11 mayo, 2015

Era un sábado de noviembre por la noche. Yo estaba muy emocionado. Encendí la radio para ir entrando en ambiente, y comencé a vestirme para la ocasión. Mi mente hacía cábalas, anticipaba situaciones y visualizaba posibles escenarios. Sabía que este momento tendría que llegar algún día, pero nunca pensé que iba a emocionarme tanto. Ya lo había pensado y previsto muchas veces, pero nada se compara con vivirlo.

No había terminado de afinar los detalles de mi vestimenta, cuando una voz aguda me hizo percatarme de la hora: “Papa, apúrate, llegaremos tarde al partido”.

Vestido de rojo y amarillo de pies a cabeza, mi hijo, Fernando Felipe, estaba tan emocionado como yo. Después de todo, también era su primera vez. En efecto, ese 15 de noviembre del 2014 mi hijo y yo iríamos juntos al estadio por vez primera.

Herediano desde que tengo uso de conciencia, me había prometido engendrar el mismo sentimiento en mis hijos. Pese a que en ocasiones los resultados y los compañeritos de la escuela no facilitan el trabajo, mis esfuerzos habían rendido frutos. Había logrado formar a un herediano tan “fiebre” como yo (con mi hija aún estoy trabajando, pero vamos por buen camino); y hoy iríamos juntos a ver jugar al Team.

Su madre estaba contenta también. Muy sonriente le decía que disfrutara mucho esta noche a solas con su padre y, con sabiduría y prudencia, anticipando cualquier situación negativa le explica que no había que ponerse triste si no ganábamos. Yo le respondía que eso era “imposible”, que seguramente íbamos a sufrir y que regresaríamos a casa felices si triunfábamos y tristes si no. Fernando asentía con la cabeza, mientras se quejaba al notar como su camisa del herediano era sepultada entre el suéter, el gorro y la bufanda que le había endilgado su madre.

Llegó la hora. Lonchera en mano, logramos llegar a tiempo y nos dispusimos a ver el partido. Como de costumbre, Heredia nos hizo sufrir. En algún momento perdíamos 2 a 0 contra el Uruguay de Coronado.

Yo estaba decepcionado, más que por el resultado porque no quería que una derrota inesperada fuera el recuerdo de mi hijo en su primera visita al Rosabal Cordero. Debo confesar, a pesar de que creo que Dios está muy ocupado como para “molestarlo” por un partido de fútbol, que igual elevé una plegaria.

Al ver a mi alrededor me percaté de que no era el único que rezaba. Es más, sin ningún disimulo, Fernando, manitas juntas, también pedía al Cielo un milagro. Quiero pensar que el Todopoderoso se conmovió al escuchar las inocentes plegarias de un niño y ver las congojas de un padre que añoraba vivir momentos felices con su hijo, pues el partido terminó 6 a 2 a nuestro favor.

Adrenalínicos y roncos después de gritar seis goles a todo pulmón, caminamos los casi dos kilómetros que separan el estadio de mi casa. Fernando repasaba uno a uno los anotadores y comentaba el partido, sin darse cuenta de que, sin quejarse, estaba por terminar la caminata más larga de su vida.

El partido había estado buenísimo, pero para mí fue mucho más que eso. Era mi primera vez con mi hijo en el estadio, y ni él ni yo lo olvidaríamos jamás. La primera vez que se va al estadio queda grabada en la mente de un aficionado para siempre; y si esta sucedió en compañía de nuestros padres, se convierte en un recuerdo imborrable, que se impregna en el corazón de padres e hijos.

Más cerca. Después de ese día hemos visto ganar, empatar y perder a nuestro equipo en muchos otros partidos. Luego de un par de días el resultado ya no es relevante; importa que tanto mi hijo y yo sabemos que los vivimos juntos. Estoy seguro, más allá del equipo de sus amores, de que muchos padres e hijos entienden lo que digo y lo valoran como un tesoro en sus memorias.

Mas aún, poco a poco he ido descubriendo que ir junto a mi hijo al estadio ha fortalecido nuestros vínculos afectivos de formas insospechadas. Además de que compartimos una actividad y una afición, y de que hablamos siempre de las últimas noticias del herediano, he descubierto que ahora sostenemos largas y profundas pláticas todo el tiempo. Por ejemplo, hemos conversado sobre la importancia de la familia, las bondades de la solidaridad y el valor de la oración (más allá del fútbol).

Mi hijo me habla abiertamente de sus alegrías, pero también de sus temores. Pregunta sin recelo sobre cómo hacer para enfrentar situaciones que le resultan difíciles o estresantes. Él quiere saber detalles sobre mi infancia y cómo resolví asuntos similares a las que él enfrenta en el estudio, en los deportes o al compartir con sus compañeros.

Vestirse igual a su padre los fines de semana ahora es de rigor y llamarse igual que él, para Fernando Felipe es un gran orgullo. Siempre tuve la duda sobre cuál jugador se convertiría en el preferido de mi hijo; pero francamente nunca pensé que el héroe de esta historia iba a ser su papá.

Función crucial. Al conversar sobre este tema con amigos psicólogos, me hicieron ver que son varios los estudios que indican que, en el tanto sea responsable y no practique conductas antisociales, la presencia de un padre es tan decisiva para el sano desarrollo de un niño como lo es la de la madre.

Así, los padres parecen desempeñar una función crucial en tres áreas de las vidas de sus hijos: capacidades cognitivas, comportamiento y salud y bienestar general. En este sentido, los hijos que tienen un padre o una figura paterna que participa activamente en sus vidas tienen mejor rendimiento académico, eventualmente alcanzan una mayor escolaridad e independencia, tienen menor propensión a practicar actividades antisociales o ilícitas, y logran alcanzar una mayor seguridad en sí mismos y en sus propias capacidades, lo que genera un mejor desempeño social y emocional.

La conclusión de los expertos es clara: un buen padre es un padre presente. A pesar de que en nuestro caso es el fútbol, la actividad por desarrollar es indiferente, lo importante es compartirla con nuestros hijos.

Cuando decidí llevar a mi hijo por primera vez al estadio, solo me motivaba un deseo del corazón. Mis instintos paternos y mi afición al fútbol me llevaron a endosarle una camiseta rojo y amarilla para ir juntos a ver un partido. Ni por asomo pensé que aquella actividad que hoy compartimos con gran pasión, era abono para el desarrollo mental y emocional de mi hijo y el mío propio. Hoy tengo claro que al hacerlo él crece como hijo y yo como padre. Nuestra pasión se ha convertido en bendición, pues invertir tiempo en la familia genera réditos invaluables.

Estoy seguro de que esta es una historia que se repite en muchos otros hogares. Hoy más que nunca insto a los dirigentes y aficionados de todos los equipos del país a salvaguardar los estadios y sus alrededores de forma tal que sean espacios sin violencia, seguros para las familias.

Cuando padres e hijos departen en las graderías, se están consolidando las familias y desarrollando mejores seres humanos. Más que un título nacional o grandes gestas en un Mundial, ese es el principal servicio que el fútbol puede ofrecer al país.

El autor es politólogo