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La familia escogida

Actualizado el 10 de mayo de 2014 a las 12:00 am

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El gran escritor y periodista chileno José Donoso Yáñez afirmó alguna vez algo así como que debajo de las máscaras, si se escarba, lo que se encuentra es otra máscara. Alguien podría encontrar en ello una referencia a la vida inauténtica, a la que aludió Martin Heidegger; sin embargo, ese no es el punto de mi referencia.

Socialización. Lo que quiero comunicar es que es mayor el fingimiento que el verdadero interés acerca de las cosas, de tal manera que a pocas personas realmente les importa con sinceridad lo que nos acontece, a pesar de que socialmente estamos predispuestos a expresar una disposición de empatía por los demás. Se trata más de una ratificación de socialización que de un afecto genuino, en la mayoría de los casos. Esta dinámica es por demás necesaria para la convivencia pacífica de los seres humanos como especie.

Cuando nacemos, eso es una realidad consumada, nos corresponde un entorno dado, en el cual tampoco tuvimos posibilidad de elección. En consecuencia, independientemente del modelo de familia en que nos haya tocado estar insertos, con todas las variantes posibles imaginables, vamos a aprender a amar en la medida en que nos amen, al menos hasta que logremos la adultez emocional e intelectual, y podamos disponer de nuestras decisiones conscientes.

Se impone la salvedad, en este punto del artículo, de que me llevo muy bien con mi núcleo familiar originario, con sus subidas y bajadas. Gracias a Dios, el amor filial es verdadero en mi caso, pero no aspiro a afirmar que ello siempre ocurra en todas las familias, ni a pontificar que sea la regla, ni, mucho menos, a declarar que se aplique a todos los miembros de la familia extendida o por afinidad. No es ningún secreto que dentro de una parentela se dan actos de crueldad que nadie jamás pensó que podrían suceder, incluso, entre enemigos.

Pero la vida separa... cada miembro de la familia inicial crece y se dirige hacia sus propios caminos. Esto conlleva a menudo que la cohabitación se vuelva intermitente, pero quedan las fotos familiares, las reuniones en las fechas especiales, un pasado común y los invisibles nexos del cariño.

Amigos. Entonces, nos damos cuenta de que, en el día a día, estamos casi siempre solos. Algunos forman sus propias familias a través del matrimonio o de alguna forma de convivencia, otras personas no, pero, en todo caso, viene una segunda etapa en la que sí podemos escoger otra familia, la cual elegimos cuidadosamente: los amigos y las amigas reales, es decir, no ocasionales, por interés o factores coyunturales. Se trata de esa segunda familia que se selecciona bajo un criterio de libertad, con base en intereses comunes y afinidades posibles.

No hay fórmulas para calcular la economía de las relaciones humanas. A veces, el agrado, o lo opuesto, carece de una lógica, pero la persistencia del afecto desinteresado es lo más parecido a un tesoro que se pueda encontrar.

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