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El factor Chernóbil en la crisis de Ucrania

Actualizado el 24 de abril de 2014 a las 12:00 am

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El factor Chernóbil en la crisis de Ucrania

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LOS ÁNGELES – Veintiocho años después de que estallara su planta nuclear de Chernóbil, Ucrania enfrenta otro tipo de espectro nuclear: la posibilidad de que los reactores del país se conviertan en blancos militares en caso de una invasión rusa. Al hablar en la Cumbre de Seguridad Nuclear en La Haya, en marzo, Andrii Deshchytsia, el ministro interino de Relaciones Exteriores de Ucrania, citó la “potencial amenaza para muchas instalaciones nucleares”, si los acontecimientos se deterioran al punto de desatar una guerra abierta.

A principios de este mes, Ihor Prokopchuk, el embajador de Ucrania ante la Agencia Internacional de Energía Atómica, hizo circular una carta a la Junta de Gobernadores de la organización advirtiendo que una invasión podría generar una “amenaza de contaminación por radiación en el territorio de Ucrania y el territorio de los Estados vecinos”. En Kiev, la respuesta del Parlamento de Ucrania fue instar a los monitores internacionales a ayudar a proteger las plantas mientras el Gobierno intenta impulsar sus propios esfuerzos.

¿Las preocupaciones de Ucrania son una simple hipérbole –una “calumnia maliciosa”, como lo define el Kremlin– o deberíamos tomarlas en serio? Para el Gobierno de Ucrania, la angustia es real. Hasta los ucranianos nacidos después de 1986 pueden imaginarse cómo sería un desastre como el de Chernóbil, si tuviera lugar una contienda armada.

La historia no sirve de mucha ayuda para determinar si los países en guerra evitarían atacar las instalaciones nucleares. Con la excepción del conflicto de los Balcanes de 1990, no se libraron guerras contra o dentro de países con reactores nucleares. En el caso de los Balcanes, aviones del Ejército serbio sobrevolaron la planta de energía nuclear de Krško, en Eslovenia, en un gesto amenazador al inicio del conflicto, mientras que los nacionalistas radicales serbios reclamaban ataques para liberar contenidos radiactivos.

La propia Serbia más tarde exhortó a la OTAN a que no bombardeara su gran reactor de investigación situado en Belgrado. Afortunadamente, la guerra terminó con los reactores intactos.

Si bien este caso ofrece cierta garantía de que los líderes militares y políticos lo pensarán dos veces antes de atacar reactores nucleares, la mera escala de la iniciativa nuclear de Ucrania exige una preocupación global mucho mayor. Hoy, 15 plantas que se están volviendo obsoletas proveen el 40% de la electricidad de Ucrania. (Ucrania cerró varios reactores que operaban cerca del reactor dañado de Chernóbil hace años). Concentrados en cuatro ubicaciones, los reactores de agua presurizada de Ucrania difieren del diseño RBMK menos estable de Chernóbil, pero, aun así, podrían liberar contenidos radiactivos, si las salvaguardas fallaran.

Dado que Rusia también se vio seriamente afectada por el accidente de Chernóbil, es de esperarse que el Kremlin recule ante la idea de bombardear las plantas intencionalmente. Pero la contienda armada está plagada de accidentes y de errores humanos, y, si se llegara a atacar una planta nuclear, podría producirse una fusión nuclear.

Una pérdida total de corriente alterna, por ejemplo, podría ser un motivo serio de preocupación. Aunque las plantas nucleares son generadores copiosos de electricidad, también requieren energía eléctrica de otras fuentes para funcionar. Sin esa energía alterna, las bombas de refrigeración dejarán de funcionar y el flujo de agua que enfría el núcleo del reactor –que es necesario inclusive cuando el reactor está apagado– se verá interrumpido.

Para evitar ese riesgo, las plantas nucleares mantienen grandes generadores de emergencia a diésel, que pueden operar durante días –hasta que se acaba el combustible–. Las fusiones de los reactores en la central de Fukushima Daiichi en Japón, en el 2011, demostraron lo que pasa cuando se interrumpe la energía primaria y de emergencia.

Estas vulnerabilidades plantean interrogantes preocupantes en el supuesto caso de una guerra. Los combates pueden alterar el funcionamiento de las plantas de corriente alterna o las líneas de transmisión que abastecen al reactor, y también podrían impedir que el combustible diésel llegue a la planta para reponer los generadores de emergencia. Los operadores podrían abandonar sus puestos, si estallara la violencia.

Es más, los combatientes podrían invadir las plantas nucleares y amenazar con un sabotaje para liberar elementos radiactivos a fin de intimidar a sus oponentes. Otros podrían refugiarse allí, creando una situación peligrosa. Un fallo del mando militar y del control, o la neblina de guerra, podría provocar un bombardeo de las plantas.

Una contaminación radiológica seria podría derivar de estos escenarios. Y, aunque nadie se beneficia con una liberación radiactiva, si estalla la guerra, debemos anticiparnos a lo inesperado.

En Ucrania, las emisiones nucleares podrían superar a las de Chernóbil y Fukushima. Las condiciones de guerra impedirían que los equipos de emergencia llegaran a una planta afectada para contener las emisiones radiológicas, si fallaran las contenciones de los reactores. Y, considerando que los servicios del Gobierno estarían interrumpidos en medio de los combates, los ciudadanos civiles que intentaran escapar de la contaminación radiactiva no sabrían qué hacer o adónde ir para protegerse.

Estos riesgos podrían ser razón suficiente para que el presidente ruso, Vladimir Putin, lo pensara dos veces antes de ordenar una invasión militar de Ucrania. Pero, en el caso de que estallara la guerra, los combatientes deben hacer todo lo posible para mantener el conflicto alejado de los sitios nucleares y de las fuentes de corriente alterna que los alimentan.

Los operadores de las plantas deberían acopiar combustible diésel para mantener en funcionamiento los generadores de emergencia, y realizar tareas de revisión y mantenimiento de los generadores para asegurar que estén listos para empezar a funcionar.

En el caso de que la contienda armada se librara en los cercanías de los reactores, Occidente debería estar preparado para transportar fuerzas a fin de asegurar las plantas y mantener los generadores en funcionamiento. Y, en el caso de una fusión, Occidente debería alentar a ambos Gobiernos a iniciar un cese del fuego para hacer frente al desastre. En vista de lo que está en juego, no estar preparado para lo peor no es una opción.

Bennett Ramberg, analista de políticas en la Oficina de Asuntos Político-Militares del Departamento de Estado norteamericano durante la presidencia de George H. W. Bush, es el autor de Destruction of Nuclear Energy Facilities in War, y Nuclear Power Plants as Weapons for the Enemy. © Project Syndicate.

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