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Los frutos de una estrategia

Actualizado el 06 de octubre de 2013 a las 12:00 am

La ONU fue testigoy crisol denuestro poder inteligente

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Los últimos cuatro días hábiles de la pasada semana fueron de vigorosa –y provechosa– acción para la presidenta Laura Chinchilla. También lo fueron de eficaz huella e impacto para nuestra política exterior.

En poco tiempo, una serie de actividades realizadas en las Naciones Unidas destacaron los aportes y el reconocimiento internacional de Costa Rica en temas cruciales para nuestro mundo: paz y seguridad, derechos humanos y desarrollo sostenible.

Fueron días en que el “poder inteligente” ( soft power ) de nuestra política exterior, aquel que emana de ideas, valores, principios e imágenes de clara dimensión ética, atracción simbólica y fuerza narrativa, quedó plenamente de manifiesto.

Al hacerlo, dejó también en evidencia la continuidad de esa política, el impulso que le ha dado nuestra diplomacia, y su valor para construir alianzas, enfrentar riesgos y conjurar amenazas, como las del Gobierno de Daniel Ortega.

Arranque y aceleración. El martes 24, la presidenta se dirigió al pleno de la Asamblea General con un discurso que articuló las líneas esenciales de nuestra política exterior y su reflejo en los hechos. Destacó logros esenciales del país y reiteró su vocación constructiva y propositiva en el ámbito multilateral. Sobre esta base, denunció las violaciones de Nicaragua a nuestra integridad territorial y a principios básicos del derecho internacional.

Así, marcó el terreno conceptual de una serie de actividades que se desarrollarían a partir de ese momento.

Luego de una reunión bilateral con el presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, Chinchilla fue una de los cuatro jefes de gobierno participantes en un foro del Banco Mundial y el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo.

La discusión se centró en cómo “acelerar” el cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM), un conjunto de metas fijadas por la ONU para reducir la exclusión y la pobreza, que deberán alcanzarse, a más tardar, en el 2015.

Costa Rica ha estado a la vanguardia en su cumplimiento y consolidación. Por esto, nuestra experiencia y “lecciones aprendidas” generaron gran interés y reconocimiento. También el país ha sido pionero en la definición y la práctica del desarrollo sostenible, que hoy acapara una enorme atención en la ONU.

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La presidenta, además, fue portadora, ante la Asamblea General, su presidente y el secretario general de la ONU, de los documentos finales emitidos por dos conferencias internacionales celebradas en nuestro país. Una, en junio, analizó las necesidades y aportes al desarrollo de los países de ingreso medio (Costa Rica y varios de América Latina, entre ellos). Otra, en setiembre, reunió, de manera física y virtual, a miles de jóvenes de todo el mundo para reflexionar sobre desarrollo, participación y tecnologías de la información y comunicación.

Paz y derechos. El miércoles fue el turno del Tratado sobre Comercio de Armas (TCA) y de los derechos humanos. A las 11 a. m., la presidenta depositó formalmente el Tratado en la ONU, luego de su ratificación unánime por la Asamblea Legislativa, y anunció su inmediata aplicación unilateral en el país. Cuatro horas después, fue la oradora principal en una sesión del más alto nivel dedicada a su implementación, con más de dos decenas de ministros de Relaciones Exteriores en la audiencia.

Esta gran distinción no surgió de la casualidad. Costa Rica es coautora de la resolución de la Asamblea General que, en diciembre del 2006, abrió el proceso que condujo a la aprobación del TCA. Diez años atrás, el expresidente Óscar Arias había sido uno de sus inspiradores. Y, durante las extenuantes negociaciones que permitieron aprobarlo el pasado 2 de abril, nuestra diplomacia cumplió un papel central, universalmente reconocido.

También el miércoles, la presidenta participó en una ceremonia especial para conmemorar los 20 años de la “Declaración y plan de acción de Viena” sobre derechos humanos. Este documento condujo al establecimiento, meses después, de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para Derechos Humanos, una idea planteada por Costa Rica desde 1965.

Su intervención fue escuchada, entre otros, por el presidente de Austria, la actual alta comisionada, sus dos predecesoras, diplomáticos y representantes de organizaciones no gubernamentales líderes en la materia.

El jueves, por primera vez en su historia, la Asamblea General de la ONU realizó un debate sobre desarme nuclear. Tras medio día dedicado a promover inversiones productivas, la presidenta se dirigió a la sala con una posición asentada en la ética y portadora de un desafío: el mundo debe librarse de las armas nucleares, y su discusión debe salir de los estrechos marcos de las “doctrinas” militares y entrar en los del derecho humanitario, el desarrollo, el ambiente y la ética global.

