2 octubre, 2014

De nuevo, los estudiantes son la vanguardia de una gesta por la libertad y la democracia. Hong Kong, la excolonia británica, una próspera zona autónoma que pasó a manos de China hace 17 años, se convirtió en una constante peticionaria de los derechos fundamentales reconocidos por Pekín con motivo de esa transferencia.

Esa atmósfera se fue agitando conforme las regulaciones y exigencias chinas escalaban en número y trascendencia, lo cual se intensificó con la llegada de Xi Jinping a la presidencia china en marzo del 2013. Había sido hasta ese momento secretario general del Partido Comunista, es decir, provenía de la aristocracia política y burocrática. Y, con este trasfondo, apenas arribó al poder, apretó los controles del Estado por doquier, aun en Hong Kong.

Situación grave. Hoy día se vive una situación grave en la posesión china. Las turbulencias estudiantiles y las masivas manifestaciones cívicas son parte del problema, pero no el problema en sí. Lo que realmente está de por medio es la supervivencia del Estado de derecho y, con él, las facultades democráticas de la ciudadanía. Indudablemente hay temor de que el aparato de Pekín tenga planes de abrogar las normas que hacen posible el entorno democrático. La preocupación es válida y legítima.

No menos difícil se ha tornado esta cadena creciente de protestas para Pekín y sus autoridades en Hong Kong. Aplastar las demostraciones, con altísimos costos políticos, sería un bumerán para las autoridades en la capital china. Las dificultades serán evocadas en estos días en los que se rememora la matanza de miles de ciudadanos y estudiantes universitarios en la plaza Tiananmen, en 1989. En esa ocasión, los tanques del Ejército, por órdenes urgentes del alto mando político, fueron desplegados en la céntrica plaza pekinesa y, fríamente, dispararon contra las filas de jóvenes desarmados que demandaban democracia.

El incidente tuvo inmensa trascendencia, descrito con detalles en una prolongada serie de libros y revistas intelectuales de Occidente. Se conoció entonces que la decisión fatal, ordenando la masacre de ciudadanos y no solo de estudiantes, emanó de un comité presidido por Deng Xiaoping, el anciano ídolo de los reformistas en China y sus admiradores del Oeste.

Posible salida. En la actual coyuntura, hay rumores de una posible salida que tal vez no vulneraría la coraza política del presidente Xi Jinping. Recordemos que la masacre de Tiananmen se produjo cuando China aún estaba en la sala de espera del despegue hacia las visiones de la gran potencia, donde modernos edificios citadinos y millares de fábricas futuristas dominarían el paisaje patrio. Hoy la República Popular ha avanzado notablemente en esa vía hacia el futuro y posiblemente goce de márgenes de actuación mucho mayores que antes. Esto posibilitaría poner en escena una salida política para el presente embrollo, pero con un sentido artístico. ¿Qué tal si el camarada ejecutivo mayor de Hong Kong cediera en algo que mejore la imagen global del presidente Xi Jinping sin generar un traspié que exija la cabeza del camarada?

Veamos. Las protestas son en contra de una reforma totalitaria que trasladaría a Pekín las facultades de decidir todo con respecto al supuesto proceso electoral para escoger las altas autoridades de Hong Kong en el 2017. ¿Qué ocurriría, si se deja en manos locales un mayor número de postulantes no sujetos a la calificación previa de Pekín? Esto, además, reforzaría el lema de “un país, dos sistemas” que aún continua repitiendo la cúpula del Partido Comunista chino.

Una última consideración. Al igual que sucede en Ucrania con Rusia, hay en Hong Kong una significativa parte de la población que es leal a China. Por eso, quienes toman las decisiones en Hong Kong deben actuar en forma equitativa y sin dar origen a normas, rumores o chistes insultantes para los de arriba o los de abajo. De lograrse, eso sí sería un desenlace democrático.