Estoy seguro de que los españoles superarán esta, la más grave crisis de su democracia

 21 octubre

Robo para el título estas palabras de Neruda, llenas de emoción como tantas otras me robaré en este artículo para expresar lo que siento. No solo lo que pienso y creo, también lo que siento. Y nada siento más que tener que coger palabras publicadas hace exactamente 80 años, cuando aquel pueblo llevaba hasta sus últimas consecuencias su pulsión cainita, esa que Dámaso Alonso plasmó en Hijos de la ira. Porque hoy, aunque la gran mayoría, a uno y otro lado del Ebro, anhela sosiego y concordia, las minorías que más gritan, la supremacista catalana que presume de distinciones genéticas y la franquista española que canta el Cara al sol, cual “monstruo sin ojos / divina voluntad se sueñan”. Así son siempre los imbéciles.

A tan grave situación se ha llegado, no solo por el irresponsable oportunismo de unos políticos que han echado mano del nacionalismo como hoja de parra para tapar su corrupción y thatcherismo. Hay algo más profundo aún, algo ya advertido por Ortega cuando abordó el fenómeno del separatismo en España invertebrada: España ya no ilusiona y, por eso, tampoco cohesiona.

Es una madre de la que casi todas sus élites reniegan y vituperan, sean catalanes o de cualquier otra región de España. Es como si Cánovas tuviera razón con aquello de poner en el primer artículo de su Constitución: “Son españoles los que no pueden ser otra cosa”. Entre sus intelectuales y artistas, sobre todo de izquierdas, hay una especie de discurso oficial que dicta (que hay que decir) que España es poco más que un muladar. Seguramente, a ello contribuyeron (junto al acelerado desmembramiento del que fuera un imperio descomunal) los fracasos institucionales posteriores a la Constitución de Cádiz; sobre todo, la dictadura franquista y el catolicismo pacato y casposo que los aisló por medio siglo de Europa occidental.

Algo muy parecido ocurre a este lado del Atlántico, en la América hispanohablante. Renegamos de esa madre en su propia lengua. Y haciéndolo la encarnamos. Porque como decía Borges en su poema España: “Podemos olvidarte / como olvidamos nuestro propio pasado, / porque inseparablemente estás en nosotros, / en los íntimos hábitos de la sangre, / en los Acevedo y los Suárez de mi linaje…”.

Ortega decía que el español que no conoce América no conoce España. Al revés ocurre lo mismo. El latinoamericano que ha vivido en España sabe que aquello es como visitar la casa de la abuela; encontrar en cada acento, en cada sabor, en cada dicho, en las miserias y en las genialidades de ese pueblo, en sus sueños y en sus temores, el eco antiguo de los nuestros.

En el ADN. Llevamos a España no solo en los genes, en la piel, sino también en nuestro ADN cultural, en nuestra lengua común, con la que interpretamos el mundo y construimos la realidad. Tan inescindiblemente enhebrados están los hilos de nuestra historia, que ese rechazo latinoamericano hacia España es, paradójicamente, herencia española.

Sin embargo, es un error. Un error de ellos y nuestro. Y no solo porque, como toda endofobia, es poco recomendable escupir al cielo, sino, sobre todo, porque, como valoración, no hace justicia a una herencia cultural muy rica, profunda en sus raíces y fecunda en sus posibilidades.

¿Por qué callarlo? ¿Por qué hasta sus valientes cooperantes, que se juegan el pellejo en las regiones más violentas del mundo, se agachan y esconden con vergüenza su bandera? Bien decía Lope de Vega en La dragontea: “¡Oh patria! Cuántos hechos, cuántos nombres, / cuántos sucesos y victorias grandes… / Pues que tienes quien haga y quien te obliga, / ¿por qué te falta, España, quien lo diga?”.

Claro que tiene España en su pasado de qué avergonzarse, pero no más que los demás imperios que en el mundo han sido, incluidos EE. UU., Inglaterra, Francia, o los que, sin serlo, actuaron criminalmente sobre otros pueblos dominados, como Alemania o Bélgica. Pero España no se reduce a eso, su aporte a la humanidad no es solo eso. No solo Hispanoamérica es incomprensible sin ella. Europa también lo es.

