Opinión

Hacia una evaluación emancipadora

Actualizado el 11 de febrero de 2015 a las 12:00 am

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Para evaluar la educación, primero es necesario definir la calidad educativa. Pablo Gentili, secreta-rio ejecutivo del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (Clacso), con quien coincido, considera que la calidad educativa es un atributo del derecho a la educación. Esto significa, dice, que se debe “poner en el centro del debate la política educativa y la pregunta sobre el sentido de la educación”.

Derecho a la educación. Al respecto, es importante aclarar que el derecho a la educación trasciende el acceso, la matrícula y la permanencia en el sistema. Incluye las oportunidades de aprendizaje del acto educativo, que involucra la interrelación del aprendiente, el docente, y el medio social, cultural y biológico.

Un sistema educativo desigual, que deshonra el derecho equitativo a la educación, no es de buena de calidad, independientemente de los resultados del estudiantado en pruebas estandarizadas nacionales e internacionales. Un sistema educativo que segmenta y expulsa a sus estudiantes no es de buena calidad. Uno que se empeña en imponer competencias “universales” de forma no pertinente con el entorno familiar, cultural, político y social no es de buena calidad. En palabras de Gentili: “Este proceso de homogeneizacioìn de saberes tiene poco que ver con la calidad de la educacioìn”.

No necesariamente es de buena calidad un sistema educativo que ocupe lugares altos en los ránquines. Tal como apunta la Dra. Imma Tubella i Vasadevall, exrectora de la Universitat Oberta de Catalunya, UOC, esta práctica, más bien, trae consigo numerosas críticas en cuanto a la falta de transparencia que la caracteriza y porque se ha mantenido al margen de los rápidos cambios que se gestan en la educación superior y las universidades. Sobre todo, advierte, hay que cuidar la interpretación y uso que se da a sus resultados.

En relación con todo lo apuntado anteriormente, Gentili es lapidario cuando dice que evaluar o calificar a partir de un conjunto de competencias, y luego organizar un ranquin, “significa pasteurizar, empobrecer y transformar el debate de la calidad de la educacioìn en algo banal, pero tecnoloìgicamente complejo”.

Tampoco es de buena calidad un sistema educativo que se vea a sí mismo en relación con criterios impuestos de manera externa, o que se califique con miradas externas obligadas, pues termina adaptándose paulatinamente a visiones ajenas. Sufre lentas metamorfosis, alejándose de su esencia, para acabar respondiendo a los intereses de quien diseña las evaluaciones, selecciona los criterios y escoge los ítems. En este punto, me apresuro a acotar que los criterios y las miradas externas son muy enriquecedoras cuando son aspiraciones, se solicitan y se escogen, no cuando son imposiciones.

Espejismo. Parece, entonces, que estamos ante un espejismo. En realidad, y a pesar de los esfuerzos que se hacen, la evaluación actual sobre la calidad de la educación es engañosa. Al contrario de lo que plantea Gentili, hemos sacado la política educativa y el sentido de la educación de la agenda y la discusión sobre la calidad.

También hemos adoptado evaluaciones y calificaciones ajenas, de manera automática y acrítica, cediendo a presiones externas cuyos fines no tenemos muy claros, pero de los que terminamos dependiendo.

La buena noticia es que hay formas alternativas para aquilatar la calidad educativa de manera más transparente, y que conduce a la emancipación. Los resultados de una evaluación emancipadora pueden orientar a los países hacia la comprensión de los factores que inciden en el acceso a la educación y en las oportunidades de aprendizaje, y que arrojen luz sobre los caminos para mejorar la calidad. El mismo Gentili habla del Consejo Asesor de las Metas 2021 de la OEI, en el cual él participa, y en el que hace un tiempo se debaten formas de cómo evaluar la calidad desde una perspectiva política diferente a la que habitualmente se utiliza.

Voluntad política. Pero, claro, una evaluación alternativa, emancipadora, debe ser pensada, creada, diseñada y probada. Y se requiere una enorme voluntad política para aceptar que la evaluación actual es un espejismo que genera dependencia, y que hay que avanzar en nuevas direcciones buscando la emancipación.

Por eso, también coincido con Gentili cuando dice: “No me preocupa tanto que auìn no se haya desarrollado un sistema de evaluacioìn alternativo. Me preocupa que los países no se planteen tenerlo”.

La autora es catedrática de la Universidad de Costa Rica.

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