Opinión

Sea famoso antes de enfermarse

Actualizado el 30 de agosto de 2014 a las 12:00 am

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Resulta que se murió don Robin Williams. Aunque no era particularmente afecto a su estilo actoral, lamento el hecho como el que más. Los medios de comunicación nos infligen una sobredosis informativa, merced a la cual tenemos el expediente clínico de todas sus afecciones psíquicas y físicas. No pasará un año antes de que Hollywood nos venda un insulínico biopic de su vida destrenzada por las drogas, la depresión, el párkinson, acaso también las hemorroides, la caspa, la halitosis, qué sé yo (¡oigo ya los ensiropados solos de violín de John Williams!).

Todo ello, profusamente documentado, con testimonios desgarradores de sus médicos, esposas, los niños enfermos que visitó, asumiendo de manera conmovedora su rol de Patch Adams. Saldrán 546 biografías no autorizadas del pobre señor, cuyo calvario consistió en ganar millones de dólares, vivir en una mansión, cobrar una fortuna por la más anodina celebrity interview , recibir óscares, vender tabloides y firmar autógrafos el día entero.

¡Cielo santo, que lo canonicen! ¡Propónganlo, ya mismo, para integrar el martirologio de la cristiandad, al lado de los grandes supliciados: San Sebastián acribillado de flechas, o Santa Lucía, a quien arrancaron los ojos por profesar públicamente su fe!

Mundillo de la farándula. Insólito, el mundillo de la farándula. Una y otra vez –tal una mala serie de televisión–, la misma historia. Nuestro nuevo santo laico se convertirá en una mercancía: camisetas con su cara estampada, relojes, calcomanías, máscaras, narices “a lo Patch Adams”, su filmografía completa, una “milk-shake Robin”, miles de “impersonators”, un nuevo trofeo de la academia “to the nicest guy ever” con el que serán consagrados –peculiar categoría– los especímenes más simpáticos de “la fábrica de los sueños”. Y aseguro –repito: aseguro– que pronto surgirá una religión abocada al culto de Williams, análoga al chucknorismo o el presliterismo (devoción por Chuck Norris y Elvis Presley, respectivamente), con sus miracolati, sacerdotes y pitonisas debidamente acreditados. Ese es el manicomio-burdel-parque de diversiones-simulacro de mundo en que vivimos.

Pero lo más triste de todo será esto. El tratamiento del sida no se convirtió en una prioridad médica hasta que Rock Hudson murió en 1985. El párkinson no empezó a ser abordado seriamente hasta que Michael J. Fox se declaró públicamente afectado por la dolencia.

El alzhéimer no suscitó interés hasta que Rita Hayworth decidió honrar la afección, muriéndose de ella en 1987. La volátil combinación de antidepresivos y alcohol no se convirtió en alerta universal hasta que el chofer de Lady Di, jugando a los carros chocones en París, se estrelló contra un poste, acabando con la princesa que perseguía “por el cielo de Oriente la libélula de una vaga ilusión” (Darío).

Hollywood y la medicina. Tal parece que la comunidad médica mundial solo reacciona cuando mueren los “rich and famous”. ¡Deberían darle el Premio Nobel de Medicina a Hollywood! ¡Es el mayor generador de investigación científica que el mundo conoce, al día de hoy! Solo el “star system” es capaz de movilizar a los fabricantes de vacunas, y demás pócimas de circulación más o menos restringida, en nuestros días.

No me limitaré a decir que, mientras tanto, cientos de niños mueren de un simple catarro en Tuvalu (¿sabemos siquiera dónde queda el país en cuestión?) Estoy harto de que el mundo asuma que solo los niños sufren y mueren. Igual se retuercen de dolor y agonizan, en la intemperie física y social, los adultos y ancianos, y su martirio no me parece menos atroz. Salvo por un puñado de misioneros del linaje de Albert Schweitzer, esto no preocupa a nadie. Muertes sin glamour , sin tremendismo, sin impacto mediático. Muertes no rentables. ¿Sucumbir al paludismo, en una remota islilla polinesia, sin haber jamás obtenido un Óscar, o generar sensacionales titulares con inusitados merodeos amorosos? ¡Qué falta de clase! ¡Qué mal gusto! ¡Qué fracasos de taquilla! ¡No hablemos de ellos! ¡Insectillos anónimos, criaturas sin rostro, seres tan ajenos a nosotros como podrían serlo los habitantes de un asteroide de Alfa Centauri!

La depresión es un lujo. Ahora nos anuncian que el suicidio del señor de marras generará una conciencia planetaria sobre la gravedad de la depresión psíquica, y disparará la investigación médica sobre la afección por excelencia de las celebridades. Vayan a preguntarle a un habitante de Gaza si está deprimido. ¡Cuando la prioridad es capearse la próxima granada, o saltar a la más cercana trinchera, nadie se permite deprimirse! Es un lujo la depresión. Enfermedad de las sociedades occidentales prósperas y boyantes. Igual: vayan a ver cuántos adolescentes padecen de anorexia o bulimia en Botsuana. ¡Para experimentar la incontrolable compulsión de comer o de vomitar constantemente, es preciso que haya comida disponible! Ahí donde la preocupación consiste en encontrar el siguiente mendrugo, o arrastrarse hasta una barricada a fin de evitar un proyectil, la depresión, la anorexia o la bulimia –se lo garantizo– no son siquiera concebibles. Hay que tener mucho tiempo libre, para deprimirse, y supermercados rebosantes de comida, para ceder a los trastornos alimentarios.

Hay 39 enfermedades incurables cuyo tratamiento ha sido declarado perentorio por la Organización Mundial de la Salud. Nadie mueve un dedo por asistir a quienes las padecen. ¿Qué nos queda, entonces? Pues desear, de todo corazón, que 39 prima donnas se mueran de ellas. Tal parece, no habrá otra manera de que la comunidad médica las tome en serio. Lo que no vende periódicos, no existe, y quien no es famoso, no sale en los periódicos. La medicina solo se ocupa de los famosos. Ergo, sea famoso antes de enfermarse, y escoja bien su enfermedad: ¡debe ser suficientemente notoria para generar titulares!

Y, si piensa suicidarse, organice el trámite de la manera más macabra y retorcida, que, de lo contrario, nunca ganará un Óscar póstumo, ni vivirá esos diez minutos de celebridad a los que, según Andy Warhol, todos tendremos derecho en un futuro cercano.

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