Con solo pensar en lo que me es más cercano, el mundo de la política, las ciencias sociales y las humanidades, me convenzo de lo sesgado de esa visión tan pesimista sobre el que, para mí, es un gran país.

¿No fue el genio político de Fernando de Aragón el que inspiró El príncipe de Maquiavelo? ¿No tenía el Cardenal Cisneros mayor lucidez sobre lo que debía ser un Estado moderno que Richelieu? ¿No fue Teresa de Ávila la autora de la segunda autobiografía de la historia (precedida solo por la de san Agustín)? ¿No fue Casiodoro de Reina un protestante más preclaro (humanista y tolerante) que Juan Calvino? ¿No fue Cervantes (que no deberían siquiera compararlo con Shakespeare) ni más ni menos que el creador de la novela moderna? ¿No fue el enorme Gracián (antes de que los ilustrados franceses inspiraran a los liberales españoles) quien inspiró a los librepensadores franceses? ¿Es que hay algo siquiera parecido entre los colonos ingleses a Bartolomé de las Casas o a Francisco de Vitoria?

Y ya que hablamos de Inglaterra, ahora que Meryl Streep encarnó a las sufragistas inglesas, habría que recuperar a figuras enormes (superiores intelectualmente a sus pares británicas) como Emilia Pardo Bazán, Clara Campoamor o Concepción Arenal, las tres en la base de la aprobación del sufragio femenino en 1931.

¿Y no es verdad que mientras Schmitt y Heidegger sostenían intelectualmente al nazismo, Ortega ya esbozaba la idea de la Unión Europea? ¿Hubo algún monarca en el siglo XX que haya desempeñado un papel tan significativo y positivo para su país como Juan Carlos I? ¿Y no es Manuel Castells a la sociedad de la información, lo que Adam Smith y Karl Marx fueron a la Revolución Industrial?

Testigo. Siempre repito que creo en España porque creo en los españoles, y creo en ellos porque los vi comportarse en la más aguda crisis, que es cuando mejor se calibra el carácter de las gentes. Empezaba a enfriar el otoño del 2011 cuando, conforme anochecía, las personas arrastraban sus maletas, cartones y cobijas para hacerse un sitio bajo los dinteles de la Plaza Mayor, en los cajeros automáticos o en los parques.

Vestimenta y talante evidenciaban que no se trataba de indigentes habituales, que eran personas que “hasta ayer” habían tenido una vida. Entonces la sociedad reaccionó: para las personas desempleadas: panaderías vendieron el roscón de Reyes más barato, taxistas dieron sus servicios sin cobrar a las embarazadas y restaurantes sirvieron cenas de Nochevieja gratis.

Surgieron gimnasios-comedores gratuitos para adolescentes, a cambio de que no dejaran los estudios. En un colegio, los alumnos dedicaron sus recreos a arreglar computadoras para familias que no podían comprarse una; y muchas personas abrieron las puertas de sus hogares para que, en habitaciones que no estaban ocupando, pudieran vivir vecinos a los que los bancos les quitaron sus casas.

En la última primavera decimonónica, Rubén Darío, preocupado por la cultura compartida española e hispanoamericana frente a la derrota en la Guerra hispano-estadounidense, escribió: “Mientras el mundo aliente, mientras la esfera gire, / mientras la onda cordial aliente un sueño, / mientras haya una viva pasión, un noble empeño, / un buscado imposible, una imposible hazaña, / una América oculta que hallar, vivirá España!”.

Yo, igualmente, estoy seguro de que superarán esta, la más grave crisis de su democracia. Hace menos de 40 años, una mujer iraní gozaba de más derechos que una mujer española. Hoy una mujer española goza de más derechos y autonomía que una costarricense. Su sufrida y costosa transición a la democracia es un caso de éxito rotundo. La inmensa mayoría de los españoles lo sabe. No necesitan que se los cuenten.

Como dijo la semana pasada el belga Guy Verhofstadt, portavoz de los liberales europeos en la eurocámara: “Nadie puede dar lecciones de democracia a España”.

El autor es abogado.