Opinión

El fin de la ausencia

Actualizado el 17 de septiembre de 2015 a las 12:00 am

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El fin de la ausencia

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A comienzos de los 60, mientras la nueva ola hacía estragos en Francia y copaba el mundo, surgió una rareza en la vecina Roma: el cine de la incomunicación.

Su creador, el italiano Michelangelo Antonioni, mostraba cómo la famosa “libertad de espíritu” o “solidaridad humana” eran falsedades impuestas por la educación y la pereza social. Lo que reinaba –la incomunicación colectiva– ya constituía un hábito prácticamente invencible, como un agujero negro en el mismo núcleo de la afectividad.

El amor, la lucha por un mundo mejor, la fe, parecían formas anacrónicas de un viejo pasado sin sustento alguno. Estábamos ante la nada, y solos, y la desdicha medía nuestra condición y el doble discurso acerca de la honestidad y los valores.

La pantalla grande reflejaba bien con su mutismo y tiempos muertos aquella experiencia cotidiana. La cámara simplemente copiaba el aburrido paisaje de seres enajenados, descreídos. Hasta aquí, Antonioni.

Entre-ten-y-miento vs. soledad. Bueno, doy un salto de garrocha de cinco décadas, del cine aquel que tuvo títulos inolvidables ( La aventura , La noche , El eclipse ), ¿y qué me encuentro hoy? Que la incomunicación –¡vaya ironía!– es el epicentro de las preocupaciones actuales. Una paradoja, si se tiene en cuenta que vivimos en una era de supuesto diálogo electrónico al por mayor.

Es cierto, ya no se trata de los motivos culturales o metafísicos que esgrimía el intuitivo cineasta; ahora se trata de un hecho tecnológico y social que actúa e interactúa sobre sus usuarios en forma continua y casi instintiva.

La nada suele estar al final de esta repetida y engañosa autopista. Solo que tal nada se disfraza de todo. Ahora está prohibido tener tedio, porque tenemos todos los artilugios que niegan la soledad y ninguna cosa nos puede faltar.

La diversión continua está encargada de impedir la soledad, entonces. No hay que andar por las nubes cuando se puede tener la “nube” a un toque de la mano.

Ayuno informático. La tecnología provee y, dicen, proveerá. En este ámbito, el experiodista Michael Harris escribió su libro El fin de la ausencia. Reclamando lo que hemos perdido en un mundo de conexiones constantes .

La tesis del libro resulta muy sencilla: la nada hoy, contaminada por una falsa ilusión de todo, es también “algo que te tiene siempre alerta y concentrado y en acción. Ya saben. Se trata de tuitear, facebookear, wasapear”.

Los videojuegos en tamaña cancha le ganan al cara a cara, y la seducción virtual se impone al disfrute en grupo, admite Harris, pero a la vez dedica un capítulo entero –en forma de diario– a recordar las circunstancias tecnológicas de su infancia, es decir, se traslada a un pretérito analógico y se apaga para, si hay suerte, ver si se enciende y cómo, sospechando tal vez que ya no le quedan pilas o que esté quemado algún cable del circuito. A esto le llama “ayuno informático”, un experimento inédito.

La vida antes de Internet. Ya le habían advertido sus colegas a Harris: “no esperes ninguna epifanía”, y él, sin embargo, insistió. La revelación, en principio, no fue algo nuevo. O quizá sí: el hecho de rebelarse ya era algo nuevo, un modo de diferenciar lo que te define de lo que te complementa; y a partir de allí, Harris descubre que la soledad puede soportarse si se tiene una buena vida interior.

Quiere decir que, después de la red, existe otra forma de ser y de comunicarnos y, con seguridad, que la conexión constante no es el único ni el mejor camino, ni el entretenimiento la más brillante coartada.

Porque primero habría que conocer algo de todo este ayer que hierve dentro del presente y de cuál es su lugar real en el tiempo –el sin y el con de la historia– y advertir los peligros de entregarse de modo irrestricto a la marea cibernética.

En síntesis, habría que descubrir la vida antes de Internet… y explorar sus ricas posibilidades ignoradas, antes que huir hacia adelante. Puede ser que el asombro nos asombre y el futuro no sea un mezquino azar, un juego de previsible cara o cruz.

Víctor J. Flury es escritor.

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