14 mayo, 2014

Cuando desaparecieron los educadores, desplazados por los técnicos de la educación –no sé desde cuánto tiempo–, se comenzó a insistir en un tipo de enseñanza, de la primaria a la universitaria, para satisfacer las necesidades de la mano de obra de los empresarios. Es decir, una educación pensando exclusivamente en el interés económico del empresario y no en el fin espiritual del Estado. Al acentuar el atractivo por la ganancia, se perdió la preocupación por el estudio de las humanidades.

Humanismo. No cometo la torpeza de afirmar que todo lo que tiene que ver con la empresa privada es perjudicial para el Estado. No llego a esa afirmación dogmática, pero sí sostengo con apasionamiento que una educación dirigida al servicio de la empresa privada, y alejada del humanismo, destruye el fin moral del Estado.

Pienso que el asunto es la revés. No es el empresario –y, menos, el extranjero– el que indica al Estado la forma de enseñar; es el Estado el que debe manifestar cómo se ha de producir, según una manera determinada de educar. Si una población permanece luchando, a lo largo de su historia, por la democracia, la libertad y el bien común, es hacia ese tipo de sociedad a la que se ha de dirigir la educación y también la forma de producir. Toda nación se construye y fortalece por un sentimiento nacional que Ernesto Renán llamaba “la voluntad de vivir juntos”, y, al universalizarse la realidad democrática, esa voluntad se transforma en un modo de vivir. De esta manera, aceptamos que la democracia es un acuerdo de vivir juntos para vivir bien. En el transcurso de este proceso, la educación ha de ser, al mismo tiempo, punto de partida y objetivo.

Filosofía, arte y literatura. La educación moderna no puede prescindir de la tecnología, pero tampoco de la filosofía, el arte y la literatura. La escuela debe enseñar la tecnología adecuada, pero sin olvidar de dónde venimos y a qué lugar debemos llegar. Hay una necesidad material del momento que se ha de satisfacer, y una gran ansiedad espiritual permanente de infinitos horizontes que llamamos “humanidad”.

Si los dirigentes de la educación están de acuerdo con una enseñanza que capacita bien a los jóvenes para las necesidades empresariales –y solo eso–, se equivocan. La escuela moderna puede –y quizá podríamos decir “debe”– facultar a los estudiantes para conocer y manejar adecuadamente el último aparato tecnológico, pero, si se aleja de su objetivo primordial, cual es formar espiritualmente a la juventud, sencillamente se convierte en una fábrica que transforma a seres humanos en máquinas que obedecen, sin capacidad para pensar.