26 abril, 2015

Este comentario se concentra en identificar las ecuaciones históricas que subyacen a la acción de tres hombres: Karol Wojtyla, Joseph Ratzinger y Jorge Mario Bergoglio. Son tres ecuaciones correlacionadas en una misma historia.

Una decisión. El 16 de octubre de 1978 fue elegido papa Karol Wojtyla, mejor conocido como Juan Pablo II. Él venía de la Polonia del socialismo real, la dictadura del partido único y la unidad centralista partido-ejército-Estado.

Meses antes al día de su elección, estaba entregado, entre otros menesteres, a sus cavilaciones sobre la mejor manera de sintetizar el pensamiento de Tomás de Aquino y de Aristóteles, a través de la fenomenología de Edmund Husserl y del personalismo.

Era un proyecto intelectual ambicioso, que nuestro personaje debió abandonar cuando se convirtió en papa, no obstante lo cual le permitió profundizar en el principio personalista que sitúa a la persona humana como fundamento, “hilo conductor” y horizonte de las estructuras sociales.

Otros autores, como Albert Camus y Jean Paul Sartre, muy leídos en aquellos años, sostenían desde otras perspectivas lo mismo que Wojtyla.

Luego de la elección papal, bastaron unos pocos meses para que se hiciese evidente una decisión que Wojtyla debió tomar en algún momento.

George Weigel, uno de sus biógrafos, la sitúa en el mismo mes de su elección, pero creo más probable que ocurriera antes de su llegada a Roma. En cualquier caso, haya sido en octubre o no, lo cierto es que Wojtyla resolvió no desgastar sus energías en conflictos permanentes con el clericalismo vaticano, a fin de concentrarse en otros asuntos que consideraba prioritarios, ¿cuáles?

La contradicción socio-política principal de aquella época dividía al mundo en dos bloques; de un lado estaba el “socialismo real”, liderado por la Unión Soviética, y del otro los países capitalistas, democrático-liberales, que tenían en Europa Occidental y Estados Unidos sus columnas vertebrales.

Wojtyla optó por el bloque capitalista democrático-liberal, se opuso a la expansión del “socialismo real” y trabajó para transformarlo, pero estas líneas de acción constituían solo una de las variables de la ecuación histórica de su actuar, existían otras dos: elevar la influencia de la institución a la que él pertenecía y no perturbar, como dije, la tranquilidad del clericalismo.

Al cabo de veinticinco años de ser papa, las dictaduras del socialismo real europeo desaparecieron, las economías de mercado y las democracias-liberales se fortalecieron, el marxismo, que era la alternativa opuesta a la cosmovisión de Wojtyla, se encontraba en decadencia, la organización que lo eligió papa logró elevar su impacto cultural y político, y la crítica a lo que Wojtyla denominó “capitalismo salvaje” destacaba como un filón relevante desde finales del siglo XX.

Las coordenadas de la historia cambiaron en la dirección deseada por Wojtyla, pero existía algo que no calzaba en su ecuación histórica y que corroía desde dentro los logros alcanzados.

Al decidir dejar tranquilo al clericalismo, crecieron problemas, conflictos, insuficiencias, incoherencias y realidades vergonzantes en el plano institucional interno.

Todo parecía el mejor de los mundos posibles, pero el gigantismo institucional tenía los pies de barro, frágiles como el vidrio. Era necesaria otra ecuación.

Profesor alemán. El 25 de marzo del 2005, Joseph Ratzinger hizo unas afirmaciones que atravesaron los pasillos vaticanos como si de un afilado puñal se tratara. Refiriéndose a la institución a la que él pertenecía y que Wojtyla tanto había contribuido a reposicionar, el entonces cardenal y futuro papa dijo: “¡Cuánta podredumbre! ¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia!”.

