La falacia ‘ad naturam’

Combatir el homosexualismoimplica barajardiversos sofismas

Últimas noticias

La homosexualidad no es algo para estar o no estar de acuerdo. Es, y punto. ¿Se pronunciaría uno de acuerdo con un arcoíris, las cataratas del Niágara o una tempestad en mitad del océano? Ahí están: eso es todo. Algunos las juzgarán sublimes, otros aberrantes, y, ¿saben qué?, la verdad es que lo que ustedes –como yo– pensemos no les importa a los arcoíris, cataratas o tempestades. Seguirán siendo lo que son: no necesitan nuestra autorización, nuestra bendición para ser.

Pero siquiera conviene, cuando se adopta una línea argumentativa, no caer en paralogismos, en falsos razonamientos. Uno de ellos: la homosexualidad es anti-natural. En primer lugar, el aserto es falso: como bien sabemos, la homosexualidad, la bisexualidad y el hermafroditismo son frecuentes en el reino animal (no menos de 1.500 especies: desde primates hasta parásitos intestinales, pasando por aves, mamíferos, reptiles y peces).

Pero eso no es esencial, porque a ello cabría contra-argumentar: ¿no valemos nosotros más que un parásito intestinal? Lo esencial es lo siguiente: quien invoca a la naturaleza como paradigma, como modelo de todo cuanto es bueno y “normal” (lo que se pliega a una norma), quien la decreta maestra absoluta en todos los parámetros de la conducta humana y la propone como arquetipo para la emulación, olvida un punto axial.

Civilización y cultura. ¿Qué es eso que llamamos “civilización” y “cultura”, sino un lento, progresivo, irreversible divorcio del ser humano respecto de la naturaleza? Un distanciamiento que comenzó hace seis mil años, cuando el Tigris y el Éufrates “inventaron” la civilización. Lo propio del ser humano ha consistido en separarse de la naturaleza, en constituir una especia de contra-natura: eso es justamente la cultura, eso es la civilización. Nuestra verdadera naturaleza, a estas alturas, no es la de Tarzán, es la cultura. Como decía Baudelaire: “Puesto que lo característico del ser humano es alejarse de la naturaleza, ¿no debería de considerársele tanto más natural cuanto más se aleje de ella?” La cultura no es “la segunda naturaleza” del ser humano, es ya la primera.

Esto nada tiene que ver con los ecocidios y la devastación que hemos sembrado en el planeta: eso es, por supuesto, reprensible, y pagaremos por ello (Dios perdona siempre; los hombres, a veces; la naturaleza, nunca). Aunque jamás hubiésemos talado un árbol, el hecho es que lo propio del ser humano es salir del “estado de natura” (Hobbes), ese donde “el hombre es el lobo del hombre”, y crear una serie de normas convivenciales (el contrato social de Rousseau, el Estado de derecho, la Declaración de los Derechos Humanos, etc.)

Así que no: la naturaleza no puede ser “consultada” cada vez que tenemos que decidir si lo que vamos a hacer es bueno o malo. Porque la naturaleza no es buena ni mala, es éticamente neutra. Bueno o malo solo podría serlo un ser dotado de capacidad de discernimiento ético, y ella no lo tiene. ¿Cuál es la ley natural (la primera, la antonomástica)? La sobrevivencia del más apto y la perpetuación de los propios genes (“la voluntad de perseverar en el ser” –la llamaban Spinoza y Unamuno–). Y, para cumplir con esta ley, la naturaleza no es compasiva: aplastará a los débiles, asegurará la prevalencia de los fuertes y eliminará a los individuos con menor capacidad de adaptabilidad y destrezas de sobrevivencia. Madrastra, más bien, que madre. Aniquilará al individuo y se preocupará tan solo por la especie. El león devora a la cebra más vieja y valetudinaria: es natural, ¡y les aseguro que lo hace sin el menor miramiento, y sin consultar la Declaración Universal de los Derechos Animales antes de asestar el zarpazo! Muy bien: ¿es así como queremos vivir? ¡Pues, entonces, la naturaleza no puede ser nuestro paradigma, y bien hemos hecho en divorciarnos de ella!

