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La falacia del instinto maternal

Actualizado el 25 de agosto de 2012 a las 12:00 am

Hacen pasar por natural lo que se impone mediante mecanismos sociales y culturales

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La falacia del instinto maternal - 1
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La falacia del instinto maternal - 1

En un artículo de opinión publicado en La Nación, el 23/08/12, titulado “El instinto materno existe”, el filólogo Víctor Hurtado me acusa de dar al traste con “numerosas investigaciones hechas por neurólogos y antropólogos, para quienes el deseo de engendrar hijos y cuidarlos es innato en la gran mayoría de las mujeres”. Esto, por haber afirmado, en una entrevista que me hizo el periodista Alonso Mata para este mismo diario (Aldea Global, 18/08/2012), que “no existe una maternidad natural ni un instinto maternal ni paternal; son instituciones construidas para sacar adelante a las nuevas generaciones”. Es decir, porque afirmo que el llamado “instinto maternal” forma parte de la sorprendente variedad de instituciones sociales y culturales creadas en distintos momentos históricos por los seres humanos, a partir de relaciones de poder y en función de intereses.

El caso del mandato social para las mujeres implícito en la naturalización del “instinto materno” forma parte, como dijera la antropóloga Gayle Rubin (1986), de “las fetichizadas indignidades que se han infligido a las mujeres en diversos lugares y tiempos”.

En otras palabras, es una de las herramientas con las que se busca estabilizar la arbitraria división de los seres humanos en los géneros masculino y femenino, cuyos “encargos”, también distintos para hombres y mujeres, se materializan en la división sexual del trabajo.

No me defenderé de tal acusación. Me declaro “convicta y confesa”, como José Carlos Mariátegui. Sin embargo, aprovecho la oportunidad para refutar el enfoque biologista que, a partir de una supuesta “ciencia objetiva”, en este caso, la neurología o las neurociencias, busca esencializar uno de los pilares de la condición subordinada de las mujeres. Es decir, para hacer creer que su estatuto es inevitable e irreversible, y no un producto cultural e histórico.

Problema epistemológico. Este debate no es nuevo en el marco del trabajo científico. Es el de la vieja interacción entre naturaleza y cultura. Y así como el señor Hurtado cita algunos estudios que, según él, “ratifican el instinto materno”, yo podría citarle decenas de otros que, desde la filosofía y las teorías feministas, los estudios de género, la historia, la antropología, la sociología, la biología, las neurociencias y los estudios culturales, encuentran todo lo contrario.

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Por eso, lo primero que ha llamado mi atención es el salto con garrocha que realiza para brincarse varios siglos de producción científica y filosófica –¿habrá leído, acaso, a Simone de Beauvoir?–, para revivir de entre los muertos la idea de que “la anatomía es el destino”.

Para ello recurre a un cándido, pero falaz, silogismo: “las hembras mamíferas tienen instinto maternal”, “las mujeres son mamíferas”, ergo, “las mujeres tienen instinto maternal”. O, dicho por él mismo, también, en forma de pensamiento circular: “quien juega con muñecas revela instinto maternal”, “desde la infancia, las niñas revelan la tendencia a jugar con muñecas”, ergo, “desde la infancia las niñas revelan instinto maternal”.

Se trata, en realidad, del fenómeno social de la profecía autocumplida, planteada desde las ciencias sociales (Goffman, Garfinkel, Berger, Luckmann). En este caso, las niñas terminan jugando con muñecas porque la sociedad las domestica incluso desde antes de nacer, al designarles ciertos nombres, colores y vestimenta y, luego, las entrena con juguetes muy específicos para inculcar en ellas “el impulso innato a engendrar y a cuidar hijos”. Es la misma lógica falaz, pero conveniente para el pensamiento conservador masculino, que llevó al senador republicano y antiabortista Todd Akin a afirmar, para repudio de la razón humana, que cuando una mujer es “verdaderamente” violada, su cuerpo de manera “natural” impide que se concrete una fecundación.

Y en esto consisten, precisamente, la coacción y la coerción social planteada por Durkheim, o la violencia simbólica propuesta por Bourdieu: hacer pasar por “natural”, por “sentido común”, lo que en verdad es impuesto mediante una serie de herramientas y mecanismos sociales y culturales. Probémoslo a la inversa: ¿cómo reacciona la sociedad hacia un niño que se interesa por muñecas o por los vestidos “para niñas”?

Curiosamente, el señor Hurtado nunca explica por qué, simultáneamente a esta naturalización que hace del “instinto materno”, también afirma que “el deseo de engendrar hijos y cuidarlos es innato en la gran mayoría de las mujeres”. Debemos suponer, parece, que las millones de mujeres que no quieren tener hijos e hijas; que conciben, pero deciden abortar; o que los tienen, pero los maltratan, y las infanticidas, son aberraciones genéticas de la especie... Habría que ver la desviación estándar...

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Históricamente, con contadas excepciones masculinas, la filosofía racionalizó la subordinación y exclusión de las mujeres –misoginia –, ubicándolas en el campo de la naturaleza y del “instinto”, mientras que a los hombres los colocó en la dignidad de la cultura y de la razón.

Ahora, el señor Hurtado renuncia al pensamiento reflexivo y se refugia en la verdad positivista de una biología que partiría las aguas de la ciencia.

Rendido a los pies de cierta neurociencia, parece haber declarado la muerte de las ciencias sociales. Así, las preguntas críticas sobran, pues todas las respuestas están dictadas por la mecánica cerebral. Especialmente cuando la morfología del cerebro convierte en “real”, “fija” y “a-histórica”, es decir, en mágica, una relación de poder que no es favorable para las mujeres.

Pero la abundante evidencia empírica e histórica que, parafraseando a la filósofa española Celia Amorós, sustenta mi crítica a la razón patriarcal del señor Víctor Hurtado, amerita otro comentario.

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