Opinión

La fatiga del superhéroe

Actualizado el 29 de septiembre de 2013 a las 12:05 am

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La fatiga del superhéroe

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Ha sido la bandera de Estados Unidos a lo largo del siglo pasado y hasta hoy: la idea de que el ADN de la nación incluye el destino manifiesto de ser el gendarme del mundo, siempre dispuesto a intervenir allá donde haya un conflicto que hace peligrar la democracia y los derechos humanos.

En plena campaña electoral que le dio la segunda victoria a Barack Obama, los republicanos hicieron suyo el ideario de la “excepcionalidad”, que hace de los estadounidenses garantes de la estabilidad mundial, en contraposición con un presidente que parecía haber abandonado el ímpetu de ir a apagar fuegos ajenos. A fin de cuentas, en buena medida la primera victoria de Obama se debió a su promesa de sacar sus tropas de los avisperos de Irak y Afganistán.

Por eso, cuando recientemente el mandatario se dirigió a la nación para insistirle a un Congreso dividido y a una sociedad reticente de que no renuncia a la posibilidad de castigar al Gobierno sirio por sus crímenes contra la humanidad, sorprendió que recurriera al discurso de sus adversarios políticos. Obama hizo énfasis en el Americanexceptionalism , ese “deber moral” del pueblo elegido para frenar los atropellos que se cometen en otras partes del planeta. Palabras que invocaban el sentimiento colectivo de que Estados Unidos posee una intrínseca superioridad ética que lo obliga a patrullar la paz mundial como ocurrió en la Primera y la Segunda Guerra Mundial, si bien es verdad que a regañadientes.

Pero Obama se ha tropezado con un país muy distinto al de hace unos diez años, cuando George W. Bush intervino en Irak convencido de que la democracia se podía trasplantar como una planta exótica forzada a echar raíces en tierras extrañas. Y ha tenido que ser su Némesis, el presidente ruso Vladimir Putin, quien ha echado por tierra la narrativa de una potencia que se ve como Luke Skywalker frente a los imperios del mal.

Superioridad moral. En un artículo publicado en el New York Times que ha levantado ampollas,Putin, un ex KGB que arremete contra los separatistas chechenos y promulga leyes antigays que reviven los fantasmas de los pogromos, le vino a decir a su homólogo estadounidense que basta del cuento de la superioridad moral, pues en la realpolitik no hay tal cosa. Y es, precisamente, Putin, con su sofocante aliento de Darth Vader, quien se ha erigido como puente de su aliado, el gobernante Bashar el Asad, para avanzar en un acuerdo que garantizaría el desarme del arsenal químico sirio y el statu quo del régimen.

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En una columna publicada en un revista de política internacional, el analista ruso Fyodor Lukayanov ha defendido la estrategia del Kremlin argumentando que, a diferencia de los estadounidenses, “quienes no han aprendido nada desde Vietnam”, los rusos, recelosos de su derrota en Afganistán y el avance de un islamismo radical, que no confunden con visiones románticas de primaveras árabes , “han sido más sabios” y han abandonado la pulsión internacionalista de la Guerra Fría.

Mientras se suceden las reuniones para buscar una solución que evite un ataque que cuenta con pocos adeptos, a pesar de los resultados “abrumadores” del informe de la ONU que demuestra el uso letal de armas químicas en las afueras de Damasco, el 21 de agosto Obama y toda la nación se acomodan a su nuevo papel: Superman se muestra fatigado. La kryptonita ha hecho mella en el superhéroe. O sea, un final que parece escrito por Henry Kissinger, otro estratega convencido de que EE. UU. no es esencialmente diferente a otros países, aunque sea más grande y poderoso. La diferencia es cuantitativa, no cualitativa.

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