3 marzo, 2014

Se sabe que materia y energía son conceptos indisolublemente unidos, dos caras de una misma realidad. Cuando muere un ser vivo, la materia aparentemente inerte tiene una cualidad energética, la cual se transforma y sirve para el ciclo de la vida. Por eso, el panteísmo de Spinoza, bien entendido, no es un pensamiento tan disparatado. La cadena alimenticia es un recordatorio inexorable de esta realidad. De lo que llamamos “muerte” se nutre lo que entendemos como “vida”. La próxima vez que usted coma una hamburguesa, no olvide que –en el mejor de los casos– está masticando una vaca muerta que alguna vez pastó, y que, sin consciencia de sí misma, miraba plácidamente el horizonte. Desde un punto de vista energético y físico, la muerte es algo relativo. Esto, claro está, sin consideraciones individuales subjetivas y psicológicas, matizadas por una visión antropológica o religiosa.

Pregunta lógica. He confesado en artículos anteriores ser católico; sin embargo, prescindamos de la fe para efectos de este artículo. Asumiendo hipotéticamente que después de la vida humana (breve, muy breve) existe una dimensión distinta que podríamos llamar “espiritual”, o distinta de la materia como la conocemos, y pensando, además, que la muerte es solamente una transición de un escenario a otro, con continuidad de identidad individualizada, la pregunta lógica subsiguiente, para evitar discusiones teológicas, no sería si hay castigo o retribución por lo que se hizo en esta tierra, sino que lo que cabe cuestionarse es si es posible una comunicación entre ambos mundos.

Mi padre me aseguró que la señora que lo cuidó siendo un niño, lo visitó una noche en su cuarto y la notó muy seria. Esto sucedió al mismo momento en que su nana acababa de morir a unos 50 kilómetros de distancia. ¿Se estaba despidiendo? A raíz de ello, mi papá y yo acordamos que quien muriese primero le avisaría al otro si existía vida después de la muerte. Luego de la misa de novenario de mi papá, que murió de cáncer cuando yo tenía 13 años, y de una forma que no puedo explicar racionalmente, sentí su presencia en mi habitación, pero no tuve miedo, y, de seguido, un golpeteo en mi brazo derecho que solamente él me daba como señal de afecto. ¿Sugestión o visita? No puedo asegurarlo ni negarlo.

Un colega vio a un hombre de barba que se veía melancólico durante una fiesta en un apartamento. El avistamiento fue fugaz y le comentó lo sucedido al anfitrión. Todos guardaron silencio al narrar la descripción. Se trataba exactamente de un inquilino que se suicidó en ese lugar y que, según dicen, aparece en el inmueble situado en un barrio histórico josefino.

Historias de fantasmas. Probablemente, ustedes, estimados lectores, tengan en su haber sus propias historias de fantasmas, algunas provienen del folclore popular y otras son experiencias propias sin explicación.

Cuando no se trata de un timo, o de una mala broma, no cabe duda de que suelen ser vivencias excepcionales que zarandean el sistema de creencias de quien las vive. El pensamiento racional empuja a creer que, a veces, lo que uno estima imposible puede suceder, y viceversa. No estamos obligados a tener todas las respuestas.

Personalmente me niego a aceptar que la existencia no tenga un propósito de trascendencia, y siento que es absurdo que la evolución cerebral homínida carezca de un sentido. O ¿será que, simplemente, expreso el temor consuetudinario a la incertidumbre? No lo sé. ¿Qué piensa usted?

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