Quienes piensen que Donald Trump no sabe lo que hace deben revisar su opinión

 14 julio, 2015

WASHINGTON, DC – Aquellos a quienes les cuesta ver sentido a las elecciones presidenciales de los Estados Unidos no deben preocuparse. Carecen de sentido. De hecho, la campaña actual es la más extraña contienda por el cargo más alto del país de la época moderna, no solo por el número de candidatos –hay catorce y se espera que pronto haya dos o tres más–, sino también por su naturaleza.

La pregunta habitual a los candidatos presidenciales es la siguiente: “¿Por qué se ha presentado?”. Este año, la respuesta parece ser: “¿Por qué no?”.

Mientras no se tenga demasiado apego a la dignidad propia, hay poco que perder y mucho que ganar al presentarse. Una campaña presidencial fracasada, incluso desastrosa, puede brindar cobros mayores por las conferencias, contratos para libros mejor pagados u oportunidades en las televisiones. Ni Newt Gingrich ni Mike Huckabee consiguieron ser elegidos candidatos republicanos, pero lograron puestos en debates de canales de televisión por cable.

Por el lado demócrata, la pregunta que se hace en los círculos políticos en estos días no es la de si Hillary Clinton puede ser elegida su candidata, sino si puede no serlo. La respuesta es que sí, en el sentido de que todo es posible.

Nadie que yo conozco considera probable que tropiece tan gravemente, pero, aun así, ya se sabe que los Clinton son propensos a los accidentes y han deparado muchas sorpresas –escándalos y escandalitos– desde que aparecieron por primera vez en el escenario nacional hace un cuarto de siglo. Esa es la razón por la que muchos demócratas la respaldan sin entusiasmo.

Bernie Sanders, autodenominado socialista, inspira entusiasmo. Sanders se ha subido a la ola izquierdista de la política demócrata y, si bien muchas de sus propuestas pueden no resistir las preguntas incisivas (por ejemplo, la de cómo financiaría su plan para que las matrículas universitarias fueran gratuitas para todos), hasta ahora ha logrado evitar impugnación sólida alguna de ellas.

La ventaja principal de Sanders es la de que resulta auténtico: un candidato que, como el hombre de negocios milmillonario Ross Perot en 1992, “dice las cosas como son”, mientras que Clinton en gran medida no. Esta última parece artificial y cauta, lenta para adoptar una posición sobre ciertos asuntos fundamentales, como, por ejemplo, el del comercio, que divide a los demócratas. Sin embargo, nadie puede predecir de momento si Sanders podrá convertir en fuerza electoral las impresionantes multitudes a las que ha ido atrayendo o incluso cuánto tiempo seguirá estando de moda.

El último en entrar en la carrera demócrata, Jim Webb, que ha sido secretario adjunto de Defensa, secretario de Marina y senador por Virginia, tiene talento, pero carece de continuidad. Martin O’Malley, el exgobernador de Maryland, promete, pero aún no ha cuajado. Y el exgobernador de Rhode Island, Lincoln Chaffee, es un misterio etéreo. Es probable que ninguno de ellos tenga algo más que una repercusión fugaz, si acaso. Clinton tiene ventajas de fama, dinero y organización que solo ella (o tal vez su marido) puede desperdiciar.

En cambio, la carrera republicana es un campo abierto. Al comienzo de este año, existía el convencimiento de que, si Jeb Bush lanzaba su sombrero al ruedo, sería el favorito indiscutible. Parecía tener asegurada la elección en el papel, pero las campañas de los candidatos no funcionan como en el papel. ¿Será lo bastante ágil para maniobrar por el sistema republicano de elección, en vista de que en sus primeras etapas ha estado profundamente inclinado hacia la derecha?

Los cristianos evangélicos desempeñan un papel decisivo en las juntas de dirigentes del partido de Iowa, que constituyen la primera contienda en el camino hacia la elección del candidato, pero esforzarse demasiado en gustarles puede volver a un candidato inelegible. Bush da señales de querer saltarse a Iowa, pero entonces “tendría que” ganar en Nuevo Hampshire.

El interés de Bush en presentarse fue suficiente para convencer a Mitt Romney, que perdió la elección del 2012 ante Barack Obama, de no intentarlo por tercera vez, pero ni siquiera el supuestamente formidable nombre de Bush fue suficiente para convencer a candidatos más jóvenes y más luchadores de que se retiraran.

Ahora se ve a jóvenes políticos ambiciosos como el senador por Florida Marco Rubio y el gobernador de Wisconsin, Scott Walker, como los rivales más fuertes de Bush, pero los dos habrán de afrontar mayores exámenes y puestas a prueba.

Rand Paul disfrutó de un período de subidón, pero parece haberse apagado, pues su variedad de libertarianismo conciliador chocaba claramente con un partido que se inclina por el conservadurismo social y la intervención en el exterior.

Parece que yo he sido uno de los pocos periodistas que desde el principio no pensó que la entrada de Donald Trump en la carrera presidencial fuera cosa de risa. Trump no está preparado ni remotamente para ser presidente, pero no es de chiste y, desde luego, incluso en su discurso de anuncio de su candidatura, demostró su capacidad para apelar al lado obscuro de los Estados Unidos.

Los comentarios ofensivos de Trump sobre los inmigrantes procedentes de México –“Traen drogas. Traen delincuencia. Son violadores y algunos son, supongo, buenas personas”– lo hicieron ponerse por las nubes en las encuestas, para mortificación de muchos republicanos.

Los burócratas republicanos saben, que, si no encuentran una forma de atraerse a más votantes hispánicos que Romney en el 2012, tendrán pocas posibilidades de ganar la presidencia. Por eso, la subida de Trump puede estar infundiendo pánico. Los comentarios de Trump pueden haberle costado algunos de sus vínculos comerciales, pero quienes piensen que no sabe lo que hace deben revisar su opinión.

Ahora mismo nadie sabe si se apagará la llama de Trump o demostrará tener capacidad de permanencia, pero una cosa está clara: no es el único que contribuye a la rareza de la contienda por la elección del candidato.

Uno de los aspectos más extraños de esta elección es el éxito de Ben Carson, neurocirujano retirado y neófito político. Sus opiniones extremas sobre la homosexualidad –la ha equiparado con el bestialismo y ha afirmado que la cárcel engendra homosexuales– ha resonado entre un sector del electorado republicano y lo ha convertido en un aspirante de verdad en Iowa.

Esta elección no solo tiene más candidatos que nunca, sino también la mayor proporción que se recuerda de aspirantes claramente incompetentes para ser presidente y a algunos de ellos les va bien en este momento. Desde luego, esta campaña no va a ser aburrida.

Elizabeth Drew es autora de Washington Journal: Reporting Watergate and Richard Nixon’s Downfall (“Diario de Washington. Crónica del Watergate y la caída de Richard Nixon”), su más reciente libro publicado.

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