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¿Por qué el embargo no derrocó a los Castro?

Actualizado el 12 de agosto de 2017 a las 10:00 pm

No fallaron las sanciones económicas. Fallaron los políticos que debían implementarlas

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¿Sancionar o no sancionar? Ese es el dilema. El embargo a Cuba, declarado por John F. Kennedy en 1962, suele utilizarse como ejemplo del fracaso de las sanciones económicas. En aquellos años, Estados Unidos, en medio de la Guerra Fría, dejó de comprarle azúcar a Cuba y de venderle todo lo demás, mientras muchos países de América Latina rompieron relaciones con La Habana, azuzados por Washington.

Era la época en que Cuba desembarcaba tropas o intentaba el derrocamiento por la fuerza de los gobiernos latinoamericanos, mientras Washington, a su vez, trataba de matar a Fidel Castro y de acabar con su régimen, un satélite de la URSS surgido en 1959 a pocos kilómetros de la Florida, durante la presidencia de Ike Eisenhower.

En 1964 Lyndon Johnson, temeroso de las reacciones del belicoso vecino cubano, al que sotto voce le imputaba la muerte de Kennedy (vivió y murió convencido de ello), resignado a convivir con el apéndice de Moscú clavado en su costado, desistió de intentar liquidar o derrocar a Castro, y optó por “contenerlo”.

El contaiment era un instrumento de la Guerra Fría consistente en tres medidas hostiles, pero legítimas: sanciones económicas, aislamiento diplomático e intensa propaganda adversa. La hipótesis de trabajo era que esas tres armas de hostigamiento, aplicadas con firmeza durante un largo periodo, podrían inducir a la implosión del Estado enemigo.

Naturalmente, contener al adversario requería una continuidad en la estrategia de la Casa Blanca, pero nada de eso era posible en un sistema político como el estadounidense. Acababa imponiéndose la “razón electoral”, y los recién llegados al gobierno traían nuevas soluciones para los viejos conflictos, o nuevos conflictos a los que dedicarse frenéticamente, porque no existía la menor rentabilidad política en tratar de solucionar querellas antiguas que se daban por perdidas. La sociedad norteamericana vivía proyectada hacia el futuro –cambios, innovaciones, invenciones– y no era capaz de sostener esfuerzos de largo aliento anclados en el pasado.

La derrota en Vietnam fue el parteaguas. Estados Unidos quedó muy golpeado y desmoralizado. Nixon asumió el fracaso y buscó las relaciones con China de la mano de Henry Kissinger, un personaje convencido de las virtudes de la realpolitik y del inconveniente de los principios, pero fue su sucesor Gerald Ford el que desechó la política de aislamiento diplomático a Cuba deshaciendo las resoluciones de la OEA y continuando la venta a los Castro de autos norteamericanos fabricados en Argentina iniciada por Nixon. Luego Jimmy Carter remató la faena abriendo en La Habana una “Oficina de Intereses”, que era la manera de restablecer relaciones.

A partir de ese punto, la contención de Cuba dejó de existir. Poco a poco, se fue orillando el objetivo de terminar con la dictadura, aunque algunos exiliados tenaces, bajo el liderazgo de Jorge Mas Canosa, lograron que se pusiera en el aire Radio y TV Martí en el gobierno de Reagan, o que el Congreso de Bush aprobara primero la Ley Torricelli, y luego la llamada Helms-Burton en la era de Clinton, una excelente pieza legislativa si en la Casa Blanca alguien hubiese querido utilizarla a fondo.

Cambio de objetivo. No obstante, en 1989, cuando el Muro de Berlín fue derribado, o en 1991, cuando desparecieron la URSS, el campo comunista europeo, y hasta el marxismo como referencia teórica, era relativamente fácil para George Bush (padre) o para su sucesor Bill Clinton retomar el viejo pleito cubano y ponerle fin a la tiranía de los Castro (para lo que hubieran podido contar hasta con el discreto apoyo de Yeltsin y de los rusos), pero ambos prefirieron acogerse a la cómoda idea de que la cubana era una dictadura obsoleta y desacreditada que se liquidaría bajo el peso de su propia incompetencia.

En realidad, el razonamiento escondía un cálculo algo mezquino: era un pleito muy antiguo, sin asideros en el panorama social de los años noventa, cuyos peores aspectos ya se habían descontado localmente. Ponerle fin a la dictadura cubana comportaba ciertos riesgos y carecía de rentabilidad política.

Probablemente era cierto. A George Bush (padre) ni siquiera le sirvió triunfar fácilmente en la invasión a Panamá en 1989 y sacar de circulación a un dictador desagradable como Noriega. Poco después perdió las elecciones frente a Clinton. Luego vinieron Chávez y la patulea antiamericana y antioccidental del socialismo del siglo XXI, pero en Washington se empeñaron en juzgarlos “como una molestia, no como un peligro”.

¿Consecuencias de que la dictadura cubana continúe viva y coleando? El irrefutable historiador argentino Juan Bautista (Tata) Yofre lo resume en el título de uno de sus libros: Fue Cuba. En realidad, es Cuba. Un millón y medio de exiliados venezolanos, narcoestados en Venezuela y Bolivia, una pseudodemocracia en Nicaragua, Irán con una presencia inédita en América, mientras en Colombia las FARC se afilan los colmillos para tomar el poder por otros medios.

Concretando: en realidad, no fallaron las sanciones económicas. Fallaron los políticos que debían implementarlas. Se cansaron. Cambiaron sus objetivos. Los Castro se quedaron solos en el ring de boxeo y siguieron peleando. En eso estamos.

[©FIRMAS PRESS]

Carlos Alberto Montaner es periodista y escritor. Su libro más reciente es “Tiempo de canallas”.

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