Opinión

La fascinación turca de Putin

Actualizado el 17 de agosto de 2016 a las 12:00 am

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La fascinación turca de Putin

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BRUSELAS – Ten cuidado con los zares que traen regalos. Este es un valioso consejo para el presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, ahora que él intenta sacar provecho de su cercanía con el presidente de Rusia, Vladimir Putin, en las relaciones que su país sostiene con Occidente.

La reunión de Erdogan con Putin en San Petersburgo celebrada este mes, supuestamente, se centró en hacer las paces después de que Turquía derribara un avión de combate ruso cerca de la frontera con Siria el año pasado. Pero el Kremlin parece ver la visita como una oportunidad para convencer a Erdogan para que “gire hacia el Oriente” y se una a Rusia, así como también a China y los países de Asia Central, en una especie de hermandad de autocracias. La pregunta central es si Erdogan realmente planea aceptar dicha oferta.

Por supuesto que Erdogan presentó un espectáculo junto con Putin, en el que se vertieron promesas de amistad y cooperación. Al poner en escena este show, Erdogan envió a sus aliados occidentales –quienes han criticado la detención de miles de presuntos opositores, entre ellos muchos periodistas, después del fallido golpe militar del mes pasado– un poderoso mensaje: “No los necesito”. Putin, por el contrario, fue el primer líder mundial en pedir apoyo para el gobierno de Erdogan tras el golpe, lo que quizás explique por qué Rusia fue el primer destino al cual viajó Erdogan después de que se asentó el polvo de la revuelta.

Es cierto, es probable que Erdogan simplemente haya estado capturando una oportunidad ideal para impulsar la seguridad de la región y de la propia Turquía. Al fin de cuentas, nadie está interesado en que Turquía y Rusia anden enfrentados –y quien tiene el menor interés entre todos es la OTAN–.

No obstante, sería sorprendente si Erdogan no hubiese deseado causar nerviosismo entre sus aliados de la OTAN. Y, en ese cometido, Erdogan sí tuvo éxito. Como mínimo, la Unión Europea (UE) necesita que Turquía continúe, tal como se estipula en el acuerdo alcanzado en marzo, deteniendo el flujo de refugiados que llega a sus fronteras; por lo tanto, toda señal de que Erdogan pudiese estar girando en una dirección que vaya en contra de Europa es motivo de grave preocupación.

Sin embargo, puede existir más que un simple acercamiento entre Erdogan y Putin. Si Erdogan realmente está buscando profundizar la relación de Turquía con Rusia, a expensas de sus lazos con la UE y Estados Unidos, tal como algunos advierten que está ocurriendo, esto equivaldría a un realineamiento geopolítico de fundamental importancia. Pero este parece muy poco probable.

El Kremlin tiene gran interés en el deterioro de las relaciones de Turquía con sus socios occidentales. Putin ha hablado abiertamente sobre su oposición a las políticas de la OTAN –en particular a su papel en los países fronterizos con Rusia–. Ya que para Putin los derechos humanos, el imperio de la ley o la democracia tienen poca o ninguna importancia, cuando él observa los encontronazos entre los líderes de la UE y EE. UU. con Erdogan con respecto a la represión que este último ejerció tras el golpe, debe percibirlos como una oportunidad de oro para debilitar a la OTAN.

Otra de las razones por las que Rusia está dispuesta a extender una mano de amistad a Turquía es el conflicto en curso en Siria, en el que el Kremlin ha intervenido militarmente para salvaguardar al régimen del presidente sirio Bashar al-Asad. Putin necesita una victoria en Siria –y una ruta de escape–. A tal efecto, tiene que lograr que Erdogan, quien ha estado suministrando armas y apoyo a los rebeldes sunitas, a quienes, a su vez, la fuerza aérea rusa persigue y desea cazar, cambie de lado y se una al de Rusia.

Sin embargo, los argumentos a favor de un giro de Turquía hacia el Oriente son mucho más débiles. Es cierto que Turquía necesita a los turistas rusos para reforzar su economía en dificultades. No obstante, todo beneficio económico que Rusia pueda ofrecer se ve achicado cuando se lo compara con los beneficios que proporciona la UE, un socio comercial y empresarial de importancia crítica que ha sido indispensable en la conducción de la modernización de Turquía. Añádase a todo ese escenario, el historial que tiene Putin como socio poco fiable, y queda claro que, si bien una mejor relación con Rusia puede traer consigo beneficios para Turquía, Erdogan no puede darse el lujo de abandonar los lazos que tiene su país con Occidente.

Pero, a pesar de que entrar en la órbita de Putin sería un error estratégico por parte de Erdogan, muchísimos líderes han cometido errores estratégicos anteriormente. Esta es la razón por la que los próximos meses, en los que Turquía y la UE van a discutir a fondo temas polémicos, son de suma importancia.

La represión después del golpe de Erdogan está lejos de ser la única fuente de tensión entre Turquía y Occidente, en especial con la UE. Turquía insiste en la exención de visados para los ciudadanos turcos que visitan la UE, exención que fue prometida por los gobiernos de la UE en el mes de enero pasado y que se debería concretar este año. No obstante, debido a que Turquía hasta la fecha no cumple con las condiciones acordadas, incluida la revisión profunda de su legislación contra el terrorismo, puede que esto no suceda. Además, se debe agregar que este es un desenlace que se hizo aún más probable por la tentativa de golpe de Estado. Como resultado, el acuerdo de migración del mes de marzo ahora pende de un hilo.

Para trazar un camino a seguir que conduzca hacia el futuro, se necesita con urgencia un diálogo prolongado entre la UE y Turquía. En lugar de permitir que Erdogan utilice su relación con Putin para manipular a sus aliados de la OTAN, los países de Occidente –y la UE en especial– deben condenar, ahora más claramente que nunca, su acelerado desplazamiento hacia la autocracia. Deben hacerle comprender que su camino actual aleja a su país de su adhesión a la UE y podría costar a Turquía algunos de los vínculos económicos de los que depende.

Para Erdogan, ha llegado el momento de tomar una decisión. O renueva el compromiso que tiene su país sobre una relación de estrecha colaboración con la Unión Europea –con toda la prosperidad que ello supondría– o continúa empujando a Turquía hacia un futuro de despotismo y aislamiento, en el cual Erdogan recibiría una ocasional llamada reconfortante desde el Kremlin, y prácticamente nada más que eso. No hay mucho que pensar para elegir. Por el bien de los ciudadanos de Turquía, uno espera que Erdogan vea esto.

Guy Verhofstadt, ex primer ministro de Bélgica, preside el grupo Alianza de los Liberales y Demócratas por Europa (ALDE) en el Parlamento Europeo. © Project Syndicate 1995–2016

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