El populismo digital no debe sustituir el carácter y la decisión del estadista

 27 noviembre, 2015

La segunda ley de la termodinámica es denominada entropía. Es un concepto fundamental para la física. Para efectos de la idea que aquí quiero desarrollar, una de las nociones de dicha ley, es que la energía siempre se transforma de ordenada a desordenada y de concentrada a dispersa.

La única forma de revertir ese proceso entrópico es empleando energía adicional, la cual, una vez usada, provoca una entropía total. Algo así como un círculo vicioso de dispersión y anarquía. Pues bien, de alguna forma la ciencia social está imbuida de los conceptos de la física, y se relaciona con las ideas del famoso clásico de Oswald Spengler, sobre la decadencia de Occidente, que conservo en mi biblioteca.

Allí se advierte que el desarrollo de las civilizaciones lo caracteriza el conflicto entre el ideal de la identidad frente a las fuerzas caóticas. Por eso la evolución y caída de las civilizaciones se asocia a la suerte de la cultura.

De ahí que un sector de la academia de antropólogos e historiadores coincide en el hecho de que los principios de organización y comportamiento dirigen la energía colectiva, creando así el orden social.

En otras palabras: la forma de confrontar la amenaza de la entropía social, o lo que es lo mismo, la del caos, es ordenando la energía humana por la vía de los ideales sociales.

En el mismo sentido, el historiador Rushton Coulborn sostiene que las civilizaciones decaen cuando se devalúa la convicción en sus valores, pues son estos los que mueven a las personas a unir esfuerzos en razón de objetivos comunes. Por eso, cuando la voluntad colectiva es azarosa y fragmentada, resulta prisionera de tendencias anárquicas.

Recursos mal empleados. En un sentido complementario al anterior, el antropólogo Joseph Tainter advierte las señales de caída de las civilizaciones. Una de ellas es cuando destinan cada vez mayores cantidades de recursos únicamente para mantener su estructura social, al tiempo que el rendimiento de tales recursos es cada vez menor.

Para dicho antropólogo, uno de los signos de decadencia social es cuando el Estado se ve obligado a destinar ingentes recursos para sostener burocracias que controlan la sociedad, y, por otra parte, apenas sostiene su existente infraestructura.

Alertaba que cuando la mayor parte de los recursos disponibles se destina al mantenimiento del estilo de vida de élites y estamentos no productivos se generaba una peligrosa sobreexplotación de los recursos.

Dicho escenario obliga a aumentar progresiva y constantemente los tributos a los ciudadanos productivos, lo cual es gota que rebosa el vaso que acelera la decadencia. Cuando tal situación deriva en descontento, deben destinarse aún mayores recursos a la seguridad, la cual igualmente es una actividad que no genera producción en sí misma. En este punto, el paso a la desintegración es inminente.

La física Danah Zohar agrega otra visión suplementaria. Para ella, la concepción newtoniana de la realidad nos lleva a la competitividad y, por ende, al conflicto y la lucha por el poder, lo cual también contribuye a la dispersión de la cultura.

Histerismo plebiscitario. Del anterior razonamiento concluimos que la responsabilidad primordial del estadista es resguardar la cultura con sus decisiones. Por lo antes anotado y las razones que expondré, tanto el populismo digital como la mal llamada “democracia de las calles” son peligrosos catalizadores de la entropía social.

En relación con el primero de los fenómenos –el del populismo digital–, estamos ante la amenaza de un poderoso activismo en las redes que, cuando está mal orientado, deriva en irresponsabilidad política o en inmovilismo.

Usualmente, el populismo digital tiende a funcionar como un histerismo colectivo. Tanto puede inmovilizar como llevar a error los sistemas políticos dirigidos por líderes carentes de carácter y convicciones genuinas.

El problema es cuando la gritería digital se reduce a expresiones originadas en pasiones momentáneas desbordadas. Otras veces en corrientes o modas subculturales recién importadas, que no han sido digeridas por la reflexión serena, la experiencia pausada o el respaldo estadístico.

Es la realidad de múltiples textos digitales, de pocas líneas, que impiden la discusión política procesada. La momentánea pasión de multitudes que violentan la decisión del estadista. Criterios que, aunque en ocasiones lo suscriban muchos, tienden a no tener fundamentos sólidos.

El peligro es que, si bien la era digital abre un mundo de oportunidades, también amenaza con sumirnos en un histerismo plebiscitario constante.

Una moderna y diaria versión de la misma gritería enardecida que liberó a Barrabás y condenó al Cristo. En esencia, una excesiva aceleración de la presión política que lleva a la decisión primero y al estudio, después.

Mala semilla. Finalmente, el otro fenómeno que agrava nuestra actual entropía política es la mal llamada “democracia de las calles”, lo cual no tiene relación alguna con las pasadas y justas luchas reivindicativas de los trabajadores.

Las luchas sindicales del pasado tenían potencia moral, pues estaban sustentadas en la coherencia de una genuina vocación reivindicativa.

Desde las primeras proclamas sociales del obispo Thiel –en el siglo XIX–, Costa Rica tuvo una rica tradición de lucha social. Ejemplo de algunos de estos movimientos reivindicativos fue la gran huelga bananera de 1934, en donde se reclamaron reivindicaciones tan sensatas como el que hubiese atención médica en las fincas. Igualmente, que fuese responsabilidad de los patronos entregar al obrero las herramientas de trabajo, o bien la prohibición de desechar fruta en función de la especulación.

Por el contrario, actualmente es usual que la actividad sindical tenga como subrepticia pretensión que las nomenclaturas burocráticas conserven privilegios injustificados.

De hecho, esta es la razón por la que la última convocatoria a huelga general, realizada por una coalición político-sindical integrada por el Partido Acción Ciudadana, el Frente Amplio y algunos sindicatos del sector público, no prosperó.

Son intentonas que carecen de toda justificación moral. Y si, como indiqué antes, los líderes gubernamentales deben resguardar la cultura con sus decisiones, el haber cedido tan livianamente para rescatar del entuerto a un movimiento tan absurdo como ese, resulta en la siembra de una perniciosa semilla que a futuro dará mal fruto.

Fernando Zamora Castellanos es abogado constitucional.