Por: Jorge Vargas Cullell 24 julio, 2014

Semana trágica. El derribo de un avión de pasajeros dejó casi 200 muertos en Ucrania y la invasión a Gaza por el Ejército israelí ha apilado más de 500 muertos palestinos (y 30 soldados israelíes). Ante el horror de los muertos civiles, uno se pregunta: aparte de los familiares y amigos, ¿a quién le importa aquel niño muerto o esa madre despanzurrada? Los civiles son los “daños colaterales” de las guerras, los ni modo que quedan anónimos.

Siempre hay una razón para justificar los muertos que a nadie importan: la de Israel, la de Hamás, la de los rebeldes pro rusos, la del Gobierno ucraniamo. Siempre hay un discurso para culpar a los del frente de las masacres: “Yo no disparé, fue el otro y, si resulta que yo disparé, lo hice en defensa propia”. Con variaciones, las justificaciones se sintetizan en una frase: “Yo no soy responsable ni cuando lo soy”.

Me cuesta escribir acerca de los asuntos de la parroquia cuando uno observa la reciente escalada de conflictos en el mundo. Justo en el centenario del inicio de la I Guerra Mundial, en aquel ya lejano y ardiente mes de julio de 1914, los focos de turbulencia internacional se multiplican peligrosamente. Hoy, el Medio Oriente experimenta guerras en Siria, Irak y Palestina. El conflicto en Ucrania enfrenta a la Unión Europea y Estados Unidos con Rusia. En el mar de China escalan las tensiones entre Japón, China, Vietnam y Filipinas.

Aquella guerra mundial a inicios del siglo XX se precipitó por una cadena de automatismos y errores de cálculo de los políticos de entonces. En este momento caliente de la política internacional, los errores políticos podrían traer consecuencias trágicas. No hablo de una guerra mundial. Hablo, en cambio, de más “daños colaterales”, es decir, civiles despedazados por las balas que escupen los ejércitos en pugna. Se suponía que en el siglo XXI habíamos creado los mecanismos internacionales para reducir y contener los conflictos militares. Se suponía. Sin embargo, caminamos por bordes peligrosos.

Ninguna de las partes de los conflictos es inocente. Cada una usa los medios a su alcance para vencer al oponente. Pero no todas son igualmente responsables de las matanzas: hay unas más responsables que otras. En el caso de Ucrania, las evidencias apuntan, cada vez más, a que los rebeldes pro rusos se apearon el avión. En el caso de Gaza, infinitamente más complicado, es indispensable el fin de los bombardeos y la invasión militar, como lo ha pedido el secretario general de la ONU. No me hago ilusiones: en todo esto hay geopolítica, intereses y razones de Estado. Sin embargo, hoy quiero ver el lado de las víctimas anónimas, los civiles.

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