6 marzo, 2014

Costa Rica padece de un crónico problema político. Para ir al grano: cada vez más asuntos son sometidos a decisión política y la gestión del poder es cada vez peor. La suma de estos dos datos multiplica los daños.

Cinco augurios –o, más bien, aves de mal agüero– permiten develar si, en el futuro, se agravará el problema del desgobierno.

1. La centralización del poder no cede ante las demandas de mayor participación local y sectorial. La estructura representativa, mediada por partidos políticos, es una camisa de fuerza que limita la iniciativa y la participación de las comunidades y personas.

2. La clara decisión de los electores de encargar el Poder Ejecutivo a un partido y el Poder Legislativo a otros es desconocida para promover una fallida gobernabilidad presidencialista y centralista.

3. La proliferación legislativa sobre cualquier asunto, y su mala calidad, se estimula por una reforma al reglamento legislativo que privilegia mecánicas votaciones por encima del debate, la información y el control político.

4. El control de constitucionalidad a la exuberancia legislativa y al abuso administrativo se mengua para dejar por la libre, o cerca de ello, a los agentes de la política. Los límites constitucionales se hacen elásticos para los detentadores del poder, extendiendo la impunidad también a las actuaciones políticas que violen la Constitución.

5. La política clientelista, entre los mismos agentes políticos y hacia los ciudadanos, se promueve bajo el pretexto de arremetidas contra la pobreza o la desigualdad. La producción, la propiedad y los negocios, en general, son dirigidos, con fatal arrogancia, escogiendo ganadores y perdedores desde las oficinas públicas, convertidas en un mercado de prebendas.

El futuro buen gobierno, o mal gobierno, podría adivinarse mediante esos signos.

El mal gobierno lo conocen los pueblos que han padecido el gobierno de ineptos o ladrones. Acompañados de un discurso nacionalista y narcisista, clientelizan la política por medio de un creciente asistencialismo social, que se alimenta de la misma pobreza que genera el desgobierno. La moneda nacional se envilece como los políticos. La política termina erigiendo Estados en los que las prebendas y privilegios son concesiones de unos dirigentes, eternizados en los mismos cargos o rotando de uno a otro.

El buen gobierno lo conocen los pueblos que prosperan sostenidamente, porque no se dejan de los políticos, ni lo esperan todo de la política. Disfrutan de moneda estable y mejoran sus condiciones de vida gracias a inversiones que permiten aumentar la productividad y los ingresos. En vez de partidismo y división, se enfocan a las soluciones para sus problemas. Asumen la responsabilidad de trabajar con independencia y autodeterminación, de impulsar sus propios empredimientos y de ser responsables de los resultados, en vez de trasladar sus fracasos a otros, mientras se embolsan los beneficios. La ausencia de trabajo, responsabilidad e iniciativa nunca ha producido riqueza. Observemos los signos.

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