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La envidia y la violencia

Actualizado el 13 de abril de 2017 a las 12:00 am

La violencia perfecta se manifiesta, sobre todo, en la manipulación que se hace de las mentes

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La envidia y la violencia

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Un pequeño detalle en el relato de la Pasión (que aparece en Mc 15,10 y Mt 27,18) nos informa que Jesús fue entregado a manos de Pilatos porque los sumos sacerdotes y escribas le tenían envidia. La palabra “envidia” ( fthonos, en griego) no tiene en los textos bíblicos el sentido mitigado de “tristeza o pesar por el bien ajeno”, sino que expresa más bien un deseo pernicioso de destrucción; es decir, significa, sobre todo, “mala voluntad” en contra de otro.

Los textos evangélicos, por tanto, hablan de una opción consciente de aniquilación de otra persona. La razón era simple, Jesús desvelaba la lógica de un sistema religioso corrupto que mantenía el poder religioso convenientemente vinculado con el poder político. No en balde los evangelios cuentan que, después del juicio de las autoridades religiosas, estas consignan a Jesús al prefecto romano: evidencias claras de contubernio, de compromisos de conveniencia.

Leyendo el evangelio, nos damos cuenta de que, en lo narrativo, el juicio en el Sanedrín, así como el civil protagonizado por Pilatos, son relatados como una farsa. El espectáculo nacido de la corrupción, que intenta transmitir un mensaje ideológico ideado para divulgar una buena imagen de sus protagonistas, siempre ha sido un mecanismo eficiente para reafirmar el sentido de fuerza de aquellos que se quieren imponer sobre otros.

Eso no quiere decir que logren afectar la profundidad de los sentimientos de los individuos singulares, pero genera en sus organizadores un sentimiento de falsa seguridad. La masa, mal que bien, se puede manipular de miles maneras, lo importante es no provocarla para que se rebele anárquicamente. Ese tipo de espectáculo fue lo que se organizó, según los evangelios, para condenar a Jesús a muerte.

Nuestra intención, empero, es concentrarnos más bien en el sentimiento de envidia y sus causas, que se encontraba en la base de toda la animadversión que relatan los textos en contra de Jesús. Podríamos decir que la envidia se origina en la propia inseguridad: aquella de los potentes, que temen perder su influencia; la de los simples, que desearían tener otro estilo de vida, que les garantizara un situación social más prestigiosa; y la de los indiferentes o inactivos, que se sienten blanco de los juicios ajenos y, por eso, se ocultan en el silencio para no ser descubiertos en sus motivaciones.

Deseo de venganza. La envidia se alimenta de los deseos de grandeza que provocan el ímpetu irrefrenable de tomar venganza contra quien se considera un enemigo. Estos deseos aparecen porque se tiene la aspiración de obtener algo que se considera imprescindible y que el otro tiene, o porque se teme perder aquello que se ha ganado con esfuerzo y que se considera parte esencial de la propia persona o razón de ser.

Por eso, quien actúa movido por la envidia es totalmente claro en sus intenciones: planifica, espera, es paciente, sistemático, efectivo y mordaz. Un verdadero envidioso no improvisa, sino que mide cada paso en miras a su efectividad.

La envidia tiende naturalmente a la eliminación de aquello que la produce, por ello es violenta. Esto, empero, no quiere decir que sea evidentemente agresiva, porque la violencia perfecta se manifiesta, sobre todo, en la manipulación que se hace de las mentes.

Volviendo al relato de la Pasión, los sumos sacerdotes y escribas temían que el pueblo apoyara a Jesús, por eso decidieron esperar el momento oportuno para actuar. Cuando ese momento llegó lograron manipular a todos, de tal manera que, según los evangelistas, el mismo pueblo que apoyaba a Jesús pide su crucifixión y la liberación de Barrabás.

Manipular implica tener la sagacidad de no desvelar los propios sentimientos para presentarse en el tiempo justo como el protector de los más altos ideales o valores. Los que envidian se cuidan mucho de su imagen y la cuidan siempre para hacer valer su influencia sobre otros.

Complicidad. Quienes se dejan conducir por la envidia necesitan cómplices, porque saben que deben derrumbar la imagen pública de sus adversarios. En efecto, la envidia no es un simple sentimiento interior, es una necesidad de reconocimiento que se ve afectada –según los que la experimentan– por lo que el otro logra o es.

Para lograr sus objetivos, los envidiosos buscan construir un consenso grupal que acuerpe sus ideas y que ponga en movimiento sus planes. Los envidiosos hacen adherentes a su causa, comprándolos o manipulándolos (les es indiferente el método, lo importante es que sus secuaces sean eficaces propagadores de inconformidad en diversos ámbitos sociales) y los presentan como testigos irreprensibles de sus “verdades”.

¿Dónde se manifiesta la envidia y por qué? Podríamos decir que existe en todos los ámbitos humanos, desde el casero hasta la política internacional. La envidia surge de las emociones, no de causas racionales. Aviene cuando algo nos amenaza en nuestros planes, proyectos o sueños más ambiciosos.

La aparición de la envidia es impredecible y, por ser tan humana, prácticamente todos la hemos experimentado en diferentes grados. Sus manifestaciones son siempre individuales, pero involucran al grupo humano con el cual nos relacionamos, porque es en ese ámbito donde nace, crece y se desarrolla.

El que vive con envidia busca, en primer lugar, proteger la propia “inocencia”, para resaltar la “culpabilidad” del inocente. Esta paradójica dinámica encierra en sí misma una fuerte contradicción, que hace de la envidia una realidad frágil en su esencia.

Por ello, quien envidia puede de nuevo tratar de hacer amistad con el que ha destruido, cuando conviene a su propio interés o le favorece para crecer en popularidad. La mala voluntad se tiñe de buenas intenciones, así como el camaleón se disfraza con los colores del entorno para pasar inadvertido.

Cuando la envidia logra movilizar la masa y las autoridades en contra de otra persona, llega a su máxima expresión y es entonces cuando muestra su crueldad. Jesús soporta las burlas y los gritos de los sacerdotes y escribas que lo desafían a bajarse de la cruz. Esa jactancia triunfalista, que no tiene piedad del sufrimiento del otro, es el más claro signo de envidia, porque entonces se presenta como seguridad y potencia.

Sentimiento temporal. Al fin y al cabo, la envidia exitosa no es más que un “atrapar vientos” como dice el libro del Qohélet, una vanidad más que terminará de forma radical cuando el infortunio o la muerte sobrevengan al envidioso. El poder sobre otros, la manipulación efectiva o la fascinación ideológica no duran para siempre, acaban irremediablemente. Reconocer como verdad esta constatación de la experiencia, deja abiertos dos caminos: o consideramos que el carpe diem implica “perder el tiempo” en proyectar la derrota del que me provoca envidia; o bien, relativizar nuestros sentimientos negativos para avanzar hacia otros caminos más armónicos y fraternos, por no decir pacíficos.

Ser envidioso significa desperdiciar demasiadas energías para lograr logros efímeros, pero ser generoso con otros puede satisfacer nuestra ansia de humanidad más allá de lo que podemos esperar o suponer. La envidia solo se puede vencer aceptando padecerla y reconociendo su insensatez. Esta toma de conciencia nos permite optar por los caminos de la concordia y no por los de la destrucción. Claro está, esta decisión siempre implica ejercer cierta violencia sobre las propias emociones, para que sea la “buena voluntad” la que se imponga en nuestras acciones.

El autor es franciscano conventual.

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