Opinión

La estratagema asiática de Abe

Actualizado el 08 de agosto de 2014 a las 12:00 am

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La estratagema asiática de Abe

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CAMBERRA – Como el mundo está produciendo más hechos históricos de los que la mayoría de nosotros podemos consumir ahora mismo, resulta fácil perder de vista acontecimientos recientes que podrían tener consecuencias para la paz y la estabilidad a largo plazo, mayores incluso que los alarmantes acontecimientos habidos en la Ucrania oriental, en Gaza, y en Siria e Irak. El resultado de las negociaciones nucleares con Irán, el cambio de dirigentes en la India y en Indonesia, dos de las tres mayores democracias del mundo, y la revitalización del grupo de los importantes Estados no occidentales BRICS (el Brasil, Rusia, la India, China y Sudáfrica) pueden ser, todos ellos, factores de cambio.

Pero la demostración de fuerza de Japón con el gobierno del primer ministro Shinzo Abe puede ser incluso más importante. A no ser que todos los interesados lo controlen cuidadosamente, incluidos los Estados Unidos y otros aliados estrechos de Japón en la región de Asia y el Pacífico, la renovación por parte de Abe de la política exterior japonesa podría socavar los frágiles equilibrios de poder que han frenado hasta ahora la rivalidad chino-americana.

Japón tiene razón de estar preocupado por la nueva reafirmación regional de China y, en ese marco, es comprensible el reciente impulso diplomático de Abe para fortalecer las relaciones con el Asia suroriental, y con Australia y la India. Tampoco deja de ser inherentemente razonable –pese a la oposición en su país y en el extranjero– que su gobierno intente reinterpretar el artículo 9 de la Constitución de Paz de Japón para que le permita una mayor participación en las operaciones colectivas de autodefensa y cooperación militar con sus aliados y socios.

Pero se deben reconocer abiertamente los riesgos que todo ello entraña. La oposición a cualquier señal de renacimiento del militarismo japonés es permanente en el Asia nororiental. Abe es un nacionalista intensamente conservador, todavía profundamente reacio a aceptar el grado de culpa de Japón en la Segunda Guerra Mundial (aun reconociendo, como lo hizo en Australia recientemente, “los horrores de la historia del siglo pasado” y presentando sus corteses condolencias por “las muchas personas que perdieron la vida”).

Su negativa a descartar visitas futuras al Santuario de Yasukuni, con su contiguo Museo de Yushukan ensalzador de la guerra, fomenta el escepticismo intransigente en China. También hace mucho más difícil la causa común con Corea del Sur y aumenta el riesgo de que las disputas territoriales y marítimas se vuelvan explosivas.

Menos advertidas, pero posiblemente más importantes a largo plazo, han sido las gestiones de Japón para reformar los acuerdos regionales de seguridad, que durante mucho tiempo han tenido tres elementos fundamentales. Primero, ha habido las alianzas radiales de los Estados Unidos con Japón, Corea del Sur y Australia (y las menos rígidas con Singapur, Tailandia y Filipinas). China acepta y comprende dichas alianzas, aunque no le entusiasmen.

En segundo lugar, hay medidas nacionales de defensa, fomentadas por los Estados Unidos y encaminadas cada vez más a la consecución de una mayor capacidad para valerse por sí mismo, en caso de que el ascenso de China llegue a ser una amenaza militar. China también lo ha aceptado con bastante calma, aunque no siempre sin protestar, por lo que no ha socavado el continuo crecimiento de las relaciones económicas bilaterales que todos los países de esa región están desarrollando con China.

Por último, ha habido diálogos multilaterales sobre seguridad –el Foro Regional de la Asean y, ahora, la Cumbre del Asia Oriental, los más destacados de ellos– encaminados a ser medios de creación de confianza, y prevención y gestión de conflictos. Hasta ahora, esos mecanismos han representado promesas más que hechos, pero no porque hayan faltado medidas continuas para atribuirles mayor influencia.

Pese a lo mucho que se ha hablado del traslado a Asia del “eje” de los Estados Unidos en política exterior, anunciado por el presidente Barack Obama en el Parlamento de Australia en noviembre del 2011, los delicados equilibrios que entraña esa estructura básica han cambiado poco durante decenios, pero ahora Japón, con el apoyo a las claras de Australia en particular, parece decidido a cambiar el equilibrio estableciendo, como contrapeso de China, una relación de alianza mucho más densa con ciertos socios.

A comienzos de este mes, Abe habló repetidas veces en el Parlamento de Australia de la nueva “relación especial” con este país, terminología normalmente utilizada para referirse a las asociaciones de alianza más estrechas, y, después de ese discurso, firmó un acuerdo para la transferencia de equipo y tecnología de defensa.

El primer ministro de Australia, Tony Abbott, que a comienzos de este año calificó a Japón de nuestro “mejor amigo en Asia” y a la vez “un aliado firme”, ha aceptado encarecidamente el lenguaje de la “relación especial”. Consumó las muestras de cariño expresando su admiración por “la destreza y el sentido del honor” de los submarinistas japoneses que murieron al atacar el puerto de Sydney en 1942, al tiempo que se limitaba a decir de la agresiva guerra lanzada por Japón, y las atrocidades en ella cometidas, que “disentimos de lo que hicieron”.

Todavía no hemos visto intento nuevo alguno de restablecer el “diálogo cuatripartito de seguridad” entre Japón, Australia, Estados Unidos y la India, que realizó maniobras militares conjuntas en el 2007 y China consideró una hostil empresa de contención, pero no resulta difícil imaginar que sigue ocupando un puesto destacado en la lista de deseos de Abe.

No se deben exagerar los peligros, pero –al ser tan delicada la competencia estratégica entre Estados Unidos y China, y estar los intereses económicos de Australia, Japón y muchos otros países de la región tan intensamente vinculados con China como sus intereses en materia de seguridad lo están con los Estados Unidos– los cambios bruscos entrañan riesgos graves.

Los países como los nuestros deben adoptar una postura clara cuando China se propase en el exterior (como lo ha hecho en el mar de la China Meridional con su indefendible “línea discontinua de nueve trazos”, con la que afirmó sus derechos históricos sin justificación alguna desde el punto de vista del derecho internacional). Lo mismo es aplicable cuando China no se comporta como un buen ciudadano internacional en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, o en caso de que cometa violaciones atroces de los derechos humanos en su territorio.

Pero debemos ser prudentes y no pasar de adoptar posturas a tomar partido en la región en medida mayor de la que ha sido la norma durante decenios. Kishore Mahbubani ha sostenido recientemente que debemos reconocer que en China, como en otras partes, se está produciendo una importante lucha interna entre intransigentes y moderados. En la medida en que así sea, la política inteligente de todos los Estados de la región consistirá en hablar y actuar de modo que ayude a las palomas y no aliente a los halcones.

Gareth Evans fue ministro de Asuntos Exteriores de Australia, de 1988 a 1996, y presidente del Grupo Internacional de Crisis, entre el 2000 y el 2009. © Project Syndicate.

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