Opinión

Una fecha de reflexión y compromiso

Actualizado el 08 de marzo de 2015 a las 12:00 am

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Una fecha de reflexión y compromiso

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Los esfuerzos por establecer un origen histórico preciso de esta fecha –8 de marzo– como Día Internacional de la Mujer son infructuosos. Diversas corrientes históricas, cercanas a las ideo-logías que las amparan, difieren en hechos y tampoco encontramos autoras que establezcan inequívocamente qué ocurrió un 8 de marzo de algún año específico a partir del cual es que hoy celebramos este día, de enorme significado político y cultural para las mujeres del mundo.

Un poco de investigación en acontecimientos del siglo XIX nos permite atribuir a los movimientos socialistas de mujeres, tanto de Europa como de Estados Unidos, intensas luchas por lograr el derecho a la educación, a un salario justo, al voto político y la anticoncepción. Fueron demandas comunes, juntas o por separado, de mujeres organizadas en movimientos sociales o en partidos políticos que trascienden hasta bien entrado el siglo XX.

La mas asentada y popular de las versiones apunta al mítico incendio ocurrido en una fabrica textil de Nueva York en 1908, en donde habrían muerto quemadas 129 obreras que decretaron una huelga en protesta por los bajos salarios, la jornada laboral de 12 horas y las crecientes cargas laborales. El incendio, se dice, fue provocado por el empleador dueño de la fabrica textil, llamada Cotton.

También se acepta sin mayores controversias que fue Clara Zetkin, dirigente socialista alemana, quien en la II Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas que se celebró en Copenhague, Dinamarca, los días 26 y 27 de agosto de 1910, propuso dedicar el 8 de marzo a la celebración del Día Internacional de la Mujer. Se buscaba llamar la atención de los dirigentes políticos mundiales sobre las pésimas condiciones laborales y sociales de las mujeres.

Es interesante resaltar que las pioneras de estas luchas históricas buscaban en el siglo XIX y principios del XX obtener derechos políticos (el voto) y sociales (salario igual por trabajo igual).

Conciencia de la igualdad. De la lectura de artículos y libros dedicados a estos esfuerzos de las mujeres por sus derechos más elementales, surge la evidencia irrefutable de que muchos años antes de que en 1948 Eleonor Roosevelt y otros humanistas como ella lograran la proclamación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, las mujeres éramos conscientes de ser iguales en dignidad y derechos a los varones, aunque no se nos reconociera en las Constituciones ni las leyes de los países.

Durante la segunda mitad del siglo XX, luego de que el desarrollo del derecho internacional de los derechos humanos se hiciera imparable, en el seno de las Naciones Unidas las organizaciones de mujeres lograron que se adoptaran convenciones, declaraciones, años internacionales, plataformas de acción.

Para destacar solo dos hitos históricos de este proceso, la adopción en 1979 de la Convención para la Eliminación de todas las formas de Discriminación contra la Mujer (Cedaw, por sus siglas en inglés) y la Conferencia Mundial de Pekín, cuya Declaración y Plataforma de Acción fue firmada en 1995 por 189 Gobiernos del mundo. Era la agenda de trabajo acordada por los Estados miembros de las Naciones Unidas para el pleno disfrute de los derechos de las mujeres.

No seria justo dejar de reconocer que hemos recogido algunos frutos de tantas y extenuantes luchas libradas por tantos siglos. Pero tampoco podemos aceptar que en este año 2015, el 8 de marzo sea una fecha solo para el regocijo y la celebración.

Es cierto que en los países occidentales las mujeres somos hoy titulares de derechos civiles y políticos y de derechos sociales y culturales. En los orientales de religión musulmana fundamentalista seguimos sin existir como seres humanos mínimamente respetables.

En teoría al menos, en cualquier país occidental somos ciudadanas con igualdad de derechos. Pero ¿por qué entonces en un reciente evento (la entrega de los Premios Oscar a los artistas del cine en Los Ángeles, California, una de las estrellas galardonadas levantó su voz demandando salario igual que el de sus colegas varones y fue clamorosamente secundada por una de las máximas figuras del cine contemporáneo (Meryl Streep)?

Igual que las obreras de la fábrica textilera del Nueva York de 1908, siguen hoy las mujeres trabajadoras de los Estados Unidos recibiendo menor salario por trabajo igual o superior al que realizan los hombres.