Muy por el contrario, muchas religiones –de manera notoria, el cristianismo– han propugnado la ética de la caridad, la solidaridad, la protección al débil, al desamparado. La proclama de “igualdad, libertad y fraternidad”, el imperativo categórico de Kant, la ética de Spinoza, de Lévinas, la Declaración de los Derechos Humanos son, en algunos puntos (¡no en todos!), reformulaciones laicas de los principios cristianos. Aun el modelo social propuesto por Marx comparte con la doctrina cristiana aspectos significativos. Las bienaventuranzas, de Jesucristo, ¿no son la negación misma de la ley de natura? Privilegiar al débil, socorrer al frágil, preservar de la extinción al enfermo, amar y proteger justamente a aquel que menos generosamente ha sido dotado por natura (el “pobre de espíritu”). Bella y novel concepción ética del mundo. Lejos estoy de decir que la homosexualidad sea una debilidad que deba movernos a compasión. Sostengo, simplemente, que, si rigiésemos nuestras vidas según el modelo “natural”, la convivencia sería inconcebible.

Nada podría ser más barbárico que someternos a una especie de darwinismo social: la selección natural. Es decir, exterminar a los débiles. En este punto –¡y por fortuna en tantos otros!– está claro que el ser humano le dice “no” a la naturaleza. Lo anterior nos lleva a esta paradoja: la naturaleza, en su “proyecto” evolutivo, ¿habría “previsto” esa contra-natura que es el ser humano, que viene a negar su mandato fundamental (la selección natural)? ¿Una especie de ruptura, de punto de regresión? ¡Porque la Declaración de los Derechos Humanos no tiene absolutamente nada de natural!

Invocación inaceptable. Así, pues, invocar la naturaleza como principio para estructurar una moral –sistema de prohibiciones– o una ética –modelo propositivo– es completamente inaceptable. Lo que Moore llama a naturalistic fallacy. La conducta sexual del ser humano no debe ser normada según sedicentes “principios naturales”. ¿Qué es natural, y qué no lo es? ¿Lo serán la felación y el cunnilingus? Pues no sé: corramos a ver Animal Planet para ver qué nos permiten los bichitos hacer, o qué nos instan a no hacer. ¿Nos dedicaremos, entonces, a imitar los ritos de apareamiento del bisonte americano, copularemos como el ornitorrinco australiano, seguiremos el ejemplo del dragón de Komodo? ¡Es justo en el terreno de la sexualidad donde el ser humano – ¡cuánto lo celebro!– se aleja más palmariamente del mundo animal!

Aun las relaciones que censuramos como “puramente animalísticas” –moralismo rigorista y excesivo– están sazonadas por el ludus , la imaginación, la seducción, la poesía, la posposición del gozo, la ritualización del acto, el atavío, la anticipación, la administración del placer… ¡mil delicias específicamente humanas, de las que jamás sería capaz un babuino!

Quienes han combatido el homosexualismo lo han hecho a menudo barajando sofismas de orden ético, religioso, biológico, filosófico. Ya los iremos discutiendo. Si la homosexualidad es, en efecto, una degenerescencia, una aberración, una patología colectiva, entonces habría que concluir que la Naturaleza –madre incapaz de otra cosa que perfección, emblema mismo de Sabiduría– es falible: pifia, emborrona, falla notas, tuerce renglones.

¡Si tal es el caso, conozco enfermedades mucho más nocivas y pandémicas: la intolerantiae morbus , la primera de ellas! ¡Temible virus para el cual no se ha encontrado aún vacuna!

Soy intolerante con los intolerantes, fanático contra los fanáticos, juzgo a los que juzgan y –sobre todo– condeno a los que condenan.

Rellene los campos para enviar el contenido por coreo electrónico.

Enviar:

Noticia La Nación: La falacia ‘ad naturam’