¿De qué hablaba sino de lo que sabía? Así anuncia Ratzinger una de las variables de la nueva ecuación histórica: la depuración-limpieza del clericalismo. A esta variable debe sumarse la perfilada el 19 de enero del 2004 (diálogo con Habermas), el 1.° de abril del 2005 (conferencia de Subiaco) y el 18 de abril del 2005 (homilía por la elección del Papa), conocida como la crítica a la “dictadura del relativismo” en las sociedades contemporáneas.

Bajo el nombre de Benedicto XVI, Ratzinger se concentra en desarrollar las variables de su ecuación. Para él, la crítica a la “dictadura relativista”, que continuaba la proyección histórica de Karol Wojtyla, exigía que la institución que lideraba fuese capaz de realizar una profunda autocrítica.

Ratzinger se dispuso a un gran combate, pero su propuesta era incómoda y se veía como una amenaza inaceptable al poder clerical y como una estratagema que, tras el lema “dictadura del relativismo”, escondía la intención de suprimir la diversidad y el pluralismo.

Los escándalos no tardaron en aparecer, se hicieron públicos los tortuosos y corruptos manejos de Maciel y los Legionarios de Cristo, se reveló el encubrimiento clerical de delitos sexuales, se identificaron manejos turbios e ilegales de las finanzas, Paolo Gabrieli, el mayordomo del Papa, filtró a la prensa las cartas privadas y otros documentos de Ratzinger, la caja de Pandora, a través de filtraciones e investigaciones, se abrió como si de una epidemia global se tratara.

En tales condiciones, la renuncia del Papa se produjo el 11 de febrero del 2013. El profesor alemán que inauguró la depuración del clericalismo mordió el polvo apenas iniciaba el vuelo; su ecuación saltó por los aires. Y vino Bergoglio, el Papa argentino.

Dos años no son nada. ¿Cuáles son las variables de la ecuación histórica de Bergoglio, mejor conocido como Francisco? Está claro que una de ellas consiste en profundizar la crítica al clericalismo.

En diciembre del 2014, el Papa enumera las “enfermedades” de que padece la curia romana, aplicables a otras esferas clericales y en muchos otros países.

Recuerdo algunas: “narcisismo”, “sentirse inmortal e indispensable”, “fosilización mental y espiritual”, “rivalidades y vana gloria”, “divinización de los jefes”, “indiferencia hacia los demás”, “círculos cerrados y exhibicionismo”.

Señalar estas “enfermedades” constituye la variable interna de la ecuación de Francisco, pero qué decir del impacto de su comportamiento en la globalidad del mundo. ¿Existe en ese ámbito alguna variable identificable? Por lo pronto no la veo, dos años es poco tiempo, y habrá que esperar.

Se puede especular y decir que esa variable es la oposición a los excesos del capitalismo, pero el Papa utiliza un lenguaje muy general respecto a este tema, de modo que el asunto es confuso.

Permítaseme, sin embargo, compartir la siguiente reflexión. En relación al denominado relativismo contemporáneo, Bergoglio, por momentos, parece sostener un concepto contrario al defendido durante siglos por la organización que él representa, como cuando afirma que “cada uno tiene su idea del bien y del mal, y debe elegir seguir el bien y combatir el mal como él los concibe”.

¿No es esta tesis el fundamento del relativismo? ¿En qué queda la fuente objetiva del contenido ético de la acción si cada uno elige, de acuerdo con su criterio y voluntad, lo que sea adecuado? Supongo que Bergoglio estará trabajando a fondo en este tema, y también otros relativos a la lógica económica y socio-política del mundo moderno, global, globalizado, multicivilizatorio, multicultural, desigual y violento en que vivimos.

Pero no solo Francisco lo hace, muchos otros, desde perspectivas distintas a las de él, también interactúan con estos asuntos. Entretanto, la historia universal, ese drama tejido de disfraces, dolores y alegrías, sigue su curso trepidante, ella no espera a nadie, tampoco a los papas.

Fernando Araya es escritor y consultor. Su más reciente libro es “Nietzsche: Del nihilismo a la teoría de la creatividad artística”.