Por: Jorge Vargas Cullell 18 septiembre, 2014

Hoy quiero empezar hablando de esas pequeñas cosas que lo hacen rabiar a uno, esas que, si quedamos mordidos, nos oscurecen el resto del día. Inicio, por supuesto, con los tipos que siempre llaman en el peor de los momentos para ofrecer la tarjeta de crédito del banco equis, o para informarme del premio que acabo de pegar por llamarme Jorge Vargas (¡imagínense ustedes qué nombre distinguido!), apenas les confirme el número de mi tarjeta. No importa que les ladre, vuelven a llamar al día siguiente y al siguiente, como si nada. Big Brother: tienen todos mis teléfonos.

Me sale espuma por la boca cuando, haciendo fila en un semáforo, aparece el vivazo que se salta la cola y se coloca de primero, a lo mau-mau. Procuro mantenerme en mis trece, pero no puedo. ¡Cómo quisiera ser tráfico! (El segundo pensamiento, mejor no, vista la moda de vapulearlos). Cólera parecida me producen la moto que me rebasa por el cordón del caño y los choferes que ceden cortésmente el paso a un carajo que quiere doblar en media calle, a pesar de la tremenda doble línea amarilla y de la presa de carros de su lado que ha causado mientras espera, sin consideración, concretar la infracción. Me paso esa cortesía por el apellido. ¿Por qué premiar con solidaridad a quien viola la ley?

También supuro cuando debo intentar tres o cuatro llamadas hasta lograr comunicarme. Me siento cliente maltratado cuando, sin que se resuelva lo elemental, escucho toda esa publicidad engañosa del ancho de banda y el paraíso terrenal en la conexión de Internet que las empresas de telecomunicación ofrecen, si me asocio a ellas. No solo mi conectividad deja mucho que desear, sino que esos “paraísos terrenales” son una piñufla comparados con lo que ya disfrutan en otros países. ¿De dónde sacan ese montón de gente contenta con los servicios de celular?

Ni modo, me estoy convirtiendo en un viejillo amargado. “Varguitas, tomátelo con soda”, aconsejarán algunos. Es cierto: el yoga es siempre útil. Más útil, sin embargo, es valorar los gestos cotidianos que lo reconcilian con la vida como, por ejemplo, el libro que una persona que no conozco me permite llevar a casa a cambio de devolverlo, junto con un libro más para que otros lean. ¡Gracias por la confianza! A veces, un sencillo “buenos días” ilumina el día, un café con el amigo o el abrazo con mi pareja. El tema es, por supuesto, la elusiva búsqueda del balance personal en la vida cotidiana. Difícil, ¿no?, especialmente porque no soy una víctima inocente de barrabasadas ajenas. Más de una vez me he pillado haciéndoles a los demás lo que me hace rabiar y encontrando, faltaba más, una buena justificación. Confisgado que es uno en eso del arte de vivir.

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