18 enero, 2015

Las vidas de Juan Pablo Castel, el obsesivo pintor-asesino, y de María Iribarne, su amante-víctima, me cautivaron. Por medio de esta historia, narrada en El túnel , establecí contacto con Ernesto Sabato. Vino después la lectura de Sobre héroes y tumbas , del genial Informe sobre ciegos , ahí contenido, y de Abaddón el exterminador, novelas extraordinarias, de contenido existencialista y psicológico, como El túnel.

Por aquel tiempo –finales de los setenta y principios de los ochenta- frecuenté, además, algunos ensayos de Sabato, como Heterodoxia, Uno y el Universo, El escritor y sus fantasmas, Hombres y engranajes , y leí a Jean Paul Sartre, el existencialista francés, a Albert Camus –también existencialista– y algunos libros de Simone de Beauvoir . Estaba impregnado de existencialismo, respiraba intimismo, pero, respecto a Sabato, el mayor impacto se produjo tres décadas después de haber conocido sus novelas, cuando me encontré con Antes del fin.

Más que dos. En Antes del fin, desfilan su infancia y adolescencia, su afición a la pintura, la literatura, la física y la matemática, sus reflexiones sobre la condición humana, sus ideas políticas cercanas al anarquismo –siempre tuvo en alta estima el ideal anarquista de un orden espontáneo, libre y sin Estado–, y sus críticas al régimen de José Stalin, que le valieron no pocos insultos, y la persecución de los agentes del gran líder, el inmaculado conductor. Pero Sabato, en su soledad –compañera habitual desde la cuna– siempre se sostuvo sobre sus pies, a los que se acercaron, un día de maravilla, los de Matilde, la joven, casi adolescente, que decidió vivir con él para luchar contra la dictadura del general Uriburu. Desde entonces, fueron dos, y, más que dos, Sabato y Matilde Marta Kusminsky-Richter, soñadores contra los fanatismos y las dictaduras.

Antes de su ruptura con Stalin, Sabato frecuentó el comunismo, pero el comunismo no lo frecuentó a él. Dos razones explican este hecho: su rechazo al dogmatismo y el sectarismo, debido a su pasión por la ciencia y al sentido de libertad originado en su anarquismo, y su idea, por completo contraria a la ortodoxia estalinista, de que el materialismo dialéctico –seudorreligión disfrazada de ciencia– no podía aplicarse a los fenómenos naturales.

Años después –en los cincuenta y sesenta– la misma tesis defendía Sartre, y Camus era aún más radical porque, para el autor de La peste, El mito de Sísifo y El hombre rebelde, aquel materialismo ni siquiera se aplicaba a la historia; era una farsa, un ídolo sediento de sangre y sacrificios.

Cuando se hizo evidente la naturaleza dictatorial del régimen de Stalin y la falsedad de los procesos de Moscú, Sabato, en París, revivió su gusto por la ciencia. Regresó a Buenos Aires y se doctoró en Física-Matemática, pero los impulsos de libertad creativa que el arte y la literatura le prometían no cesaban de convocar sus energías. El escritor se debatía entre dos amores, la ciencia y el arte, y de ambos se derivaban universos diversos y divergentes, pero, a la larga, según creo, complementarios. Sabato no observó esa complementariedad, su alma se desgarró en un dualismo irreconciliable, pero esa equívoca división hizo posible el portento de sus novelas.

El surrealismo. En 1938, arriba por segunda vez a París, esta vez con Matilde y su hijo, Jorge Federico. Se instala como investigador del Laboratorio Curie, pero al poco tiempo comunica a sus amigos que su pasión no es la ciencia, sino el arte y la literatura. No puede, pensaba Sabato, encerrarse la condición humana en teoremas y números; la vida no es matemática ni ecuaciones, y solo la creación artística descubre sus enigmas. En su decisión, tomada alrededor de 1945, influye el existencialismo de Sartre, reivindicador de la libertad como rasgo decisivo del ser humano, y el surrealismo, movimiento cultural que postula la existencia de realidades inconscientes susceptibles de ser expresadas por medio del arte. En el surrealismo, conoce a los creadores Wilfredo Lam, Óscar Domínguez, Benjamín Péret, Marcelle Ferry, Roberto Matta Echaurren, Esteban Francés, Tristan Tzara y al autor de los manifiestos surrealistas de 1924 y 1929, André Bretón.

