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El agua es vida. Cuidémosla

Actualizado el 06 de junio de 2013 a las 12:00 am

El AyA debe garantizar la calidad del agua

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En el periódico digital crhoy.com se puede leer una noticia, que llama la atención y se titula: “ AyA: Reconoce contaminación del agua con arsénico pero dice “no es nuestra culpa” (23/05/2013). La noticia trata del reconocimiento por parte de la institución, sobre la existencia de altos grados de arsénico en el agua pública, tanto en Guanacaste como en algunas zonas de Alajuela. (También véase: “ Contaminación con arsénico afecta agua de 24 pueblos ”, La Nación, El País, 09/05/2013)

El gerente del AyA dice en el documento: “Es cierto. Algunas comunidades en Guanacaste y Alajuela en la zona norte han tenido problemas con la calidad del agua para consumo humano que reciben, dada la presencia de arsénico en las fuentes de las que son abastecidas”.

Al mismo tiempo, la institución se sacude ante el recurso de amparo interpuesto por los vecinos de la zona: “la situación del agua no es culpa de la institución ni tampoco esta es responsable por el decreto de emergencia sanitaria emitido por la Presidencia de la República y el Ministerio de Salud desde el año anterior”.

Por mientras, se puede leer en la página web del AyA –aparte del lema, El agua es vida, cuidémosla– lo siguiente: “Ley N.º 2726 del 14 de abril de 1961, que creó el Servicio Nacional de Acueductos y Alcantarillados, calificado por su gestor, el Presidente en ejercicio en aquel entonces, Lic. Mario Echandi Jiménez, como la medida de mayor trascendencia nacional (destacado del AyA) en favor de la salud pública durante los últimos cincuenta años. La Ley Constitutiva, en su artículo 2.º, le define a la naciente entidad las siguientes funciones específicas, fundamentales para su futuro accionar (sic): Dirigir y vigilar todo lo concerniente para proveer a los habitantes de la República de un servicio de agua potable (itálica nuestra), recolección y evacuación de aguas negras y residuos industriales líquidos, así como de aguas pluviales en las áreas urbanas”.

El problema se conoce desde el año 2010, dicen los vecinos de Bagaces y, lejos de resolverse –como lo decreta la ley con la cual fue creada la institución–, el director del AyA alega: “Sin embargo, es importante desde ya hacer la aclaración de que la presencia del elemento químico en parámetros nacionales superiores a los 10 μg por litro, no es ocasionado por una conducta activa de la Institución ni de fuentes privadas, sino que obedece a un hecho de la naturaleza”.

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¿Por qué la necesidad de declarar inocencia y condenar a la naturaleza? Es que no solo preocupa la salud, sino la posición ajena de una institución costarricense, por el bienestar de sus ciudadanos. ¿Cómo no sentirse asaltados, independientemente de cuál sea la resolución de la Sala Cuarta? ¿No es su obligación, por ley, brindar agua potable sin importar el culpable? ¿No será mejor cambiar el lema por “El agua no es vida, cuídese”? Esto, sin tomar en cuenta la repercusión en la imagen de un país “sin ingredientes artificiales”, al no ser secreto que Guanacaste es uno de sus mayores atractivos.

Y por si eso fuera poco, se evade la responsabilidad con los fondos de los contribuyentes, ya que por medio de su representante legal el AyA responde: “nosotros contestamos como hace un mes, pero se determina que hay algunos acueductos que tienen un grado alto de arsénico, no alarmante, pero mayor a la norma que se establece; lo que se le plantea a la Sala es que ya hay una serie de proyectos destinados a solucionar el problema que, como le decimos, no se ha determinado que sea peligroso para la salud”.

Nunca falta a la cita algún salubrista público demostrando con “pruebas” y un lenguaje técnico que el arsénico no hace daño, y que, a lo mejor, es bueno para la salud. (“Agua: arsénico, salud y enfermedad”, LaNación, Opinión,15/06/12)

Ante semejante trabalenguas, lo más atinado parecieran ser las palabras de un filólogo, llamado Víctor Klemperer que, sin saber las “bondades” del arsénico, y estudiando de cerca la terminología del fascismo durante el siglo XX (LTI, La lengua de Tercer Reich, Editorial Minúscula), escribe: “las palabras pueden actuar como dos ínfimas (la cursiva es nuestra) de arsénico: uno las traga sin darse cuenta, parecen no surtir efecto alguno, y al cabo de un tiempo se produce el efecto tóxico”.

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