Opinión

El enloquecimiento de los Estados Unidos

Actualizado el 27 de agosto de 2013 a las 12:00 am

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El enloquecimiento de los Estados Unidos

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BOSTON – La relativa decadencia de los Estados Unidos ha sido un tema de discusión frecuente en los últimos años. Los proponentes del enfoque posestadounidense culpan de ello a la crisis financiera del 2008, la prolongada recesión que le siguió y el ascenso constante de China. La mayoría son expertos en relaciones internacionales que ven la geopolítica a través del cristal de la competitividad económica y conciben el mundo como un sube y baja donde el ascenso de un actor supone necesariamente la caída de otro.

No obstante, concentrarse en los indicadores económicos ha impedido considerar las implicaciones geopolíticas de una tendencia estadounidense que también se discute frecuentemente, pero por un grupo distinto de expertos: las tasas crecientes de enfermedades mentales graves, que ya han sido elevadas desde hace mucho tiempo.

Se ha dicho con tanta frecuencia que las enfermedades mentales graves han llegado a niveles “epidémicos” que, al igual que cualquier otro lugar común, la afirmación ha perdido impacto. Sin embargo, las repercusiones de los trastornos incapacitantes diagnosticados como enfermedades maniaco depresivas (incluyendo la depresión unipolar) y esquizofrenia son muy serias para la política internacional.

Ha resultado imposible distinguir, biológica o sintomáticamente, las distintas variedades de estos trastornos, que constituyen por lo tanto un espectro continuo, probablemente más de complejidad que de severidad. En efecto, la más común de estas enfermedades, la depresión unipolar, es la menos compleja en términos de sus síntomas, pero también la más mortal: el 20% de los pacientes con depresión se suicidan.

Tanto las enfermedades maniaco depresivas como la esquizofrenia son trastornos psicóticos que se caracterizan por la pérdida de control del paciente de sus acciones y pensamientos, un estado recurrente en el que no se le puede considerar como un actor con libre albedrío. Los pensamientos suicidas obsesivos y la falta de motivación paralizante también permiten clasificar a los pacientes con depresión como psicóticos.

Estos trastornos frecuentemente vienen acompañados de complicados delirios, imágenes de la realidad en las que se confunde la información generada por la mente con la que viene del exterior. A menudo se pierde la distinción entre los símbolos y sus referentes y los pacientes comienzan a ver a las personas únicamente como representaciones de una fuerza imaginada. Por decir lo menos, no se puede confiar en el juicio de esas personas.

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Un enorme estudio estadístico llevado a cabo entre 2001 y 2003 por el Instituto Nacional de Salud Mental de los Estados Unidos (NIMH, por sus siglas en inglés), calcula en más del 16% la prevalencia a lo largo de la vida de depresión grave en los adultos estadounidenses (de los 18 a los 54 años). En el caso de la esquizofrenia, se calculó que era del 1.7%. No hay una cura conocida para estas enfermedades crónicas. Una vez que aparecen (a menudo antes de los 18 años), lo más probable es que duren hasta la muerte del paciente.

Investigaciones realizadas con estudiantes universitarios estadounidenses muestran que alrededor del 20% cumplían los criterios para diagnósticos de depresión y ansiedad en 2010, y que en 2012, la proporción era de casi el 25%. Otros estudios han constatado sistemáticamente tasas crecientes de frecuencia en cada nueva generación y se dice que, si las viejas estadísticas eran erróneas, se debía a que subestimaban la extensión de las enfermedades mentales.

Todo esto indica que hasta el 20% de los adultos estadounidenses pueden tener enfermedades mentales graves. En vista de las disputas sobre la importancia de los datos disponibles, supongamos que únicamente el 10% de los adultos estadounidenses tienen enfermedades mentales graves. Puesto que estos trastornos se distribuyen de manera uniforme entre la población, deben afectar a una importante proporción de los encargados del diseño de políticas, altos ejecutivos, educadores y militares de todos los rangos, que serían psicóticos, sufrirían de delirios y carecerían de buen juicio.

Si se considera sensacionalista decir que la situación es aterradora, podemos añadir que una proporción mucho más alta de la población (cercana al 50% según el estudio del NIMH) sufre de formas menos graves de enfermedades mentales, que solo afectan su funcionalidad ocasionalmente.

Los expertos en epidemiología comparativa han notado algo extraordinario sobre estas enfermedades: solo en los países occidentales (o más exactamente, en las sociedades con tradiciones monoteístas), sobre todo en los países prósperos, existen tasas de prevalencia de esta magnitud. Los países del sureste asiático parecen ser especialmente inmunes a la plaga de las enfermedades mentales graves. En otras regiones, la pobreza o la falta de desarrollo parecen ofrecer una barrera protectora.

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Como sostengo en mi reciente libro Mind, Modernity, Madness (Mente, modernidad, locura), el motivo de las altas concentraciones de enfermedades mentales graves en el Occidente desarrollado yace en la naturaleza misma de las sociedades occidentales. El “virus” de la depresión y la esquizofrenia, incluidas sus variedades menos serias, es de origen cultural: la cantidad de opciones que estas sociedades ofrecen en términos de autodefinición e identidad personal hace que muchos de sus miembros queden desorientados y a la deriva.

Los Estados Unidos ofrecen la gama más amplia para la autodefinición personal; también son líderes mundiales en materia de enfermedades que afectan el juicio. A menos que se tome en serio y se atienda de manera eficaz la creciente prevalencia de psicopatologías graves, es probable que se convierta en el único indicador de liderazgo estadounidense. El ascenso de China no tiene nada que ver con esto.

Liah Greenfeld, profesora de Sociología, Ciencias Políticas y Antropología en la Universidad de Boston y profesora adjunta eminente en la Universidad de Lingnan de Hong Kong. © Project Syndicate.

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