Para sus amistades del Laboratorio Curie y para los científicos que le ayudaron a conseguir una beca en Francia, la ciencia lo había perdido. Con el tiempo, se hizo claro que el inteligente físico y matemático era también un genial fabulador cuya obra alcanzó las cimas de la literatura latinoamericana y universal, y fue admirada por Thomas Mann, autor de La montaña mágica , y Albert Camus, el lúcido escritor que, al igual que Sabato, denunció la “historia corrompida de revoluciones fracasadas, técnicas enloquecidas, dioses muertos y extenuadas ideologías” (discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura en 1957).

De la ciencia al arte. Aquel hombre, físico-matemático, que puso en duda el orden de los principios de la termodinámica, dio clases de teoría cuántica y relatividad, y realizó investigaciones sobre radiaciones cósmicas en Estados Unidos, se enrumbó definitivamente por el sendero del arte y la literatura. El tránsito de Sabato debe interpretarse en la línea recomendada por Urs von Balthasar al sugerir que: “… sobre los bancos de arena del racionalismo demos un paso atrás y volvamos a tocar la roca abrupta del misterio…” (citado en Antes del fin, epígrafe del epílogo). Sí, del misterio, pero conviene aclarar este concepto. No se trata de algo incognoscible e inalcanzable, como sostiene el irracionalismo, tampoco es una estratagema para justificar la intolerancia y el fanatismo, tal como practican los totalitarismos religiosos y laicos. Misterio, escribo, porque se refiere a realidades que no pueden ser explicadas solo con matemática y empirismo. Sabato, bajo la influencia del surrealismo y el existencialismo, supo que en la matriz psicológica de la historia anida la búsqueda de raíces definitivas, y que esa búsqueda no conoce certezas de ningún tipo. De ahí el riesgo y la aventura, la incertidumbre y la pasión, el temor y el temblor, y ese modo magnífico de la razón, el arte y la literatura.

Llegó la noche. El 30 de abril del 2011 falleció Ernesto Sabato. Llegó la noche eterna del eterno olvido, pero antes le sobrevinieron dos anticipos: las muertes de su hijo Jorge Federico y de Matilde, la mujer que muchos años antes le farfulló el verso de Manrique: “Cómo se pasa la vida / como se viene la muerte / tan callando / cuán presto se va el placer…” (Coplas por la muerte de su padre). Y escribe Sabato: “Daría todos mis libros – qué pobres, qué ridículos, qué precarios, qué inválidos, que nada al lado de esta pérdida– y daría mi prestigio…y los honores y las condecoraciones, por recuperar la cercanía de Jorgito…” (Antes del fin, pág. 147) De Matilde, en el mismo libro, rememora el sueño que ella le contó poco antes de morir, donde “un pájaro de color negro azulado, grande, hermoso…se le acercó para decirle que estaba llegando el momento de su muerte” (pág. 163). La noche se hizo larga, duró años como milenios, pero en esa oscuridad el escritor dejó su testamento de luz y de esperanza. Ahí se lee que en “tiempos oscuros nos ayudan quienes han sabido andar en la noche”, que el ser humano “solo cabe en la utopía”, en el ideal, porque, de lo contrario, es el animal más siniestro, y que “…siempre habrá algunos empecinados, héroes, santos y artistas, que en sus vidas y en sus obras…nos ayudan a soportar las repugnantes relatividades…” (Antes del fin, págs. 35, 187 y 188).

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