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Con la frontera a cuestas

Actualizado el 22 de febrero de 2013 a las 12:00 am

Podemos ver formas distintas de entendimiento entre países vecinos

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Estoy convencido de que las aves no conocen de conflictos. El martín pescador que puso sus alas sobre el lente de mi cámara lo único que desea es volar, sostener la tarde sobre sus patas, regresar a casa con las ramas entre su pico. Las iguanas se van de mar, las estrellas son anzuelos que Dios nos pone para mirar al cielo, y los pescadores salen de noche a buscar sustento.

Si las aves tomaran decisiones, seguramente la región fronteriza de Colorado hoy sería otra. Pero estamos sujetos a las decisiones que se toman en las capitales, desde las cancillerías y en virtud de esa extraña construcción patriótica llamada “interés nacional”.

Las regiones que tienen la fortuna de ser lugares de encuentro entre dos o más países, históricamente han tenido la mala suerte de ser lugares de conflicto, desconfianzas mutuas y poca atención, salvo en tiempos donde las diferencias nos recuerdan que allí estaban. En períodos de paz, las fronteras no aparecen en las agendas de la política exterior o en las prioridades del plan nacional de desarrollo. Hasta hace poco, por ejemplo, a nadie se la había ocurrido colocar una bandera azul, blanca y roja en el pedacito de tierra que hoy se conoce como isla Calero. Hoy se construyen caminos, trochas, tendidos eléctricos y se reclama como propio, frente a lo ajeno, el centímetro de tierra, el metro cúbico de río o la maltratada dignidad nacional bajo un ropaje de indignación nacional. Llevamos la frontera a cuestas.

Quizá, porque escribo estas ideas mientras el cayuco nos lleva de un extremo de Barra sur al muellecito de madera ubicado en Barra norte y uno se deja llevar por el sonido del bosque o está pendiente que en cualquier momento la garza azul que camina por la orilla emprenderá su viaje como una nota diplomática que nadie entiende o sabe interpretar desde los Ministerios de Relaciones Exteriores. Uno se imagina el enorme lío, quizá, cuando el ministro abra un sobre y lo que se salga sea la garza entre sus manos. Y quienes lo asesoran busquen entre sus documentos y presupuestos una respuesta para la cual no tienen la menor preparación. Y la garza enorme entre las manos de quien decide, brillando como paisaje que ahora mismo descarga la tarde sobre el río Colorado, no les dice nada.

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Este es el paisaje que ni quienes deciden; ni quienes cubren la noticia desean mostrar. Así llegan las noticias y las notas diplomáticas y, sin ánimo de causar polémica, pienso que esa garza debería ser la única nota diplomática que vale la pena poner en juego.

Lamentablemente, el lenguaje diplomático no se construye sobre la base de lo que sucede en las comunidades fronterizas, sino sobre la base de la seguridad, la dignidad nacional, los intereses de la patria, las notas de protesta, las estrategias, las reivindicaciones, la opinión pública, las señales de fuerza, los escritorios de las cancillerías. Cuando la preponderancia de tales discursos es muy fuerte, pocas posibilidades se ofrecen para interpretar el otro lenguaje, el de la cooperación, el del entendimiento, el de las posibilidades de desarrollar de manera conjunta estos territorios.

Sé que no es sencillo detener el actual rumbo de las relaciones diplomáticas con Nicaragua y comprender que, de las alas de una garza o del cayuco que ahora nos conduce por el río, podemos ver formas distintas de entendimiento entre países vecinos. Acercarnos a la colaboración desde una agenda que se preocupe por la preservación de la vida y el desarrollo en armonía con la naturaleza.

Dejarse llevar sobre la inmensa bóveda que cobija la mancha azul del agua del río Colorado me mostró una ruta diferente. Navegué por el río, toqué sus orillas, hablé con la gente, vi a los oficiales con chalecos y uniformes, me hablaron las garzas, me sentaron las pescadoras, y todos ellos no pensaban en ir al conflicto, sino lo contrario; me hablaron de la vida, de conservar el bosque, de llevar alimento a sus mesas, de encontrar la forma de que la luz eléctrica llegue a sus casas. En el río nadie está pensando en enviar una nota de protesta.

En el río, lo que la gente quiere es vivir mejor.

Daniel Matul, Director Proyecto Regional sobre Comunidades Costeras y Cambio Climático, Fundación para la Paz y la Democracia – FUNPADEM Profesor, Escuela de Ciencias Políticas, Universidad de Costa Rica

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