10 abril, 2014

Con el Teatro Nacional lleno de un público optimista y alerta, se inauguró el pasado martes 2 de abril el Festival Internacional de las Artes, además de estrenarse el nuevo piso de madera de almendro del escenario que sustituyó al viejo, tan viejísimo como que era el piso original con el que se inauguró nuestro teatro, en 1897.

El acto contó con la presencia de don Alfio Piva, presidente en ejercicio de la República, el ministro de Cultura, Manuel Obregón, y el viceministro don Iván Rodríguez. Además de las buenas intervenciones de palabras de los funcionarios, y del homenaje del que fue objeto el profesor y pianista Alexandr Sklioutovsky, se produjo la presentación de dos jóvenes pianistas (alumnos suyos) para continuar el programa de inauguración de este decimocuarto Festival de las Artes y, de paso, asombrar al público con sus ejecuciones.

Dedos fantásticos. Daniel Chen se sentó con aplomo ante el piano Steinway y se lanzó a la ejecución de la sexta Polonesa en La bemol Mayor Opus 53 de Frédéric Chopin. Chen tiene apenas diez años de edad y, para un niño, el riesgo es excesivo. La célebre sexta Polonesa de Chopin, demanda el peso de un adulto para lograr salir airosamente de su ejecución.

La obra es densa y, además, todo público la conoce muy bien. El niño toca y ¡cuánto toca! Posee dedos fantásticos, que pueden lograr fuegos de artificio y hasta malabares. Existen obras que pueden exhibir su esplendorosa digitación, disciplina y presencia de ánimo, sin el riesgo de una prueba de peso de tal densidad. Pierden él y la obra.

Para cerrar la noche, apareció en el escenario el joven pianista costarricense Josué González. González es producto original de la escuela pianística de los rusos skliutovskyanos. Inició su intervención con el complejo Estudio Opus 31 N.°1 de Rachmaninoff, donde demostró su destreza técnica y su amplia comprensión musical de la pieza.

Las rapsodias de Franz Liszt son siempre, vehículos de primer orden para exhibir desenvoltura técnica. González prosiguió el programa con la Rapsodia Húngara N.°12 . Toda la obra de Liszt puede ser, también, un formidable peligro de ahogamiento para el ejecutante.

Si el pianista no es poseedor de la artillería necesaria para acometer una música cuya misión esencial es la de deslumbrar al oyente, los peligrosos pasajes que demandan dedos y mente alerta de altos quilates, hunden al ejecutante sin misericordia. Liszt mismo se divertía enormemente seduciendo a un público que siempre lo adoró y a quien hechizó hasta la saciedad. Liszt era un exhibicionista de primer orden y, por supuesto, tenía los medios.

Cierre diabólico. Josué González nos dispuso a la meditación y a las tormentas chopinianas con la cuarta Balada en Fa menor Opus 52. La cuarta Balada es una obra sublime, ferozmente difícil de ejecutar, no solo por su complicada estructura sino por su diversidad de juegos tanto melódicos como armónicos. Podría ser la quinta esencia de la obra de Chopin: instinto armónico de primer orden, luminosas resoluciones tanto melódicas como armónicas así como de un inextinguible fuego en las entrañas. La versión de González tuvo el drama, el fulgor y la incandescencia de una visión de excepcional profesionalismo. Gran cuarta Balada.

Para cerrar, González se volcó enteramente en una diabólica versión del Vals Mefisto de Liszt. El Mefisto es la extrovertida versión lisztiana del personaje infernal. Obra maestra en contenido, ferocidad y desde luego, despliegue técnico de primer orden. No hubo problema alguno para nuestro gran pianista.

Josué González no solo revela un aspecto del cual teníamos amplios antecedentes, sino que ahora sobrepasa esos antecedentes. Nos dejó la sensación de que jóvenes como él son un formidable ejemplo de lo que significa, no solo talento, sino disciplina, tenaz trabajo, y más trabajo.