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Actualizado el 30 de septiembre de 2015 a las 12:00 am

El segundo mandato de Arias generó la situación fiscal que enfrentamos hoy

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Una encuesta de CID-Gallup, que circuló en las redes sociales, sitúa al expresidente Óscar Arias Sánchez como el mandatario con la mejor evaluación de las últimas diez administraciones.

Al repasar la evolución de las finanzas públicas de la última década, sin embargo, es evidente que su segundo gobierno generó la crítica situación fiscal que enfrentamos hoy.

El país contaba en el 2006 con un superávit fiscal gracias al esfuerzo de la administración Pacheco.

Después del segundo mandato de Arias, el Gobierno ha debido pedir prestados ¢6 de cada ¢10 que gasta, aproximadamente.

Según un informe de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), Costa Rica fue el país de América Latina que más aumentó el gasto público en el periodo 2009-2010. Sería interesante una respuesta del Dr. Arias a estas cifras.

Los economistas keynesianos –entre los cuales no me incluyo, pero las declaraciones de don Óscar evidencian que esa fue la doctrina guía de su administración– propugnan políticas fiscales anticíclicas, que actúan en sentido contrario al del ciclo económico para cubrir el vacío creado por la caída en la inversión privada, y así evitar una espiral deflacionaria.

Keynes, sin embargo, explícitamente describe que el incremento del gasto público debería tener carácter temporal. Por ejemplo, cuando la economía se contrae, los keynesianos propondrían incurrir en un gasto deficitario destinado a proyectos de infraestructura que demanden mucha mano de obra en un plazo determinado de tiempo para estimular el empleo y estabilizar los salarios. Así cuando el ciclo económico se revierte se tendría la flexibilidad necesaria para equilibrar el presupuesto.

Dar cuentas. Vale la pena, entonces, analizar en qué consistió el gasto durante la administración de don Óscar. La respuesta está clara: en mayor burocracia o en otros términos de gasto corriente, con su consecuente problema de carácter permanente.

Durante su administración, el número de empleados públicos aumentó un 20% (más de 35.000). No solo creció la burocracia, sino que se incrementaron los salarios públicos desmedidamente, incluido el sistema de bonificaciones mediante pluses, que ahora carcome las finanzas públicas.

Cinco años después, afrontamos la cruel realidad: el gasto tiene su propio dinamismo. En un país con leyes laborales rígidas, el problema se multiplica. El resultado es el caos político y económico que enfrentan las nuevas generaciones.

Es difícil aceptar que un joven que sale hoy al mercado laboral cuenta con menos oportunidades que antes de su administración.

En honor a su legado, los costarricenses, y especialmente mi generación, que pagará la factura por más tiempo, merecemos una respuesta.

Tomás Pinto es economista.

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