Opinión

El falso retrato del padre Chapuí

Actualizado el 13 de diciembre de 2013 a las 09:32 am

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El falso retrato del padre Chapuí

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Nunca había visto un retrato del padre Chapuí. Incluso, los di por inexistentes. Pero, justo un mediodía, Milo Junco me sorprendió: tocó el timbre de mi oficina y, cuando salí, me dio un sobre con una fotografía impresa de un “retrato del padre Chapuí” firmado por “Bigot”. No quiso pasar a la oficina, y solo me dijo: “Le traje este regalo”. Mi primera y única reacción fue decirle: “Pero él nunca estuvo en la catedral, no había diócesis”, ante un leyenda en su parte inferior: “Canon de la Sta. Cat. M. Sn J. Sr. Pro. Manuel Ant. Chapuí de Torres”.

Precisamente, hace algunos meses publiqué en este espacio (LN 10-07-2013) que el padre Chapuí falleció en 1783, época en que la catedral no existía; fue en 1850, 67 años después de su fallecimiento, cuando se creó la diócesis de San José.

Ya sentada en mi escritorio, pude leer, al dorso de la impresión, la dedicatoria para mí, según la cual el cuadro apareció entre los bienes atesorados en la iglesia de Nuestra Señora del Carmen. En mi gran ignorancia, estaba feliz: yo creía tener ante mí el rostro de un hombre sin cuya existencia quizás la configuración social de nuestro país sería muy distinta, pues San José se pobló sin grandes terratenientes, con pequeños propietarios que, haciéndole caso al padre, aceptaron su herencia y el reto de irse a vivir en los terrenos que, en las cercanías y lejanías de “la campana”, fueron haciendo grande la villa que se transformó luego en ciudad.

Me puse a fantasear, creyendo, incluso, que el cuadro había sido pintado con base en la tradición oral: habrían sido las viejitas que iban a misa las que lo habían descrito (al escribirlo, ¡me apena el estereotipo!). Viendo los detalles de la escritura que lo daban por párroco de la catedral, llegué a pensar que algún ignorante se lo había agregado después, de buena fe, solo para identificarlo, porque ese tipo de escritura se hacía en el siglo XVII y no en el XIX, y estaba bastante feíta la caligrafía…

Curiosa como soy, comencé a indagar sobre el pintor: un extraordinario retratista que yo desconocía. Aquiles Bigot, francés nacido en 1809 y fallecido en 1884. Siete cuadros suyos tienen sitio de honor en el Salón de Expresidentes de la Asamblea Legislativa: Bruno Carranza, José María Alfaro Zamora, Francisco Morazán, José Rafael Gallegos, Manuel Aguilar, Juan Rafael Mora Porras y Tomás Guardia Gutiérrez. Algunos le atribuyen los cuadros de Francisco María Oreamuno y José María Castro Madriz, pero el curador de la Asamblea Legislativa registró estos dos como “anónimos”.

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Bigot llegó a Costa Rica en 1862. Solo ese dato hace del supuesto cuadro de Chapuí uno falso, pues está datado en 1850. A esto podemos agregar que, definitivamente, los brochazos del falso Chapuí no tienen la belleza del cuadro de monseñor Thiel, del palacio arzobispal, ni la expresión de los retratos de los expresidentes. Como si fuera poco, la firma tampoco coincide. No es que está medio mal hecha: ¡es que no coincide del todo! Por eso, afirmo que el cuadro cuya fotografía tan amablemente me regaló Milo Junco es falso.

Así las cosas, vuelve a mi mente aquel “escándalo” que, como todos aquí, duró tres días: los cuadros falsos en las colecciones del INS y la CCSS, y los de Louis Féron que, siendo escultor, nunca pintó en Costa Rica.

En el 2003, Doriam Díaz y Carlos Arguedas escribieron: “Un paisaje oscuro se pinta sobre el arte costarricense. Casi sin trascender, obras de reconocidos pintores nacionales están siendo sustraídas de casas o falsificadas para venderlas en el mercado negro”. No es este el caso. Nadie me estaba vendiendo un cuadro. Simplemente, me regalaron una foto de un óleo, de un mal cuadro, hecho por un ignorante y peor pintor.

Según Milo, el cuadro “apareció” en la iglesia del Carmen, pero en la iglesia me aseguraron que allí no está. Al preguntarle a Milo por la vía telefónica, me dijo que él no sabía quién tenía el cuadro y que a él le regalaron la foto, que duplicó para obsequiármela.

Escribo estas líneas para recordar que el mejor lugar para un cuadro falso es el basurero, y, sobre todo, para alertar sobre el mercado de obras falsas que hay en en el país.

Yo, por mi parte, seguiré pensando que el rostro el padre Chapuí debe ser, sencillamente, el de un hombre bueno.

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