23 marzo, 2015

En Costa Rica no hay gobierno que sirva. Sin distingo de partido, candidato o propuesta, todo gobierno es impopular. Cuando no había reelección, clamábamos por el retorno del mesías. Después de la reelección, implorábamos un cambio. Ahora que votamos por el cambio, nada parece cambiar.

Dicen los pesimistas que el tico hace tan pobre material cívico que es incapaz de producir un buen presidente. No es cierto. Costa Rica tiene su justa porción de ciudadanos ilustres, y muchos se involucran en política. Sin embargo, en los últimos 35 años, ningún presidente se ha ganado el respeto popular por su desempeño. Hemos tenido gobernantes muy capaces, pero con ninguno hemos superado el nadadito de perro del que don Eduardo Lizano viene hablando desde la década de 1980. El problema no es de personas.

Estado elefantiásico. Costa Rica llega a la crisis de 1980 con un Estado elefantiásico –herencia de cuatro décadas de denodados esfuerzos por borrar todo vestigio liberal de nuestro andamiaje político – alimentado por mecanismos de sustitución de importaciones e insensatas aventuras empresariales. Proliferan en esos años las instituciones autónomas (ICE, CNP, ICT, AyA, Japdeva, Incop, Recope, INA, IMAS, JPS, PANI, IFAM, etc.) y, en la década previa a la crisis, aparecen las productoras estatales de cemento, fertilizantes, azúcar, aluminio, algodón, azufre y hasta chocolate.

Para cuando la situación fiscal se torna insostenible y los términos de intercambio se deterioran (gracias a las crisis petroleras y la caída de los precios del café a finales de los setenta), Costa Rica toca fondo y se ve forzada a adoptar un nuevo modelo de desarrollo. Optamos por la promoción de exportaciones, acompañada de una muy gradual desgravación arancelaria, la promoción de la inversión extranjera y la creación de regímenes de excepción para impulsar los sectores escogidos como motores de la economía (CAT, regímenes de importación temporal y de perfeccionamiento activo, zonas francas). Todo, claro está, con su respectiva institucionalidad burocrática: Comex, Procomer, Cinde.

Liberalización selectiva. El pecado del “nuevo” modelo fue no ser ni chicha ni limonada. La liberalización fue selectiva, la apertura parcial y la reducción del aparato estatal, imperceptible. Peor aún, el Estado redujo la inversión en áreas que la mayoría de los costarricenses concedería son de su resorte – educación, salud, infraestructura– sin recortar un ápice la burocracia. Codesa, por ejemplo, no desapareció sino hasta 1997, habiendo acumulado pérdidas por ¢16.000 millones.

Otras instituciones típicas del Estado interventor y empresario, como Racsa y el CNP, siguen succionando recursos públicos décadas después de que desapareciera su raison d'être. Los medios se convirtieron en fines.

No importa cuán capaces y honestos sean nuestros gobernantes, ninguna administración de ningún color político va a lograr mejores resultados si preservamos el statu quo en que el Estado no solo dicta política social y económica, sino que administra miles de escuelas y colegios, centenares de clínicas y hospitales, y 44 programas distintos de combate a la pobreza, y paga gollerías a cientos de miles de funcionarios públicos. Las licitaciones multiapelables, las regulaciones engorrosas y los trámites innecesarios seguirán generando el caldo de cultivo de la corrupción, la incompetencia y la ineficiencia.

Estado más pequeño. Necesitamos un Estado preparado para ayudar a quienes no logren su sustento por sus propios medios. Para ello debemos migrar a un Estado más pequeño y eficiente, que confíe en la capacidad de las personas para tomar las decisiones que atañen a su salud, su educación, su patrimonio y su felicidad. El problema no es el Gobierno ni la gente que lo conforma. El problema es una concepción de Estado omnisciente y omnipresente, que pretende saber mejor que los ciudadanos lo que es bueno para ellos y que –con 276 instituciones públicas en su catálogo– está metido en tanta cosa que ha perdido la capacidad de concentrarse en hacer bien lo que le compete.

El autor es economista.

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