paludismo. Con una vida modesta pero estable en España desde hace ocho años, a Ali y a su esposa Lucie les angustiaba el destino incierto del más pequeño de sus hijos.

Afortunadamente, todo apunta a que la familia Ouattare podría finalmente reunificarse si se resuelve el caso de Ali por colaborar con las mafias que lucran con el tráfico de personas.

El sentimiento general de la sociedad española es que esta familia marfileña merece una segunda oportunidad después de tanto sufrimiento para conseguir estar juntos. Y como muestra de solidaridad, ya se han recogido más de 45.000 firmas pidiendo la liberación del padre. Nadie es ajeno a que en lo que va de 2015 ya han muerto unas 1.700 personas en las costas del Mediterráneo en el intento de llegar a suelo europeo.

El personal que atiende al niño en el centro para menores lo describe como un chico muy espabilado y alegre. Su madre ya ha podido abrazarlo y confía en que muy pronto su esposo pueda hacer lo mismo. Abou, el niño de la maleta, se merece una vida mejor y está a un paso de lograrlo.

Gina Montaner es periodista.