Opinión

Los dos futuros de Europa

Actualizado el 19 de febrero de 2015 a las 12:00 am

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PARÍS – Una vez más, Europa parece haber llegado a un punto de bifurcación en el camino que recorre. En una dirección se encuentra el futuro que describen los pesimistas, quienes sostienen que el aumento de los movimientos populistas y la caída del euro son la evidencia de que, próximamente, el continente se deslizará en el olvido geopolítico y económico. En la otra dirección se encuentra un camino, empinadamente ascendente, hacia la integración y al resurgimiento de Europa como una potencia mundial, camino que, según los optimistas, tomará el continente a medida que despierte y reconozca que debe tener la capacidad de soportar las tormentas más fuertes.

No se sabe cuál de estos dos posibles futuros se hará realidad. ¿Es Europa “una abuela que ya no es fértil ni vivaz”?, tal como el papa Francisco dijo cuando se dirigió al Parlamento europeo el pasado noviembre. O ¿es un ave fénix, a punto de levantarse (una vez más) de sus cenizas? El resultado depende, por supuesto, de cómo los europeos respondan a sus actuales penurias. Además, al considerar sus opciones, ellos harían bien en tomar en cuenta cómo se percibe al continente desde el exterior.

Para empezar, es importante reconocer que el panorama se ve sombrío. Setenta años después de la liberación de Auschwitz, aún se continúa atacando y asesinando a judíos en las ciudades europeas. Más de 50 años después del fin de la guerra de Argelia, los musulmanes europeos son ahora más discriminados que nunca. Debido a que los separatistas apoyados por Rusia –y quizás, incluso, tropas rusas– luchan contra las fuerzas gubernamentales en Ucrania, el espectro de la guerra acecha, una vez más, al continente. Asimismo, la elección de un gobierno de izquierda en Grecia ha planteado la interrogante sobre si la introducción del euro habrá sido una buena idea.

No obstante, en contraposición a lo anterior, se debe decir que Europa enfrentó situaciones peores –mucho peores– y surgió después más fuerte que nunca. Luego de la primera mitad del siglo XX –el período más sangriento de la historia de la humanidad–, los líderes del continente regresaron del campo de batalla para sentar las bases de una paz europea duradera. Puede ser que Europa nunca recupere su puesto como centro del mundo, pero puede continuar siendo tanto un actor importante como un modelo atractivo para el resto.

De hecho, echando mano del beneficio que otorga la distancia, se puede ver emerger un panorama más amplio. Vista desde China, Europa es, primordialmente, una atractiva oportunidad para las inversiones; y la espectacular caída del euro hace que, en la actualidad, dicha oportunidad sea particularmente tentadora. El continente ya no puede ser la isla de estabilidad que otrora fue, debido a las actuaciones del presidente ruso, Vladimir Putin, y de unos pocos miles de yihadistas europeos. No obstante, los riesgos que enfrenta son leves en comparación con la inestabilidad crónica y las amenazas agudas que enfrenta la mayor parte del resto del mundo.

La sangrienta historia de Europa también proporciona una advertencia útil para China y el resto de Asia, y puede servir como ejemplo para superar las animadversiones de larga data en la región. Si bien las tensiones entre China y sus vecinos sobre los reclamos territoriales en los mares de la China Oriental y Meridional han retrocedido en cierta medida durante los últimos meses, la posibilidad de que se empeoren las relaciones, de manera particular entre China y Japón, continúa causando preocupación. Una reconciliación siguiendo los lineamientos del modelo franco-alemán puede que aún no sea una carta sobre el tapete, pero sería bueno que las dos potencias aprendiesen de la experiencia adquirida por Europa.

La perspectiva que se observa desde Estados Unidos es completamente diferente. Desde la perspectiva estadounidense, Europa es más una reliquia histórica que un modelo. Las características nacionales del continente han vuelto a la palestra: Alemania, con su poder económico, Francia, con sus terroristas, Grecia, con sus izquierdistas, y así sucesivamente.

Desde la perspectiva de los lugares más pobres del mundo, Europa representa el eslabón más débil de la coalición para la lucha contra el islamismo radical, una batalla que, en los hechos, cobra primordialmente su mayor número de víctimas en el Medio Oriente, Asia del Sur y África, a pesar de que los medios de comunicación occidentales hacen que se tenga una impresión distinta al respecto. Para muchos de los que huyen de los conflictos en estas regiones, Europa es también la tierra prometida, el objeto de las esperanzas y los sueños de quienes arriesgan sus vidas para llegar a la orilla próspera del mar Mediterráneo.

Al fin de cuentas, la forma en que se ven los propios europeos determinará su destino colectivo. Si ellos no aprovechan este momento decisivo para definirse a sí mismos –por ejemplo, mediante la instauración de las difíciles reformas que sus países necesitan tan desesperadamente–, los europeos se arriesgan a terminar desplazándose por un camino que nunca tuvieron la intención de tomar.

Dominique Moisi, profesor en el Institut d’Études Politiques de París (Sciences Po), es asesor sénior en el Instituto Francés de Asuntos Internacionales (IFRI) y profesor visitante en el King’s College de Londres. © Project Syndicate.

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