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El enigma de la Esfinge

Actualizado el 23 de junio de 2013 a las 12:00 am

Estamos enuna encrucijadaplagadade dilemas

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Arden barbas en Río de Janeiro. ¡Pongamos las nuestras en remojo! Pero tal vez no sea necesario porque dicen que somos el país más feliz del mundo. Así de complacidos estaban también los brasileños, cuando el descontento les saltó a la cara. Yo mejor no dormiría sobre ese lado.

¿Felices en Costa Rica? Eso puede ser cierto, sobre todo para el privilegiado 10% que gana 20 veces lo que gana el 10% más pobre. Porque, contemplando el paisaje de nuestra autocomplacencia, caminamos hacia atrás, como el cangrejo, revirtiendo nuestro posicionamiento histórico de equidad, con desigualdad rampante, en pleno crecimiento. ¡Que El Salvador tenga una distribución de ingresos más equitativa que Costa Rica es una fría ducha de realidad a la que no estamos habituados! El contexto distributivo de nuestra sociedad es un ángulo de nuestro escenario social que reprime toda tentación de entusiasmo, cuando nos califican desde afuera.

Nuestra quimera. Hemos construido un modelo exitoso de apertura comercial, en constante crecimiento. Tenemos acceso preferencial a los principales mercados del mundo. Recibimos una vigorosa inversión extranjera directa (IED) que responde por un 98% del balance de nuestra cuenta corriente y asegura los mejores salarios. Sin embargo, eso es muy parecido a la quimera de que somos muy felices. Verdad solo parcial. Con todos sus indiscutibles beneficios, la IED no ha tenido casi incidencia en la innovación del entramado productivo local y los empleos directos que genera cubren apenas el 2,7% de la población económicamente activa. ¿Culpa de la IED? ¡No! ¡Culpa nuestra!

En los últimos 30 años, la política pública se ha concentrado más en atraer IED que en transformar el aparato productivo nacional. El alto desempeño de las exportaciones costarricenses, generadas sobre todo por la IED, no tiene relación con la productividad media de las empresas nacionales. La industria nacional no ha cambiado significativamente ni pautas de comercio ni de producción. Las empresas propiamente nacionales participan minoritariamente en el crecimiento sostenido de las exportaciones y han tenido poca evolución en innovación, diversificación, sofisticación, productividad y competitividad internacional.

Como voz en el desierto, clama el Estado de la Nación, una y otra vez, recordando que hemos creado dos economías heterogéneas: por un lado, las empresas vinculadas a la IED y, por otro, las empresas locales, abandonadas a su propia suerte.

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¿Tendrá algo que ver esto con la rampante desigualdad? Probablemente sí. ¿Cómo no van a incidir en la desigualdad las diferencias de ingresos entre las dos economías? El 80,7% de los ingresos de las familias tiene como origen el trabajo, asalariado o independiente. No en vano, en 2012, entre todos los países latinoamericanos, el Banco Mundial señaló a Costa Rica con el mayor crecimiento de la desigualdad en las dos categorías de ingresos laborales. No era posible esperar otra cosa conviviendo dos productividades del trabajo y, consiguientemente, de ingresos, en dos economías paralelas, una con productividad internacional y otra local.

Nuestra inversión social. Antes de acusar de estos males a una supuesta inversión social insuficiente, saltemos a decir que somos uno de los países de mayor inversión social de América Latina. Desde 2006, la inversión social ha crecido inclusive en relación con el PIB. Pero eso no ha impedido que, en el mismo periodo, la brecha de desigualdad se haya acentuado. El problema no está ahí. No son subsidios, transferencias directas y ni siquiera educación y salud que podrán equilibrar los ingresos personales y familiares, si no mejora la productividad del trabajo de la mayoría de la población, con una industria nacional robustecida.

Hay países que entendieron esto antes que nosotros. Brasil, Chile, Uruguay, mejor que otros. México regresa a un tren que había descuidado y Colombia aprovecha ahora las mejores prácticas de países hermanos. Estos países promueven políticas de soporte a la inversión productiva, ofrecen apoyo fiscal a las importaciones de capital y materias primas de la industria nacional, fomentan la innovación tecnológica, el desarrollo industrial, los encadenamientos entre empresas grandes y pequeñas y la creación de mercados sostenibles para la investigación.

Tigres sueltos contra …Para ello comenzaron, desde hace muchos años, por asegurar los ingresos fiscales que sostuvieran ese andamiaje de políticas industriales. Nosotros no solo hemos abandonado a su suerte a nuestro sector productivo, sino que lo hemos puesto a competir con productos finales exentos de aranceles, originados en procesos internacionales de alta productividad. Tigres sueltos contra burros amarrados. Mientras tanto, las arcas del Estado se benefician de los aranceles que paga la industria nacional a sus insumos importados. ¿Y cómo hacer otra cosa con el rampante déficit fiscal que padecemos, al tiempo que están exentos los sectores más dinámicos de nuestra dualidad económica?

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Vacas flacas… Y ahora, para peor de males, de nuevo se anuncian vacas flacas: disminuyen las exportaciones, se aminora el crecimiento económico y las arcas públicas acusan la consecuente reducción de ingresos, en tiempos de un déficit fiscal agobiante e insostenible.

Al descuido por falta de previsión se suma ahora la impotencia por debilidad fiscal. El frío no estaba en las cobijas. El modelo que además de bueno, era necesario y aplicamos con éxito, ya hace tiempo necesitaba ajustes que no se dieron y ahora gritan al cielo, cuando menos margen de maniobra tenemos.

Estamos en una encrucijada plagada de dilemas. El cambio que necesitamos demanda visiones críticas y cualquier propuesta amenaza el statu quo pontificado. La inercia es lo más sencillo, pero ya no es sostenible. No hay propuesta que satisfaga enteramente a tirios y troyanos. Tal vez necesitemos la decisión de la espada que cortó el nudo gordiano y la inteligencia que descifró el enigma de la Esfinge.

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