20 febrero, 2015

Catorce de julio en París. Toda la mañana, desfile de cacharros bélicos: el músculo del fanfarrón de cantina, la exhibición de penes, a ver quién lo tiene más grande. ¿Por qué diantres, naciones, que se dicen abocadas a la paz, celebran sus días “nacionales” con despliegues armamentistas? ¿No es esto el colmo del absurdo? ¿No sería más significativo festejar el día en cuestión haciendo música, teatro y danza al aire libre, o convocando a hablar a sus más señeros pensadores? ¡Francia no es ciertamente una nación menesterosa en el plano intelectual! ¡Tiene filósofos y artistas por cantaradas!

Falso esplendor. El mismo grotesco carnaval cuando Fidel celebró su medio siglo sentado sobre Cuba (con excepción de la familia real inglesa y los mitológicos monarcas de tiempos arcaicos, no hay presidente, dictador, jefe de Estado, primer ministro o mandatario alguno, en la historia de la humanidad, que haya copulado tanto tiempo con el poder). Alardosamente, sacó a asolear los armatostes nucleares que en 1961 le regaló Kruschev, y que desde entonces lustra con Anibru cada día de su vida. Algunos románticos de viejo cuño, esos que andan en estado de intemperie metafísica desde que se les cayó la Madre Rusia, consideraron el espectáculo “majestuoso”, “conmovedor”, “sublime”. Pssst… no más que un matonil, vulgar despliegue de bíceps. Y no lo glorifica el hecho de que se inscribiese dentro de una “cultura de la resistencia” (la Isla cercada militar, política y comercialmente por Satán, que proclama su épica capacidad de sobrevivencia). La “cultura de la resistencia” no justifica el gesto guerrero: ¡Todos, en última instancia, estamos resistiendo a algo!

Afición guerrera. Otro tanto hacen nuestros amigos los gringuitos, patrulleros mundiales y paladines de… pues de lo que les conviene, en cada momento histórico dado. Proporcionalmente a su “biografía” como nación independiente, Estados Unidos es el país que con mayor regularidad se ha involucrado en conflictos bélicos de una u otra índole. Guerras más o menos cruentas, “frías” o “calientes”, “justas” (¡vaya aporía!) o “injustas”, directas o ejecutadas por interpósita mano. Doscientos treinta y nueve años de andar peleando. Necesitan la guerra, viven de ella, les es consustancial; parte de su folclor, como John Wayne, David Letterman, los Dodgers o la coca-cola. La fabricación y exportación de armas es una de las bases de su economía. Sobrepuja a Hollywood y la industria textil, en tanto que generadora de riqueza.

Incoherencia. Los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU son, precisamente, los principales mercaderes de armas del mundo. ¡Por favor, señores, hay una cualidad que se llama “coherencia ideológica-existencial”: consiste en hermanar palabra y acción, en vivir como se piensa, y en pensar como se vive: vale la pena cultivarla, siquiera de vez en cuando! ¿Que, por principio, la palabra y la acción jamás serán mellizas, y el doble discurso es inherente a la criatura humana? Concedido, pero eso no nos exime del esfuerzo de propender a la coherencia: es uno de esos litorales hacia los que conviene bogar, aun cuando nunca lleguemos a puerto.

Un arma más. En la noche de ese 14 de julio, me llegaron los ecos distantes de lo que supongo habrán sido espléndidos fuegos de artificio cerca de la torre Eiffel. Por mi ventanal, pude ver algunas de las lucecitas, las más débiles, esas que caen y nos dejan casi melancólicos. Adoro los fuegos de artificio. Me llenan el alma de colores, de iridiscencias, de fulgores… ¡tan breves! Y la magnificencia del bouquet final: la locura de las luces, su maravillosamente indisciplinado esplendor. Pero son mis sentidos, mi voluptuosidad, mis ojos los que lo perciben así. Hay otra parte del ser, implacable en su análisis. Y lo que veo es que, por bellos que sean, los fuegos de artificio son también un trasunto de la guerra: “los obuses en forma de mimosas en flor”, de que hablaba Apollinaire. Explosiones y agresiones lúdicas. Metáfora de los campos de batalla, de los bombardeos aéreos. También ellos se inscriben dentro del registro imaginario de la guerra. Un arma más. Tal parece que no hay fiesta nacional que no evoque el imaginario bélico. Es triste: nunca más podré verlos con los mismos ojos. Otra parte del niño que se me ha muerto.

Hades tropical. A todo esto, ¿cómo celebra Costa Rica el día de su independencia? Sin convicción, sin fervor. Y ello por buenas razones. La verdad es esta: ya no somos independientes. Porque no hay independencia sin libertad, y no hay libertad sin paz. La paz no es ya nuestro “microclima” civil. Hemos creado una modalidad específicamente tica del infierno: Dante no previó ese círculo en su Divina Comedia, pero nosotros lo hemos añadido, como apéndice al libro de marras. Ahora somos residentes notorios de tal vecindario. La violencia –multiforme, metamórfica, insidiosa– asume en nuestra cultura mil diferentes rostros: violencia doméstica, institucional, callejera, lingüística, sexual, transgeneracional, mediática, cibernética, demográfica, deportiva, vial, política, narcoviolencia… Tenemos diputados que se toman por Harry el Sucio, y proponen dirimir sus diferencias a puñetazos. Nuestro “humor” es violento: mofa, burla, escupitajo verbal, descalificación y asesinato simbólico del otro con el arma blanca de la chota. Desengañémonos, amigos: el costarricense siempre fue un agresor pasivo… y hoy comienza a serlo activo, ¡ah, tan activo!

Ahora tendremos que asumir y habitar nuestro Hades tropical. Nos hemos perdido a nosotros mismos. Costa Rica está forzada a reinventarse. Crear una nueva mitología patriótica. Mi pobre país… no previó que los pájaros se comerían las migajitas de pan que le permitirían reencontrar el camino a casa.

El autor es pianista y escritor.

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