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El mensaje reflejó los valores e iniciativas del país. Por ejemplo, entre el 14 de mayo y el 30 de agosto de este año, nuestro embajador en Ginebra, Manuel Dengo, coordinó las sesiones de un grupo de trabajo para impulsar negociaciones multilaterales sobre desarme nuclear. Su conducción fue altamente elogiada. Más aún, en 1997 Costa Rica presentó al secretario general un borrador de “convención modelo” sobre el tema, que diez años después actualizó y sometió formalmente junto con Malasia.

Por algo la sociedad civil internacional ve en Costa Rica un firme líder y aliado en la causa del desarme. Y, por algo, la presidenta se reunió con varios de sus principales representantes, en la mañana del miércoles, invitada para presentar una guía sobre desarme elaborada por la coalición Religions for Peace.

¿Pleito de vecinos? Pero la intensa actividad de nuestro país durante la semana no se limitó a los temas de paz, desarme, seguridad, derechos humanos y desarrollo. De forma paralela, y sobre la base de nuestra razón y de nuestro poder inteligente, la presidenta y su delegación desarrollaron una intensa labor de coordinación, información y denuncia sobre el reiterado irrespeto de Nicaragua a nuestra soberanía y al derecho internacional.

Luego de dedicar al tema una buena parte de su discurso, Chinchilla planteó el caso al secretario general de la ONU, Ban Ki-Moon, y al de la OEA, José Miguel Insulza. El canciller Enrique Castillo lo discutió con el presidente del Consejo de Seguridad y otros interlocutores.

Además, una acción diplomática tripartita puso de manifiesto que la actitud expansionista de Nicaragua no se origina en un simple “pleito de vecinos”. La carta dirigida por los presidentes de Colombia, Costa Rica y Panamá a Ban Ki-Moon permitió aclarar que estamos ante un Gobierno sistemáticamente provocador en la región, que desdeña sus obligaciones internacionales.

De este modo, la mezcla entre el buen nombre y liderazgo nacional que emana de nuestros valores y conducta, y la fuerza práctica de una alianza tripartita, sirvieron como eficaces “puntas de lanza” para reenmarcar el conflicto con Nicaragua.

Quien crea que los efectos sobre el terreno serán inmediatos está equivocado. Pero quien desdeñe el valor de estos esfuerzos para incidir a medio y largo plazo a favor de nuestra integridad, lo estará aún más.

Durante la intensa semana, el canciller participó en actividades paralelas de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, que presidiremos en el 2014.

Además, estuvimos presentes en múltiples actividades especiales y reuniones con grupos de países afines, en temas tan diversos como la discapacidad, el rechazo a la pena de muerte, la protección de bosques, la mediación en conflictos, el apoyo a la Corte Penal Internacional, la reforma del Consejo de Seguridad y la gobernanza económica global. Los ministros de Planificación, Roberto Gallardo, y de Ambiente, René Castro, se concentraron en temas vinculados con sus respectivas carteras.

Todo lo anterior responde a los deberes del país como ciudadano global y regional responsable. A la vez, añade vigor a nuestro poder inteligente, nos brinda instrumentos para incidir en temas específicos, reafirma la lúcida visión de quienes decidieron abolir nuestras fuerzas armadas, y nos reafirma también la voluntad de no volver atrás.

Estrategia orgánica. Hace pocas semanas, la abundante literatura sobre la historia, aplicación y fundamentos teóricos de la estrategia se vio enriquecida por un sólido tratado del profesor inglés Lawrence Freedman: Strategy, a history (Estrategia, una historia).

A lo largo de sus páginas, Freedman insiste en que las estrategias eficaces no solo descansan en amenazas o presiones, sino en negociaciones y persuasión, no solo en impactos físicos, sino también psicológicos, y no solo en actos, sino también en palabras. Destaca la creciente importancia de las narrativas para pensar y comunicar las estrategias, e insiste en el valor de las alianzas.

Probablemente, nadie, a lo largo de la historia, se ha sentado en Zapote o la Casa Amarilla para diseñar un enorme plan maestro de nuestra política exterior, con simulaciones, escenificaciones y cronologías incluidas. El proceso ha sido mucho más disperso, orgánico, y quizá contradictorio, como generalmente ocurre en la vida. Sin embargo, hemos construido una verdadera estrategia que, más allá de cualquier elucubración teórica –o, incluso, en ausencia de ella–, existe, se asienta y proyecta a partir de realidades y valores nacionales. Por esto, entre otras cosas, es consecuente y eficaz.

Esta es la estrategia que responde a una verdadera “política de Estado” forjada durante décadas.

Es la estrategia que se puso de manifiesto en la Semana de Alto Nivel de las Naciones Unidas, y que generó una verdadera “cosecha” de logros fácticos y simbólicos en apenas cuatro días.

Es la estrategia que nos protege e impulsa en el mundo.

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