Opinión

El fracaso del cacique

Actualizado el 11 de septiembre de 2016 a las 12:00 am

La característica más negativa del cacique es su incapacidad para trabajar en equipo

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Vivimos en un mundo tan competitivo, que se ha difundido la idea de que el líder es necesariamente el que ejerce el poder coercitivo de manera eficaz. Quien no tiene rivales o interlocutores de su mismo nivel, es supuestamente exitoso porque marca las pautas a ser imitadas y emuladas.

Pero lo que en realidad genera este comportamiento en esos pretendidos líderes es el miedo y lo que engendra en los subordinados lo es también. Esta clase de “líder” es débil, porque se siente permanentemente acosado por la realidad que lo circunda; por eso, busca generar mecanismos para afianzar su poder.

Sus pociones mágicas suelen estar compuestas de coerciones económicas, presión social (como lo hacen las maras), maniobras políticas (demostrar más eficiencia y maestría, o simplemente generar rumores con alto costo en la opinión de otros) o simbólicas (ganarse a otros con dádivas o reconocimientos discursivos en contextos sociales). Pero el resultado es siempre el mismo: la manifestación pública de su falta de autoridad moral.

Es en este sentido que hoy el cacique pierde: no porque no pueda ejercer su poder despótico, sino porque ha perdido a su pueblo. Los caciques que hoy ejercen el poder político no pueden conquistar a las masas, porque ellas se han vuelto utilitaristas y acríticas, míseras sobrevivientes necesitadas de salarios, aunque interconectadas por las redes sociales (¡peligro!).

Paranoia. Tan paupérrima es la vida de tantos, que fácilmente se contentan con no ser despedidos por el poder despótico. El cacique se podría sentir potente, pero en realidad sospecha siempre su derrocamiento y, por ello, su comportamiento puede ser paranoico. Entre tanta necesidad, el peligro de la insurrección es siempre latente, sobre todo cuando la masa se rebela de manera espontánea, urgida por una comunicación no controlable.

Es, sin embargo, importante preguntarnos: ¿Cómo puede consentir la sociedad posmoderna, nacida de las democracias occidentales, con el cacicazgo? La masas consienten con el cacique solo por el miedo a la pauperización, porque se tiene pavor a no ser súbditos obedientes de la usura institucionalizada. Sí, el cacique se siente poderoso hoy porque puede decidir sobre el destino crediticio de quienes tiene subordinados. Esa lógica no solo es nefasta, sino hasta perversa, porque se puede maquillar en equidad legal, lo que es ocultamiento de la injusticia.

Anular la circunstancia de los otros es la característica esencial del cacique posmoderno, porque él es narcisista por antonomasia: cree que cualquier logro o vinculación con un poder superior es producto de su intermediación. Nada más lejos de la realidad, porque incluso las alianzas entre los poderosos solo perduran según sus intereses, mientras que el progreso de un pueblo obliga a tomar decisiones que perduran en el tiempo y exigen una amplia participación de todos los ciudadanos en la conformación del destino común.

El pueblo –en su sentido político, es decir, como colectividad organizada– exige, por otra parte, que el líder sea consecuente en su actuar y su opinar, con el decidir y los valores propugnados. Esto tiene como consecuencia lógica el repudio del cacique, porque él no se rige por valores, sino por su poder; no acepta la opinión discordante, se atiene a la sobrevaloración de su propia interpretación/apropiación de los hechos.

Manipulación. El cacique es un manipulador de la verdad, porque actuando con pretensión de omnipotencia puede acusar a cualquiera de ser un mentiroso. En otras palabras, el cacique crea su propia verdad al margen de la evidencia fáctica o de la pluralidad ideológica. El cacique puede ser un mentiroso compulsivo porque los que piensan distinto serán signados por él como falsarios permanentes.

Estamos llenos de personas que desean y luchan por ser caciques, pero que no tienen idea de lo que significa ser líderes. Su primer gran error, piensan que ser líder es formar parte de la élite social (cualquiera sea su categorización). Esta idea nos lleva a la inanición cultural y a la falta de compromiso político.

Nada hay más desgastante socialmente que hacer valer el propio capricho al margen de cualquier consideración y diálogo racional con grupos que no son parte de la élite. Por eso el cacique se vacía de significación.

En segundo lugar, porque cuanto más poder se tiene, más cuidado hay que tener con la tentación de la propia reivindicación social al margen de los valores humanos recibidos. No es raro que cuando más se está bien, menos compromiso con los pobres y necesitados se tiene.

Por esta razón, los necesitados deben ser manipulados por el cacique, el problema estriba hasta qué punto lo puede lograr: ser pobre no significa ser estúpido.

La característica más negativa del cacique es, sin duda alguna, su incapacidad para trabajar en equipo. Para hacerlo, es preciso tener una enorme dosis de necesidad del otro: de su experiencia y de su novedad, de su intuición y de su formación, de su personalidad y de su capacidad de comunicación.

El verdadero líder sabe que su “razón” puede ser relativa y mejorable; el cacique, en cambio, exige que su “verdad” sea “absoluta e irrefutable”. El poder, cuando se toma como único criterio existencial, siempre y permanentemente crea esclavos obedientes, no colaboradores.

Por eso, el cacique está condenado al fracaso, porque nunca podrá conseguir el objetivo de toda empresa humana compartida: constituirnos en una familia solidaria y armónica.

El autor es franciscano conventual.

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