Algo similar ocurre en los demás países de cualquier hemisferio. Y no hablemos del acceso a la educación, a la justicia, al crédito, al empleo, a la salud. De nada vale que organismos financieros internacionales insistan una y otra vez en que, para salir de la pobreza y el subdesarrollo del Tercer Mundo, todo lo que hay que hacer es incorporar a las mujeres en condiciones de igualdad al mundo laboral.

Alarmantes minorías. El mundo del poder político pertenece en exclusiva al género masculino, salvo excepciones muy calificadas. Lo mismo ocurre en los altos puestos de dirección de empresas públicas y privadas. En todos los ámbitos sociales, económicos y políticos, las mujeres somos alarmantes minorías y además, mal pagadas.

A estas alturas del siglo XXI, 20 años después de la Agenda de Pekín, la discriminación persiste contra las mujeres. La igualdad entre sexos y géneros sigue siendo un ideal por el cual seguir luchando. Demoler las estructuras patriarcales es la mas cara de las utopías, pero el compromiso es seguir. Y es un compromiso que debe ser asumido y exigido a mujeres y hombres por igual.

De todas las tareas pendientes, para mujeres y hombres, la más dramática, con todo, es la de la erradicación de la violencia contra las mujeres, las niñas y los niños.

Viene de épocas remotas el fenómeno social y cultural de la violencia masculina, manifestación primitiva de poder absoluto sobre el cuerpo de la mujer que carece de cualquier valor.

Lejos de amainar, esa dramática expresión del patriarcado salvaje se acentúa y agrava en las sociedades occidentales, igual que en las mas abominables organizaciones musulmanas fundamentalistas.

Sus formas de manifestarse van desde la violencia doméstica que sufren millones de mujeres en sus hogares, de parte de quien está llamado a respetarlas, hasta la violación sexual de la que son víctimas sin distingo de edad, dentro y fuera de sus casas. Lo mismo en sus sitios de trabajo que en las calles, autobuses y plazas públicas, incluidos los campus y aulas de las Universidades.

Ahora mismo, en todos los conflictos armados que se libran en muchos países del continente africano, en el Oriente Medio, en el norte de África, en América Latina, la característica mas alarmante y común es el uso de la más salvaje e indiscriminada violencia sexual.

Lo saben los Gobiernos que se comprometen a detenerla y, al final, no hacen nada. Lo saben en las Naciones Unidas cuyo Consejo de Seguridad lleva 15 años emitiendo cada año una Resolución que llama a los Gobiernos a comprometerse con acciones concretas para detener esta pandemia.

Las sociedades del siglo XXI, de cualquier región del planeta, son aterradoramente violentas. Se buscan explicaciones en la psicología, en la sociología, en la antropología, pero nada evidencia que la situación mejore.

La misoginia, la desigualdad social, el miedo, la xenofobia, todas son explicaciones incompletas de la peor amenaza contra la paz y la seguridad internacionales. Si las mujeres no estamos seguras, no habrá paz ni democracia verdadera en ningún país de la comunidad internacional.

En este 2015, las Naciones Unidas convocan el 8 de marzo a una celebración de la Declaración de Pekín + 20 y en los días finales de febrero anterior, reunidas en Santiago de Chile, mujeres lideres de todo el mundo llamaron a la acción inmediata para la igualdad de género.

Valor y decisión, pidió la directora ejecutiva de ONU Mujeres en esa importante reunión en Chile. Un llamado urgente a quienes detentan el poder político, económico y religioso del mundo para hacer realidad el programa de acción de Pekín, los principios de la Cedaw y su Protocolo de Belém do Pará. Veremos si desde el poder lo acatan los hombres, lo exigimos las mujeres y si entre todos, unidos, hacemos que el mundo efectivamente empiece a cambiar.

Será el mejor compromiso que en este 8 de marzo del 2015 pueden asumir los gobernantes del mundo, las mujeres y los hombres de cada país. Será la mejor celebración que podremos ofrecer a las pioneras de nuestras luchas y a las jóvenes generaciones de mujeres y hombres del siglo XXI.

Elizabeth Odio fue magistrada de la Corte Penal Internacional y es profesora emérita de la Facultad de Derecho de la Universidad de Costa Rica.

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