Ni Steve Bannon, ni Sean Spicer, ni ningún otro consejero de Trump ha descubierto el agua tibia

 5 septiembre

He notado con mucha curiosidad diversos artículos de opinión, en estas últimas semanas, hablando de un “nuevo” movimiento social bautizado “antifa”. Me resulta impresionante, puesto que recuerdo perfectamente una bandera negra y roja de Antifaschistische Aktion ondeando en una marcha a la Asamblea Legislativa por ahí del 2012, aunque preguntarse si tenía mucho sentido que estuviese allí es otro tema.

Considero que una de las funciones importantes de una ciencia social es tener una memoria clara de eventos históricos y de los conceptos adecuados para categorizarlos, so pena de creer que se está ante un evento nuevo cuando este ya se ha dado en el pasado.

Por ello, me parece que no tiene sentido alguno hablar del “recientemente fundado movimiento antifa”, de la “posverdad” o de “hechos alternativos”, cuando la propaganda existe al menos desde las historias difamatorias de la corona británica anglicana en contra de la Inquisición española en la llamada Leyenda Negra, si no es que muchísimo antes. Ni Steve Bannon, ni Sean Spicer, ni ningún otro consejero de Donald Trump ha descubierto el agua tibia.

Viejo conocido. Como decía al principio, el movimiento antifa no es nada nuevo sino que se remonta al surgimiento del fascismo. Al definirse por oposición a este, vale preguntarse cómo identificar al fascismo. Desde las ciencias sociales es un tema complicado y de debate, especialmente porque como ideología política carece de una base teórica bien desarrollada, a diferencia del liberalismo o el comunismo.

No por esto deja de ser un movimiento histórico y político claramente identificable, y por tanto hay que evitar la tentación de referirse como “fascismo” a cualquier grupo que utilice la fuerza para imponer una visión de mundo: no eran fascismo ni los reinos medievales, ni la Unión Soviética, ni la España de Franco, ni el Chile de Pinochet.

Lo que si puede hacerse es buscar las características en común de los regímenes fascistas históricos, como lo sugiere Umberto Eco en Ur-Fascismo, regímenes como la Italia de Mussolini, Alemania nazi, Japón Showa, Croacia Ustacha o Hungría de la Cruz Flechada.

Otros más. También existen hoy en varios países europeos lo que se denomina como partidos de la derecha radical, los cuales en muchos casos tienen continuidad histórica o inspiración en estos regímenes, como el Amanecer Dorado de Grecia o el Movimiento Nacional Socialista de Dinamarca. Precisamente el término alt-right, que se utiliza actualmente en Estados Unidos para englobar a grupos como el Ku Klux Klan, neonazis y diversos votantes de Trump, nació para separar a estos grupos del mainstream de la derecha estadounidense, neocon y reaganiana; y para recalcar la influencia de los partidos de derecha radical europeos en el alt-right.

No es para nada sorprendente que el deseo de resistencia y organización que sienten diversos grupos minoritarios actualmente en Estados Unidos tome inspiración de un nombre (Acción Antifascista –Antifa) y un símbolo (dos banderas ondeando, diseñadas por Max Keilson y Max Gebhard) que aparecieron por primera vez para enfrentarse al fascismo histórico original en la Alemania de 1930 y que resurgió en ese mismo país entre otros, y se ha mantenido vivo desde los años ochenta como forma de resistencia ante el crecimiento de fuerzas etnocentristas y ultranacionalistas.

Antes mencioné que no creo para nada en existir en una nueva época posverdad, pero creo que definitivamente sí está cambiando algo, cuando el discurso parece indicar que el rechazo al fascismo es algo nuevo y reprobable.

El autor es politólogo.