El uso intensivo de fertilizantes nitrogenados origina desbalances en los ecosistemas

 18 mayo, 2015

Un fuerte oleaje causó que una barcaza derramara 180 toneladas de nitrato de amonio en las aguas del golfo de Nicoya el sábado 2 de mayo. El agroquímico compuesto de átomos de nitrógeno, hidrógeno y oxígeno es altamente soluble en el agua, y puede producir irritación en la piel y los ojos, así como náuseas y dolor abdominal, entre otros efectos.

El nitrógeno del aire es una forma de nitrógeno no reactiva, no tóxica, y representa el 80% del aire que respiramos.

Pero desde que Fritz Haber, controversial Premio Nobel de Química de 1918, descubrió cómo convertir el nitrógeno del aire en amoníaco, el ciclo natural de ese elemento cambió. Y la humanidad, con inocencia infantil, empezó a jugar a manejar los ciclos de nutrientes, sin comprender los potenciales impactos que esto tendría sobre la naturaleza y nuestra vida.

El descubrimiento de Haber estimuló la producción de importantes explosivos y gases tóxicos a base de este elemento, pero sobre todo la creación de los fertilizantes nitrogenados sintéticos, como el que se derramó frente a las playas de Puntarenas. Su uso ha incrementado la productividad de los cultivos a niveles tan altos que se le considera un factor clave para el crecimiento de la población mundial desde 1930, en casi todos los continentes.

Sin embargo, como en todo sistema, debe haber un balance. El uso excesivo de fertilizantes ha generado niveles de nitratos excesivamente altos en aguas subterráneas de consumo humano en Europa, y causado cáncer y muerte a niños pequeños.

Intensivo y excesivo. Los niveles de nitrógeno reactivo en el aire –otras formas de nitrógeno no elementales, como el amoníaco o el óxido nitroso– han aumentado hasta un 20% sobre los niveles naturales. Este último es un gas que incide en el cambio climático, con un potencial de calentamiento 300 veces mayor al del dióxido de carbono.

En los últimos cien años hemos llegado a triplicar el contenido de nutrientes acarreado por los ríos hasta las zonas costeras –dependiendo de la zona y de la época del año–. Un ejemplo es lo que se conoce como la “zona muerta” del golfo de México, en la desembocadura del río Misisipi. Al recorrer la zona agrícola central de los Estados Unidos, trae en verano altos contenidos de nitratos y fósforo al mar, lo que ocasiona la muerte de peces en un área de 13.000 kilómetros cuadrados. (la quinta parte del territorio de Costa Rica).

Este aumento en el contenido de nutrientes en el agua –fenómeno que se conoce como eutrofización– hace que la población de algas, bacterias y otros organismos aumenten a tal grado que consumen todo el oxígeno del agua, y matan la fauna acuática.

Algo similar ocurre en las zonas afectadas por el derrame de fertilizantes en el golfo de Nicoya. Este flujo excesivo de nutrientes cambia la constitución del fitoplancton y aumenta el crecimiento de algas y la turbidez del agua, alterando así la estructura de las comunidades del ecosistema marino costero.

El impacto agudo del derrame de fertilizantes nitrogenados tendría consecuencias en el futuro, como un mayor riesgo de mareas rojas; este hecho debe preocuparnos y no debe repetirse.

Aunque los derrames marinos de fertilizantes como el vivido en Costa Rica eran la principal causa de contaminación hace algunos años, ahora son accidentes menos frecuentes, porque las empresas y los Gobiernos como los de Canadá y Australia han tomado medidas para evitar sucedan (con equipo de transporte adecuado, legislación, etc.). Es urgente establecer lineamientos similares en nuestro país para la situación no vuelva a ocurrir.

Debemos preocuparnos por reducir la contaminación cotidiana de nuestros ríos y zonas costeras con nitratos resultantes de un exceso en la aplicación de fertilizantes, sintéticos o naturales, en la agricultura. De hecho, en Costa Rica muchos agricultores aplican niveles muy superiores a los 170 kg de nitrógeno por hectárea (límite máximo establecido por ley en la Unión Europea), y llegan en algunos casos hasta 600 o 700 kg por hectárea.

Las eficiencias de uso de estos agroquímicos son sumamente bajas. El cultivo aprovecha únicamente la mitad de este fertilizante; la otra se pierde, y es fuente de la contaminación que termina en el mar.

En diversos estudios en Costa Rica se han detectado concentraciones de nitratos en agua hasta de 40 mg/L en quebradas de Cartago y el Caribe, cuando el máximo para la conservación de la vida acuática es de menos de 10 mg/L

Este descalabro en el equilibrio de nitrógeno alrededor del mundo llevó a muchos países a participar en redes para crear sistemas mundiales de manejo del nitrógeno. Es urgente trabajar en sistemas de monitoreo de los balances de nitrógeno, así como en estrategias para mejorar la eficiencia del uso de fertilizantes nitrogenados y, si fuera necesario, en el desarrollo de una legislación que regule su uso. Así se contribuiría en la protección del ambiente y de la salud humana, sin arriesgar la seguridad alimentaria y la rentabilidad de la producción agrícola del país.

(*) Gabriela Soto es agrónoma, máster en Ecología de Suelos, y coordinadora de la Maestría en Agricultura Ecológica de la Universidad Nacional. Silvia Sánches es bióloga, máster en Ciencias Ambientales, e investigadora en el Instituto Regional de Estudios en Sustancias Tóxicas (IRET) de la Universidad Nacional.