24 marzo, 2015

CAMBRIDGE – Los titulares sobre los riesgos de los bancos para el sistema financiero siguen dominando las noticias financieras. Bank of America tuvo un mal desempeño en las pruebas de resistencia financiera de la Reserva Federal de EE. UU., y los reguladores criticaron los planes de financiamiento de Goldman Sachs y JPMorgan Chase, lo que llevó a ambas instituciones a reducir los dividendos y recompras de acciones que habían planificado. Y el robusto desarrollo por parte de Citibank de su negocio de operaciones financieras plantea dudas sobre si está controlando el riesgo como corresponde.

Estos resultados sugieren que algunos de los bancos más grandes siguen corriendo riesgos. Y, sin embargo, los banqueros insisten en que la tarea pos-crisis de fortalecer la regulación y edificar un sistema financiero más seguro prácticamente está completada –algunos incluso citan estudios recientes de seguridad bancaria para respaldar este argumento–. Cuál es la situación entonces: ¿Los bancos siguen en riesgo? ¿O la reforma regulatoria poscrisis cumplió su objetivo?

La crisis financiera del 2008 resaltó dos características peligrosas del sistema financiero actual. En primer lugar, los Gobiernos rescatarán a los bancos más grandes en lugar de dejar que quiebren y afecten la economía. En segundo lugar, y peor aún, ser demasiado grandes para quebrar ayuda a los bancos grandes a crecer aún más, ya que los acreedores y los socios comerciales prefieren trabajar con bancos que tienen una garantía gubernamental implícita.

Los bancos demasiado grandes para quebrar gozan de tasas de interés más bajas que sus contrapartes de mediana envergadura, porque las entidades crediticias saben que los bonos o los contratos de compra que esos bancos emiten se pagarán, incluso si el propio banco quiebra. Antes, durante e inmediatamente después de la crisis financiera del 2007-2008, esto ofrecía una ventaja equivalente a más de un tercio del valor accionario de los bancos más grandes de Estados Unidos.

Los rescates de los bancos demasiado grandes para quebrar no son populares entre los economistas, los responsables de las políticas económicas y los contribuyentes, a quienes no les gustan los acuerdos especiales para los peces gordos financieros. La indignación pública les dio a los reguladores en Estados Unidos y otras partes del mundo un espaldarazo generalizado después de la crisis financiera para elevar los requerimientos de capital y de seguridad. Y hay más cambios regulatorios en marcha.

Nuevos estudios, que incluyen algunos importantes del Fondo Monetario Internacional y la Oficina de Responsabilidad del Gobierno de Estados Unidos, en verdad demuestran que el impulso a largo plazo ofrecido a bancos demasiado grandes para quebrar como Citigroup, JPMorgan Chase y Bank of America está declinando desde su pico previo a la crisis. Estas son buenas noticias. La mala noticia es que los representantes bancarios de Estados Unidos citan estos estudios cuando dicen, en los medios financieros y supuestamente a sus miembros favoritos del Congreso, que el fenómeno “demasiado grande para quebrar” logró contenerse y que llegó la hora de que los reguladores den un paso atrás.

Esta es una idea peligrosa, por varios motivos. Por empezar, la investigación del FMI y estudios similares demuestran que la probabilidad de un rescate durante la vida de los bonos ya emitidos por los bancos es por cierto más baja ahora. Pero los estudios no especifican por qué.

Un menor riesgo de rescate podría reflejar la percepción de que la regulación ya implementada es apropiada y completa. O que los participantes del mercado de bonos tal vez esperen que las nuevas regulaciones, como las pruebas de resistencia, terminen la tarea. Los estudios podrían estar diciéndonos que los inversores creen que los reguladores están haciendo lo necesario y tienen suficiente respaldo político como para implementar nuevas salvaguardas. O que podrían pensar que la economía hoy en día es lo suficientemente fuerte como para que los bancos no quiebren antes de que se paguen los bonos en unos pocos años.

La segunda razón por la cual estos estudios no deberían disuadir a los reguladores de una continua acción inteligente es que la investigación se centra en la deuda a largo plazo. Pero no es ahí donde hay que mirar actualmente, porque los reguladores están posicionando la deuda a largo plazo para que asuma el golpe en una crisis y hacen lo necesario para que la deuda y las operaciones de compra a corto plazo de los bancos, extremadamente rentables y mucho más volátiles, se paguen en su totalidad. En consecuencia, los operadores eligen a los bancos demasiado grandes para quebrar, en lugar de instituciones de tamaño medio, como contrapartes para sus operaciones a corto plazo, lo que hace que las carteras de negociación de los grandes bancos –y, por ende, sus ganancias– aumenten.

Medir el impulso a la deuda a corto plazo no es fácil. Pero lo más probable es que sea importante. El reciente esfuerzo de los principales bancos, liderados por Citigroup, para convencer al Congreso de Estados Unidos de rechazar una cláusula clave de la Ley Dodd-Frank de Reforma de Wall Street y Protección al Consumidor del 2010 que habría enviado gran parte de sus operaciones a corto plazo a asociados lejanos (que no son demasiado grandes para quebrar) refuerza esta interpretación. Los bancos saben que recibirán más negocios si administran sus mesas de operaciones desde la parte de su grupo corporativo que cuente con más respaldo del Gobierno.

La tercera razón para temerle a la confianza de los banqueros de que la tarea regulatoria está completa es que una vez que lo crean, se comportarán en consecuencia –menos temerosos del fracaso y, por consiguiente, dispuestos a asumir más riesgos–. Parece que eso es lo que sucedió antes de la crisis financiera, y no existe razón comercial o psicológica para pensar que no volverá a suceder. Los reguladores no deben verse disuadidos por el lobby bancario o los estudios que no miden ni el impulso a corto plazo que permite la condición de demasiado grande para quebrar de un banco ni qué porcentaje de la percepción de una mayor seguridad puede atribuirse a las regulaciones vigentes y a la expectativa de una buena regulación adicional.

A falta de ese tipo de estudios, los reguladores deben apelar a su propio criterio e inteligencia. Si “demasiado grande para quebrar” también significa “demasiado grande para regular”, la percepción de una mayor seguridad no durará mucho.

Profesor en la Escuela de Leyes de Harvard.