27 mayo, 2014

Una palabra corre desnuda por los corredores de todas las tiendas políticas, empresariales y sociales. Es la palabra “cambio”, todavía sin ropaje y buscando sustancia, como reflejo de un desencanto basado en realidades. La población sabe que se les debe mucho a sus legítimas aspiraciones de progreso con equidad, fundamentado en un desarrollo productivo integral, homogéneo y de amplia base.

La necesidad de un cambio se abrió camino en las elecciones nacionales y, reconociendo su importancia, encontró un extenso espacio de definiciones en el discurso inaugural del nuevo presidente. Entre tantas facetas, una de sus aristas es la competitividad productiva.

Don Luis Guillermo así nos lo dijo en su discurso, refiriéndose a “políticas económicas que modernizaron el aparato productivo nacional, pero fraccionaron la sociedad”. Concordamos con que el fraccionamiento social es claro, pero ¿modernizaron realmente esas políticas el aparato productivo nacional? ¡Ojalá así hubiera sido! Sin embargo, no lo fue. El fraccionamiento no es únicamente social, es también productivo.

Nuestra realidad. Un estudio reciente de la OIT nos retrata de cuerpo entero como una economía con un pequeño número de compañías internacionalmente competitivas y un enorme número de pymes que producen para el mercado doméstico con baja productividad. Esa es nuestra realidad: un aparato productivo dual, heterogéneo y no consistentemente moderno.

Una nueva economía, moderna y de punta, convive bajo el mismo techo con una vieja economía huérfana de abandono político. La baja promoción, por parte del Estado, de capacidades nacionales contrasta con el esfuerzo correcto y prioritario de atracción de inversión extranjera directa de punta. No es lo que hacemos lo que está mal, sino lo que dejamos de hacer.

Tenemos un crecimiento económico, con desigualdad; nos vanagloriamos de un récord de inversiones, sin crecimiento del empleo; gozamos de diversificación de exportaciones, sin transformación productiva, y tenemos el mayor nivel de inversión social de nuestra historia, con persistencia de la pobreza. ¿Qué más necesitamos para entender la brújula del “cambio”?

Capítulo productivo. Vivimos el agotamiento del viejo Consenso de Washington, sin encontrar todavía en Costa Rica una expresión política que defina un nuevo consenso. Como dice José Manuel Salazar-Xirinach, “ningún país ha recorrido el arduo camino desde la pobreza rural generalizada hasta la riqueza postindustrial, sin políticas proactivas de gobierno, para acelerar la transformación productiva y el dinamismo de la economía”. De ahí que el “cambio”, entre tantas cosas y tantos temas, necesite también un capítulo productivo.

Nuestro presidente historiador conoce el movimiento pendular de los acontecimientos humanos. ¿Regresará el péndulo de la historia hacia la adopción de políticas industriales de Estado? Es una pregunta pertinente porque para el cambio había sonado ya un campanazo premonitor en tiempos del referendo del TLC. El pequeño margen de victoria del “sí” era expresión elocuente de las falencias del modelo que debieron ser escuchadas. Oficialmente era un “sí”, pero no rotundo. También era un “no así”.

Eso no se entendió y, en lo esencial, se siguió haciendo más de lo mismo, sin atender nuestros contrastes. Para muestra, un botón: un personal de siete funcionarios, con un presupuesto de menos de $400.000, en la Dirección de Encadenamientos Productivos, es simbólico de una nueva conciencia, pero netamente insuficiente para promover con eficacia las capacidades nacionales. ¿Típico del gatopardismo criollo, que cambia un poquitico para que no cambie mucho?

Hasta hace muy poco, la nueva economía había tenido una fuerte dinámica de creación de empleo. Ahora, con una disminución en el sector de manufactura, hasta eso es un aliciente para fortalecer el tejido productivo nacional y disminuir los impactos negativos de nuestra mermada competitividad.

Pobreza y desempleo. Si somos justos, debemos reconocer que el mensaje presidencial ponía el dedo en la llaga cuando decía que no se puede superar la pobreza sin ganar la batalla contra el desempleo. También añadía que esto pasa por “incrementar la productividad y mejorar la competitividad del empresariado nacional… y la promoción de una producción nacional con crecientes grados de valor agregado”. El asunto es cómo.

¿Predicamos entre conversos? Posiblemente, la ocasión es políticamente propicia, pero el desafío coincide con un momento fiscalmente angustioso y administrativamente complejo.

La nueva Administración puede estar anuente al cambio, pero todavía deberá apurar el amargo trago fiscal y enfrentar el nudo gordiano de una institucionalidad atomizada, las más de las veces autónoma y fuera del resorte del Ejecutivo. Sin construir un amplio consenso nacional, poco será posible con el escaso margen de maniobra y de tiempo que se tiene.

Chile, México, Uruguay y Brasil han construido nuevos consensos nacionales revalorizando la necesidad de políticas de transformación productiva, focalizando recursos con base en estrategias de largo plazo, diseñadas por alianzas público-privado-académicas, bajo una rectoría institucional, directamente vinculada con el Ejecutivo.

Ellos pudieron hacerlo y, en Costa Rica, esa será una de las pruebas ácidas que medirán el cambio. En campaña, don Luis Guillermo se comprometió con la institucionalización de un organismo de competitividad, bajo su directo liderazgo.

Falló la vieja receta de “más mercado y menos Estado“, pero todavía no llegan las políticas de transformación productiva que hacen falta. Ahí estamos todavía entre el ocaso de un modelo y la aurora de otro, cuando la luz ya no basta y la oscuridad no termina. Estamos esperando.

Etiquetado como: