Opinión

Sobre la evolución de la pobreza

Actualizado el 12 de noviembre de 2009 a las 12:00 am

 Este Gobierno hizo mucho más que otros, pero frente a la crisis no ha hecho lo suficiente

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La presentación de los resultados de la Encuesta de Hogares 2009, donde el INEC entrega datos sobre pobreza y desempleo, ha dado lugar a una controversia entre oposición y Gobierno demasiado marcada por la contienda electoral. En ese contexto, como demuestra la última entrega del Informe del Estado de la Nación, tiene mayor cuota de razón el Gobierno que sus críticos, pero tampoco tiene aquel la razón completa.

Tiene mayor cuota de razón el Gobierno, sobre todo si hacemos una lectura rigurosa de los datos. El crecimiento de la pobreza no alcanza el punto porcentual, pasando del 17,7% al 18,5%; es decir, un 0,8%, algo que en medio de la crisis económica hace de nuestro país uno de los que mejor controla sus negativos efectos sociales. Sin embargo, además, hace falta recordar que estamos hablando de un Gobierno que logró romper el estancamiento que por quince años había situado la pobreza por encima del 20% del total de hogares. En pocas palabras, la situación social ha evolucionado bastante mejor con este Gobierno que con los anteriores, también en medio de la crisis.

Faltó previsión. Pero el Gobierno no tiene la razón por completo, porque si bien ha hecho mucho más que otros, no ha hecho, frente a la crisis económica, todo lo que podía hacer. Y acontecimientos recientes nos han demostrado que hacer mucho pero no lo suficiente, deja las cosas demasiado a disposición de la rueda de la fortuna: si tenemos suerte nos va bien, pero en caso contrario nos puede ir fatal.

Para evitarlo, lo mejor es prever planificadamente los escenarios posibles. Eso fue precisamente lo que tratamos de hacer cuando preparamos el Plan Escudo ante los primeros indicios de la crisis financiera mundial. Sin embargo, este Plan fue concebido originalmente con una lógica que se fue perdiendo en su proceso de ejecución.

En primer lugar, fue pensado inicialmente para resolver algunos de los vacíos que presentaban nuestros programas selectivos respecto al combate de la extrema pobreza. Eso era claro en programas exitosos, como Avancemos, con el cual no llegábamos a los más pobres pues muchos de ellos no han conseguido concluir el nivel de estudios primarios, condición básica para ser beneficiario del programa. Sin embargo, esta orientación selectiva se perdió en buena medida en la ejecución del Plan Escudo.

Lo anterior se inscribía también en un cambio de estrategia de intervención: había que pasar de un combate contra la pobreza de tipo “ventanilla”, que espera a que los pobres lleguen, a una acción decidida para ir en su búsqueda. Quiénes son, con nombre y dirección, los más pobres entre los pobres.

Claro, eso necesita de un fuerte soporte técnico de información, como sistema integrado, algo que se ralentizó considerablemente, entre otras razones, por la menor capacidad estratégica de articular los otros programas que no dependen del IMAS, al que además se le pasó por completo el programa Avancemos. Hay que recordar que la mayor experiencia del trabajo indispensable que realiza el IMAS es la de actuar principalmente contra demanda.

Lo que se pudo evitar. Por poner una metáfora conocida: en la segunda mitad jugamos con el viento en contra y con mucha menos energía orgánica. Y mi juicio es que lo primero era inevitable, pero lo segundo sí lo era.

De hecho, el diseño inicial del Plan Escudo suponía evitar el crecimiento de la extrema pobreza, que es precisamente donde nos ha ido peor. Porque lo verdaderamente preocupante de los últimos datos, es que el ligero incremento de la pobreza global se basa en el incremento de la extrema pobreza, que pasa del 3,5% al 4,2%, lo que significa en torno a diez mil hogares más extremadamente pobres. Por supuesto, no estoy desconociendo que la evolución de la pobreza tiene lugar en el contexto económico y sobre todo del mercado de trabajo. Siempre insistiré en que el mejor remedio contra la pobreza es la creación de empleo decente. Pero ello necesita complementarse con programas selectivos de lucha contra la pobreza, de la mayor consistencia técnica y altamente priorizados en el plano político. Algo que debe traducirse tanto en un incremento de la inversión social como en un uso eficaz de esta, porque también lo segundo (una gestión integrada, un sistema amplio de información, una arquitectura institucional adecuada, etc.) refleja la alta priorización que otorga el Gobierno a la lucha contra la pobreza, precisamente en tiempos de crisis.

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