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El espejismo del cambio por el cambio

Actualizado el 25 de abril de 2016 a las 12:00 am

En buena medida, individuos y sociedades nunca dejamos de ser lo que hemos sido

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El espejismo del cambio por el cambio

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Entre los muchos conceptos, clichés incluidos, y deseos presentes en nuestro diario vivir, eso de que el hoy sea sustancialmente distinto del ayer se lleva la palma, sobre todo en el ámbito de la política. Así lo reclama la mayoría de la gente o, si se prefiere, de los ciudadanos de a pie, aquí y en otras partes del mundo, particularmente cuando van a votar –a veces, también con “b”– a sus gobernantes.

En principio, no podría ser de otra manera: el hombre no tiene naturaleza –un ser definido y estático de una vez para siempre–, sino historia. Así lo afirmaba Ortega y Gasset. Y remataba con que, por eso mismo, nuestras vidas son biográficas, más que biológicas.

Dicho de otro modo: el hombre es mudanza, movimiento, y sus metamorfosis arrastran consigo las transformaciones de la realidad, de su rededor. Y es que el bicho humano somete el medio a él, mientras que los demás seres vivientes se adaptan al medio o fenecen.

Una creencia absurda. Hasta aquí, todos de acuerdo…, supongo. Pero donde el amor se enreda es en esa creencia, actualmente en boga –falsa y absurda–, de que todo lo ido, lo viejo, el pasado, por el solo hecho de serlo, es ya un grave fardo, un lastre, un enorme obstáculo para el avance cuantitativo y, peor aún, cualitativo de individuos y sociedades. Una posición muy típica de la izquierda menos sensata.

Se trata, pues, de una especie de “petición de principio”, que, en buena lógica, resulta siempre una falacia. En plata blanca: una soberana imbecilidad que, como tantos otros lugares comunes y estereotipos, pasa factura.

En contraste con este reiterado tópico de nuestros días, el poeta castellano Jorge Manrique escribía en el siglo XV: “Recuerde el alma dormida,/ avive el seso y despierte/ contemplando/ cómo se pasa la vida,/ cómo se viene la muerte/ tan callando,/ cuán presto se va el placer,/ cómo, después de acordado,/ da dolor;/ cómo, a nuestro parecer,/ cualquiera tiempo pasado/ fue mejor”.

Una elemental prudencia indica que ni lo uno ni lo otro: ni una incondicional defensa del ayer, ni una visceral condena y ruptura con él…, así: a priori , porque sí, por narices.

Importancia del pasado. Marco Tulio Cicerón, en el siglo I a. C., decía que la historia es “testigo de los tiempos, luz de la verdad, vida de la memoria, maestra de la vida y mensajera de la antigüedad”. Únicamente eso…, ahí es nada.

Ciertamente, el político, escritor y orador romano lo tenía clarísimo: no se puede ignorar el pasado, como si nunca hubiera existido, pues gravita, fuerte, sobre el presente. En buena medida, individuos y sociedades nunca dejamos de ser lo que hemos sido. Y es que pasado, presente y futuro son, simplemente, tres diferentes momentos de un mismo proceso. Algo parecido a lo que ocurre con ese binomio inseparable “vida-muerte”: la vida, desde su inicio, es ya la muerte.

Cicerón dio en el clavo al catalogar la historia como “luz de la verdad” y “maestra de la vida”. Esencialmente, eso. La gente y los políticos deberían hoy tener muy en cuenta estas incontrovertibles definiciones. El quid de muchos de los fracasos de la clase política, y de las consecuentes decepciones ciudadanas, estriba en olvidar el magisterio del ayer, en creer que la historia comienza, desde cero, con el “líder” o el Gobierno de nuevo cuño, o con esas “nuevas” ideas al uso, que, en cuanto a “nuevas”, solo el nombre tienen.

Atracción subyugante. Y es aquí donde el “cambio”, como palabra y como concepto, ejerce una atracción subyugante en el enmarañado mundo de la política, aunque, al final del camino, termine siendo un rotundo fiasco. Se cotiza alto en la bolsa de las expectativas e ilusiones de los ciudadanos despistados, que son la mayoría. El político, por su parte, sabe bien que ese es el abracadabra que podría garantizarle el triunfo. ¡Miel sobre hojuelas!

En política, el cambio se presenta engañosamente como una panacea infalible. Eso lo saben bien los candidatos a gobernar y sus asesores de imagen. No hay campaña en la que la palabreja de marras no sea la indiscutible y brillante prima donna de los eslóganes.

Aquí van estas frases –transcritas textualmente– utilizadas en época electoral por varios partidos de España y de algunos países latinoamericanos: “La fuerza del cambio”, “Súmate al cambio”, “El cambio”, “Cambia”, “Por el cambio”, “El cambio a la uruguaya”, “El cambio seguro”, “Grandes cambios”, “Empieza el cambio”, “El Gobierno del cambio”, “El cambio que une”, “Impulsa el cambio”… y, así, ad nauseam o, en cristiano, hasta la náusea.

Peor que antes. Lo tragicómico de todo esto es que, a fin de cuentas, gracias al dichoso cambio, individuos y países quedan peor que antes. Ejemplos sobran. La lección es muy simple: hay que eliminar los errores del pasado y perfeccionar lo que tiene de bueno, que es mucho. Ese sería un cambio eficaz y beneficioso. La pretensión de eliminar de un plumazo el ayer, combatiéndolo, poniéndose de espaldas a él, por considerarlo una perniciosa rémora y causa de todos los males de hoy, no cambia nada, sino que agrava los problemas.

Y algo más: por lo general, esa actitud “revolucionaria”, contestataria, antisistema, propia de los “indignados” más encolerizados, pero, sobre todo, de la gente de izquierda, especialmente la de la izquierda extrema, se la hace aparecer con ínfulas de novedad y originalidad.

Francisco Álvarez, en su obra El reto de la mediocridad, explica: “Ocurre, sin embargo, las más de las veces, que detrás o más allá de la protesta no hay nada, nada que valga la pena llamarse propio y original, y que, por ende, pueda enfrentarse dignamente con lo antiguo; la protesta se agota en la pura negatividad; a lo más, lo positivo de la protesta es también un no”. Y Sócrates dijo: “El secreto del cambio es concentrar toda tu energía no en la lucha contra lo viejo, sino en la construcción de lo nuevo”. Sobran los comentarios.

El mejor resumen de todo esto lo hizo indirectamente, hace poco, el ministro de Asuntos Exteriores de España, José Manuel García Margallo, en un intercambio de opiniones, cargado de inteligente ironía y elegante mala leche, con el diputado de extrema izquierda Pablo Iglesias, del partido Podemos.

“¿Sabe usted –pregunta Margallo a Iglesias– por qué Colón era el primer socialista radical? Porque, cuando salió, no sabía adónde iba; cuando llegó, no sabía dónde estaba; y todo con el dinero de los demás”. Aplausos. ¡Bravo! ¡Brillante!

Desventurado despiste. Ese desventurado despiste es el mismo de quienes promueven el cambio por el cambio: los socialistas radicales, precisamente, y sus compañeros de viaje y demás tontos útiles. Quienes pagan el pato son los ciudadanos, pues eso de que el cambio no sea real, sino un espejismo, un engaño y retroceso, le encabrona a cualquiera. En serio.

El autor es filósofo.

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