Opinión

El fundamentalismo como negocio

Actualizado el 03 de septiembre de 2013 a las 12:00 am

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Lo digo de una vez: soy católico con aspiraciones de ser cada día más practicante, y confieso que me cuesta trabajo vivir conforme al Evangelio, pero nunca dejo de intentarlo. Mis congéneres me lo ponen difícil. Además, no he logrado aún poner la otra mejilla, especialmente desde que alguien poco inteligente, pero con tino, me dijo que no me pusiera para que me den.

Conforme los años se han apilado en mi memoria y, según reza la historia, he podido constatar que en nombre de Dios se han cometido todo tipo de tropelías, instaurado negocios y proferido muchas “verdades” con resultados a menudo cuestionables, siendo que lo importante sigue siendo el kerigma traído por Jesús. Pese a ello, los mercaderes de la religión apuestan más a la prédica de la moral sexual y la constante mención del diablo para atraer desprevenidos clientes a sus tiendas.

Durante un debate, el entonces senador estadounidense por el estado de Nueva York, James H. Donovan (1923-1990), defendiendo su postura a favor de la pena de muerte, preguntó: “¿Qué hubiera sido del cristianismo si Jesús hubiese sido condenado a una pena de quince años, con redención por buena conducta?”. No hay mucho que agregar, el utilitarismo conoce pocas fronteras, pero igual las ignora.

En realidad, el fundamentalismo religioso no está separado de una motivación económica. En este sentido, el politólogo norteamericano Benjamin Barber sostiene que el mundo se enfrenta a dos tendencias: el fundamentalismo creciente ( dschihad ) y la globalización ( McWorld ). Mientras que el primero satisface la necesidad de identificación de la gente, en la medida en que, en una guerra santa, cada uno sabe de qué lado está y contra qué lucha, la globalización somete todo a la rigurosidad de las leyes económicas: “La dschihad impone una política nacional populista sangrienta; la McWorld , una sangrienta economía de lucro”.

Ambas tendencias son contrarias, pero, unidas, socavan las posibilidades de la democracia en el mundo. La guerra santa necesita creyentes, y McWorld , consumidores. Ninguno de los dos promueve “ciudadanos”. ¿Cómo puede esperarse, entonces, que la democracia funcione sin ciudadanos?

Fuerzas antitéticas. Llama la atención la paradójica confluencia de dos fuerzas antitéticas –el radicalismo del mercado global y el fundamentalismo–, que, sin embargo, coinciden en su negación de la democracia y tratan de sofocarla en un movimiento de pinzas. A lo anterior, Noam Chomsky agrega que no sorprende, entonces, que el impulso religioso fundamentalista pueda prestarse a ser usado en agendas políticas. Nuestro referente del norte, los Estados Unidos de América, tiene raíces fundamentalistas muy profundas desde los primeros colonos. Siempre ha habido un elemento extremista, ultrarreligioso, con varias resurrecciones. Evidentemente, a ello se contrapone un pensamiento liberal que ocasiona un país profundamente dividido.

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Costa Rica no es una excepción. El término “fundamentalismo” no pretende necesariamente ser usado como algo derogatorio. Lo que opino –que no es válido éticamente– es la falta de congruencia entre el discurso y la realidad de vida. En la medida en que alguien no pretenda imponer sus creencias y menospreciar otras formas de pensar, será respetado, pero, si mira de menos porque su hermenéutica no coincide con otras visiones de mundo, entonces lo que se pretende es una forma de dominación cultural o religiosa, que contradice un principio básico: la libertad.

Dios mismo nos otorga el libre albedrío para creer y actuar. Por eso, ¿quiénes somos nosotros para menospreciar a los demás? No existe una base epistemológica para la imposición de la fe, esta es producto de un acto de amor y, además, debe querer ser recibida libremente.

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