6 junio

Se dice, con razón, que el fútbol y la política son los principales pasatiempos de los ticos. Como la segunda está muy enredada, quisiera dedicar este escrito a relatar una arista del primero.

Resulta que en 1922 se constituyó en Moravia un equipo de fútbol, Unión Deportiva Moravia (UDM), que tuvo grandes problemas para ascender a la primera división.

Eran otros tiempos. Se trataba de un equipo amateur y los jugadores asumían prácticamente todos los costos aparejados por la actividad, como son uniformes, zapatos, bolas y hasta el pasaje de la cazadora que los llevaba de pueblo en pueblo (en particular donde hubiera un turno-feria) los domingos.

El entrenamiento de los jugadores no era muy sistemático y hasta debían hacerlo robando un poco de tiempo a las chambas que les procuraban la única fuente de sustento familiar: zapatero, pulpero, sastre, fontanero, etc. Nadie jugó por plata; solo por deleite. Y quizá nadie imaginó que llegarían a existir pagas como la de Messi y otros futbolistas que hoy vemos por televisión.

La UDM tuvo un momento de gloria en 1950 y logró ascender a la primera división del fútbol nacional. Se le conoció como “el equipo recluta”. Tuvo buen desempeño y consiguió vencer a equipos grandes. Pero la alegría no duró mucho, pues una triste noche de 1955, que bien recuerdo (pues de primera mano me tocó observar), en el antiguo Estado Nacional, el deportivo Saprissa le dio una paliza devastadora. Diez a cero (sí, 10-0) fue el marcador; el más alto propiciado por la S, y ello contribuyó al descenso del team moraviano, del cual no se recuperó.

Deporte masculino. El fútbol era entonces un deporte practicado solo por los hombres. Era mal visto, malísimo, que mujeres intentaran hacerlo, pues se les consideraba marimachas (la palabra lesbiana era desconocida entonces, pero podría citar tres o cuatro sinónimos de popular uso entonces).

Cuando se oía que tendría lugar algún partido de fútbol femenino, los hombres iban a verlo para gozar con las jugadas ingenuas que ellas realizaban y, sobre todo, para ver las piernas de las muchachas. Pero dos mujeres moravianas estuvieron dispuestas a desafiar el statu quo y a hacer del fútbol su deporte: Alice Quirós y Bertilia Castro.

Ellas abrieron brecha por la cual muchas otras mujeres transitarían exitosamente en el futuro. Bertilia, quien jugó con el equipo La Libertad y el Deportivo Costa Rica, nombres por lo demás muy sugestivos, fue posteriormente escogida por la Federación Internacional de Historia y Estadísticas de Fútbol entre las mejores 15 jugadores del siglo de la Concacaf. Grandísimo logro que, estoy seguro, no fue entonces parte de sus intenciones ni de las de Alice.

Pasó el tiempo y vino el tiempo. Hoy, aquí y en el resto del mundo, las mujeres, en colegios, universidades y en las plazas de pueblos, practican con gran habilidad el fútbol. La Asociación Deportiva Moravia Femenino, que así es su nombre oficial, tiene uno de los mejores equipos de fútbol de Costa Rica. Recién logró coronarse como el equipo campeón nacional, para lo que tuvo que vencer al Saprissa. También obtuvo similar título en la Uncaf.

Hoy, ellas golean como para lavar la mancha que el Saprissa hace más de seis décadas dejó en sus compañeros hombres. Ellas han demostrado que todo era un asunto de querer y de entrenar metódicamente.

Con tacones. Existió en la época que relato un icónico bailarín que entretuvo a muchos de mi generación y, sobre todo, de la anterior. Me refiero al estadounidense Fred Astaire. Fred formó pareja con Ginger Rogers y juntos hicieron unas diez películas que aquí fue de rigor ver, en parte porque estaban acompañadas de lindas piezas musicales (por ej., Night and Day y The Continental ). ¿Y saben qué? Ginger siempre pudo hacer todo lo que Fred, y lo hacía bailando con tacones altos y hacia atrás. ¡Tomen!

Como en fútbol, y en otros menesteres, es cuestión de práctica y de estar dispuestos a dar el primer paso. Como Bertilia Castro, también lo dieron, entre otras, las hermanas Claudia y Silvia Poll en natación, quienes lograron superar tiempos récord que antaño pertenecieron a Johnny Weissmüller, el valientísimo Tarzán.

El autor es economista.