28 septiembre, 2014

El rali electoral latinoamericano del 2014 llegará a su fin el próximo mes de octubre, al celebrarse las elecciones presidenciales en Brasil (domingo 5), Bolivia (domingo 12) y Uruguay (domingo 26), tras los comicios que tuvieron lugar en Costa Rica, El Salvador, Panamá y Colombia en la primera mitad del año. Los resultados de estos siete procesos electorales presidenciales confirman tanto el peso significativo inherente a las situaciones nacionales como las tendencias políticas predominantes en nuestra región: el cambio (en Costa Rica y Panamá), el continuismo (en Colombia, El Salvador y Bolivia), y la incertidumbre y volatilidad (en Brasil y Uruguay).

Reelección en Bolivia. En Bolivia, la reelección de Evo Morales garantiza la continuidad del oficialismo. En las encuestas más recientes, acumula una ventaja de 40 puntos sobre su principal rival, el empresario de centroderecha Samuel Doria Medina (54% contra 14%). De confirmarse este pronóstico, Morales prolongará su periodo presidencial hasta cumplir, en el 2019, trece años ininterrumpidos en el poder.

¿En qué reside su éxito? En varios factores: 1) haber sabido agregar un exitoso liderazgo político y social a un gran capital simbólico (histórico dirigente sindical con raíces indígenas); 2) haber convertido al Movimiento al Socialismo (MAS) en la única fuerza con proyección nacional en la que prima un enfoque pragmático; 3) desplegar un discurso menos polarizador y más incluyente, a lo que suma una exitosa gestión económica ortodoxa que es reconocida por los organismos multilaterales financieros, y 4) una oposición débil, heterogénea y fragmentada, que no llega a ser una alternativa viable al oficialismo.

Cabe señalar que la nueva reelección de Evo se lleva a cabo como consecuencia de una forzada interpretación judicial de la nueva Constitución, y a que la campaña es muy poco competitiva debido a la fuerte ventaja electoral del oficialismo.

Incertidumbre en Brasil y Uruguay. El continuismo de la izquierda boliviana contrasta con la incertidumbre y la volatilidad del escenario electoral brasileño y uruguayo, luego de tres periodos consecutivos del Partido de los Trabajadores (PT) en el primer país, y de dos Gobiernos ininterrumpidos del Frente Amplio (FA) en el segundo.

A principios del 2013, nadie habría dudado de que Dilma Rousseff tenía asegurada su reelección (65% de la población aprobaba su gestión). Esta situación cambió drásticamente durante las protestas de mediados del 2013 protagonizadas, principalmente, por las clases medias. El malestar por el deficiente funcionamiento de los servicios públicos, la inseguridad y la corrupción produjeron una abrupta caída de la presidenta en las encuestas y, desde hace meses, Rousseff no logra romper el techo de 40% de intención de voto. Por su parte, el trágico fallecimiento de Eduardo Campos, candidato presidencial del PSB, trastocó aún más el escenario electoral: Marina Silva (seleccionada por el PSB para ocupar el vacío dejado por Campos) desplazó a Aecio Neves (candidato del PSDB) a un tercer lugar y se convirtió en una amenaza para el proyecto reeleccionista de Rousseff, forzando la realización (casi segura) de una segunda ronda entre ambas con final abierto.

A partir de ese momento, Silva se convirtió en el blanco de todos los ataques, y esto provocó que su progresión en las encuestas se estabilizara a mediados de setiembre, para luego perder fuerza en la última semana. Según un sondeo reciente de IBOPE, Rousseff se ha recuperado y lleva una ventaja de 9 puntos de cara a la primera vuelta, mientras ambas candidatas están empatadas con 41% de apoyo, cada una, en una muy probable segunda ronda, prevista para el 26 de octubre.

Como vemos, todo es muy volátil y provisional. Es una elección en la que, por un lado, predomina un fuerte deseo de cambio, pero, al mismo tiempo, coexiste un fuerte sentimiento de temor a perder los avances sociales logrados durante los tres últimos Gobiernos consecutivos del PT. En este escenario, la clase media (clase C) se convierte en el árbitro decisivo de estas elecciones.

En el caso de Uruguay, la reelección alterna de Tabaré Vázquez (presidente entre el 2005 y el 2010), candidato del izquierdista y oficialista FA, corre peligro, pues ha venido perdiendo apoyo en las encuestas, pasando de una intención de voto de 45%, a comienzos del 2014, al actual 42%-43%. El oficialismo, que aspira a gobernar por tercera vez consecutiva (tras la gestión del propio Vázquez, a quien José Mujica sucedió en el 2010), ve con preocupación el crecimiento en intención de voto (32%-33%) de la apuesta renovadora de Luis Lacalle Pou, del opositor Partido Nacional (PN). Según el último sondeo de la empresa Cifra (24 de setiembre), Vázquez reúne una intención de voto de 43%; Lacalle Pou, 33% y Bordaberry (Partido Colorado),15%. Las encuestas proyectan, asimismo, la dificultad creciente del FA de lograr la mayoría propia en ambas cámaras del Parlamento.

Para Cifra, estos resultados muestran una recuperación del voto del FA (que logra revertir el descenso que sufrió durante los dos últimos meses)y la consolidación del candidato del partido Blanco como desafiante principal, así como la necesidad de ir a una segunda vuelta (prevista para el 30 de noviembre), cuyo resultado, según el director de Cifra, Luis. E. González, es “impronosticable”.

Mi opinión: La continuidad de tres proyectos políticos de izquierda se pone a prueba en las elecciones presidenciales de octubre. A diferencia de los comicios bolivianos, las elecciones brasileñas y uruguayas serán muy competitivas. En periodos como el actual, de desaceleración económica regional y fuertes demandas sociales, la hegemonía de presidentes en ejercicio (Rousseff) o de partidos preponderantes (como es el caso del PT y del FA, que gobiernan desde hace bastante tiempo) resultan mucho más difíciles de mantener y, por ello, los triunfos en primera vuelta (como los de Evo Morales) empiezan a ser una excepción.

En el caso de que la oposición triunfe en Brasil y en Uruguay, presenciaremos un cambio moderado en ambos países, dado que los electores estratégicos para lograr el triunfo pertenecen a la clase media (clase C) y con perfil de centro, lo que ha obligado tanto a Silva como a Lacalle Pou a adecuar sus discursos con propuestas más moderadas y pragmáticas.

En un articulo titulado “Merito o suerte”, Capello y Zucco identificaron los aspectos determinantes del voto en América Latina, concluyendo que los términos de intercambio y las tasas (internacionales) de interés son los factores que determinan no solo la riqueza de los países, sino también el futuro político de los presidentes (Andrés Malamud).

Si esa tesis es correcta, la nueva etapa económica y social que vive América Latina tendrá consecuencias directas en los resultados electorales y en la gobernabilidad de los países de la región. Una de las principales consiste en que las victorias de los oficialismos, sobre todo en contextos de reelección consecutiva, pese a seguir manteniendo ventaja, ya no son infalibles ni tan fáciles como en el pasado reciente y, por ello, la necesidad de ir a una segunda vuelta (e, incluso, el riesgo de perder) se ha vuelto más común, como ocurrió en la reciente y sufrida reelección de Santos en Colombia y en la ajustada victoria del oficialista Sánchez Cerén en El Salvador, y como también podemos observar en las dificultades que enfrentan Rousseff para reelegirse y Vázquez para regresar al poder.

Daniel Zovatto, director regional para América Latina y el Caribe, IDEA Internacional.

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